Columna de
José MaríaGarcía-Hoz
“Para quienes nos gobiernan, la familia es una herramienta de represión de la libertad”.
A nadie se le ocurriría consentir el destrozo de cualquiera de las maravillas que se contienen en el planeta tierra. Naturales o de procedencia humana: ¿Quién en sus cabales arrasaría con el glaciar Perito Moreno o con las Pirámides de Egipto? Pues bien, como resulta del todo evidente, asistimos casi impasibles a las oleadas que quieren arruinar la familia, algo mil veces más maravilloso y mil veces más útil que cualquier prodigio de la naturaleza o de la mente humana.
Lo que digo puede resultar grandilocuente y apocalíptico, empleado con el objetivo de calentar los ánimos en la concentración del domingo 30 en la madrileña Plaza de Colón para reivindicar respeto a la familia. Se puede enfriar el tono apocalíptico del mensaje, advirtiendo que a pesar de los pesares, en el mundo del siglo XXI, la mayoría de las personas nacen y crecen en el seno de una familia. Además, el dato que resulta particularmente cierto en el caso del Reino de España, donde estadísticas sobre divorcios, familias monoparentales, abortos legales e ilegales, no pueden desfigurar esa realidad de que la sociedad española está articulada en torno a la familia, que es su columna vertebral y que formar, o formar parte de una familia bien avenida figura en el centro de las aspiraciones de la mayoría de los españoles.
Con ser cierto que la familia está viva, no menos verdad resulta que una parte relevante de los políticos que hoy tienen la responsabilidad de gobernar piensan que la familia es una institución perjudicial para sus intereses y han hecho aprobar unas leyes, y se proponen hacer aprobar otras, que perjudican directamente la estabilidad familiar. Para estos políticos que nos gobiernan, la familia es una herramienta de represión de la libertad de los hijos y una carga de responsabilidades insoportable para los padres, en lugar de marco natural y óptimo para el desarrollo de la vida personal y social. A partir de ese error primigenio se suceden en cascada las normas legales aberrantes: facilitando el divorcio hasta la provocación, desvinculando la vida sexual de la procreación, convirtiendo al niño/hijo en un objeto de consumo que se consigue por capricho y se desecha por aburrimiento, aplicando a la vida interna de la familia regulaciones de organización laboral, discutiendo la autoridad y el derecho de los padres a educar a sus hijos…
Además de a ese cerco político parlamentario, sistemático y organizado, la familia se enfrenta hoy a otro tipo de ataques, menos formales, más sutiles pero igual de dañinos. Desde el menosprecio social al trabajo de la mujer en su propia casa, a la presentación por parte de la tele de situaciones objetivamente aberrantes como algo normal y hasta divertido, pasando por la imposición de horarios laborales extenuantes, parece como si, víctima de una adormidera colectiva, la sociedad estuviera dispuesta a matar la gallina de los huevos de oro.
¿Cuál sería el escenario si, efectivamente, la familia desapareciera o incluso si dejara de ser el principal entramado de la sociedad? Es preferible no imaginar los monstruos que, en este punto, engendraría el sueño de la razón, pero está claro que sin las relaciones afectivas e intelectuales que sólo se dan en la familia las personas se asemejarían más a los replicantes de la emblemática película Blade Runner, que de seres humanos sólo tienen la apariencia.
Desde luego, los manifestantes que acudirán el domingo a la Plaza de Colón son conscientes de ese peligro y sólo por el hecho de acudir a la cita advierten que se niegan a convertirse en replicantes, incapaces de pensar, amar y sufrir. Cuando escribo estas líneas, se desconoce el número de asistentes; ojalá sean muchos, porque parece que el número es el único argumento que se admite en este ramplón debate político nacional, pero también porque sentirse acompañado es el primer derecho de quien se compromete en una causa tan justa.
De todas formas, aunque se produjera el supuesto impensable de que sólo una persona, o una familia, acudiera a la convocatoria del Cardenal de Madrid, defender la familia seguiría siendo la causa de nuestra supervivencia como personas y como sociedad.
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