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sábado, 22 de noviembre de 2008 Última actualización: 04:47:06

Joaqun Madina LoidiColumna de
ISánchez Cámara



El insensato

Ni siquiera Hitler y Stalin les podrán convencer de las amenazas totalitarias del ateísmo

Un día de verano del primer año del actual milenio, en la Sala Este de la Casa Blanca, se presentaba uno de los más trascendentales logros de la ciencia de todos los tiempos: el primer borrador del genoma humano. El presidente Bill Clinton afirmó, en su discurso, que estábamos ante el mapa más maravilloso jamás producido por la humanidad. Pero, adentrándose en la perspectiva espiritual y religiosa, pronunció estas palabras: “Hoy estamos aprendiendo el lenguaje con el que Dios creó la vida. Estamos llenándonos aún más de asombro por la complejidad, la belleza y la maravilla del más divino y sagrado regalo de Dios”. Y uno, al menos yo, se pregunta si sería concebible que Rodríguez Zapatero pronunciara palabras semejantes. Al fin y al cabo, Clinton, aunque estadounidense, es socialdemócrata y más bien de izquierdas. Y la respuesta sólo puede ser negativa. Y lo cierto es que tampoco verosímil que las pronunciara Rajoy o cualquier otro dirigente político español. ¿Qué tipo de tara progresista padecemos? ¿Qué culpa, ajena y antigua, nos vemos obligados a expiar? ¿Qué extraña alianza hemos establecido entre nuestra estirpe y la necedad? ¿Estaremos condenados a ser un pueblo de necios gobernados por el primero de todos? Acaso los dos dogmas principales de esta necia fe que es el ateísmo, y que no se sustenta en ninguna evidencia razonable, se resuman en la afirmación de que la fe religiosa es incompatible con la ciencia y con la democracia (o, si se prefiere, aunque no se trate de las mismas cosas, con la verdad y la justicia). Salvo, aunque por los pelos, de tan duro dictamen al agnosticismo, aunque en el fondo, no sea sino un ateísmo bien educado. El ateísmo político aspira al destierro de las religiones de la vida pública (si es europeo y, más aún, español, la condena afecta sólo a la religión cristiana; las demás son aliadas del progreso). En realidad, se trata de vivir (la vida pública) como si Dios no existiera. Y si existe (cosa, para los adoradores del becerro progresista, imposible), que se quede presidiendo la privacidad de los hogares. Pero la cosa pública ha de ser atea. Y ni Hitler ni Stalin les podrán convencer de las amenazas totalitarias del ateísmo. Siempre les quedará Galileo, aunque ni conozcan la historia real ni sean capaces de invocar otro episodio semejante. La consecuencia es que la religión se tolera (siempre que no invada el ateo espacio público), mientras que el ateísmo se venera. Y apenas hay ya quien declare la racionalidad de la creencia en la existencia de Dios y la intensa irracionalidad del ateísmo. Aquí actúa el segundo dogma: la creencia religiosa es enemiga de la ciencia. Ninguna evidencia les podrá convencer de lo arcaico y profundo de su error consistente en creer que la ciencia es el único modo de conocimiento. Son como el pescador marino de la parábola del gran científico Arthur Eddington. Un hombre se propuso estudiar la vida submarina utilizando una red formada por una malla con cuadriláteros de tres pulgadas. Tras atrapar una multitud de criaturas marinas, concluyó que en las profundidades del mar no existen peces de menos de tres pulgadas. Nuestro ateo sanchopancesco es como el pescador de Eddington y pretende que si Dios existiera ya lo habríamos capturado con nuestra red de mallas de tres pulgadas.San Anselmo presentó su argumento ontológico en favor de la existencia de Dios a través de un diálogo con el insensato que la negaba. La prueba, aunque sutil y profunda, no es concluyente. Pero el insensato sigue habitando entre nosotros y, lo que es menos soportable, acaso gobernándonos.


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