Es una de las piezas teatrales más representadas en el mundo
El dramaturgo irlandés Samuel Beckett en París. |
V. E.
Samuel Beckett (Dublín, 1906) escribió su obra más importante, Esperando a Godot, en 1948. Años después se convertiría en uno de los hitos literarios del teatro moderno —rompiendo con los iniciadores del teatro del absurdo— y hoy es una de las piezas teatrales más representadas en el mundo. Siempre, en algún rincón, alguien —y muchos espectadores— esperan a Godot.
Pero los inicios no auguraban este éxito, porque fue rechazada por varios empresarios hasta que el 3 de enero de 1953 —hoy se cumplen 55 años— se estrenó en París, en un montaje de Roger Blin.
La obra pertenece al periodo intermedio del literato irlandés, después de la Segunda Guerra Mundial, momento en el que Beckett abrazó el francés. Además de la obra citada, publicó otros dramas como Fin de partida (1955–1957), La última cinta (1958) y Días felices (1960). Obras que exhiben un acusado humor negro, con temas coincidentes con aquellos de que gustaban los pensadores existencialistas, contemporáneos de Beckett, aunque el propio escritor no debe ser encasillado dentro de este grupo. En términos generales, los dramas tratan de la oposición entre una gran desesperanza y la voluntad de vivir pese a esa carga, en el contexto de un mundo incomprendido e incomprensible. De todos los modernistas en inglés, el trabajo de Beckett representa el más duro ataque a la tradición realista. Abrió la posibilidad de prescindir de las unidades clásicas en prosa y drama.
Beckett ha dado origen a multitud de controversias y estudios y ha recibido gran número de distinciones, habiendo inspirado una larga tradición crítica que rivaliza con la que despertó Joyce. La crítica más seria se encuentra muy dividida sobre Beckett. Filósofos como Sartre y Theodor W. Adorno lo alabaron sin restricciones, uno por su revelación del absurdo y otro por su ácida postura contra la literatura ingenua y sencilla. Otros autores, en cambio, como Georg Lukacs condenaron su “decadente” falta de realismo.
Desde su muerte, los derechos de representación de sus obras han sido gestionados por su testamentaría, en manos del sobrino de Beckett, Edward Beckett. La testamentaría tiene fama de mantener un control firme sobre la ejecución de las obras de Beckett y no concede autorización a representaciones que no acaten estrictamente lo dispuesto en vida por el autor. Por otra parte, en 2004 se autorizó un estudio de su ADN para rastrear su árbol genealógico.
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