Ante el segundo de los dos debates televisados entre Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero parecería lo más sensato pedir a los dos contendientes que se dedicasen, más que a criticarse el uno al otro, a ofrecer al público sus respectivas propuestas políticas, y que las discutiesen civilizada y reflexivamente. El primer debate sirvió para mostrarnos a un Rajoy que tomó la iniciativa y llevó a remolque a Zapatero en sus críticas; fue como un intercambio de memoriales de agravios. Ahora sería el momento, en el segundo asalto, de ir al fondo de las cuestiones.
Sin embargo, es problemático que algo así vaya a suceder. Los asesores aconsejarán a sus clientes respectivos el mejor modo de ganar el segundo debate insistiendo en los aspectos que la primera vez funcionaron bien y corrigiendo los errores que se cometieron. Eso es así porque un debate televisivo tiene su propia dinámica, que hace inevitable que se salde con un ganador y un perdedor. Y ganar, en este formato, no significa servir mejor al interés del público por los contenidos programáticos, sino transmitirle la sensación de que se ha apabullado al contrincante. Un debate televisado es, más que otra cosa, un espectáculo de televisión; no una ocasión de invitar al público a reflexionar.
Que no se espere, pues, de este segundo debate algo para lo que el debate mismo no está diseñado y, por tanto, no puede dar. Si uno de los dos políticos que se enfrentan concentra su esfuerzo en explicar su programa en vez de destrozar dialécticamente a su oponente, perderá el debate. La cosa no da más de sí, porque está pensada para que no dé más de sí.
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