No hay más que preguntar a las cajeras de las grandes superficies para comprobarlo.
La confianza es un valor subjetivo que depende más de cómo percibimos cada uno de nosotros la realidad que de la realidad misma. Si a nosotros nos parece que hay mucha inseguridad ciudadana, por ejemplo, nos comportaremos como si la hubiera digan lo que digan las estadísticas.
Aunque la tasa objetiva de criminalidad esté descendiendo estadísticamente, nuestra sensación subjetiva de inseguridad nos llevará a procurar ser más cautelosos cuando deambulamos por la calle, a extremar las medidas de autoprotección en nuestros hogares, o a echar los seguros del coche en cuanto entramos en él. Y viceversa.
Hasta que nosotros perdemos la confianza en nuestra pareja, por ejemplo, ya pueden decirnos los amigos que nos engaña.
Todo es relativo, y también esto. Si la inflación registra tasas negativas o el paro está en cifras de paro técnico y nosotros percibimos que los dos están desbocados, lo que tenemos que hacer es ir al psiquiatra para que nos trate la paranoia.
Por subjetivas que sean, nuestras percepciones tienen que ceder ante la evidencia. Si tenemos las fotos de la infidelidad de nuestra pareja y aun así negamos que nos engaña, simplemente estaremos negando la realidad. Que es, lo que en mi opinión, está haciendo el Gobierno con las fotos de la inflación y el paro.
La consecuencia, en mi opinión, también es evidente: desde hace ya ocho meses, no para de bajar el índice de confianza de los ciudadanos en la economía. La situación, como dice el Gobierno y admite cualquier experto independiente, no es catastrófica. Pero, la percepción de que terminará siéndolo ya ha retraído el consumo de bienes y servicios incluso entre las familias que aun no están con el agua al cuello.
No hay más que preguntar a las cajeras de las grandes superficies para comprobarlo. Por los efectos de esta crisis sobre la cesta de la compra de las familias que ya no llegan a fin de mes donde hay que preguntar es en la tienda del barrio, pues muchas de ellos ya sólo aparecen por las grandes superficies para pasear mientras miran lo que no pueden comprar, o para quitarse el frío. Es decir, para ahorrar en calefacción, que, en muchos hogares, ya solo se pone, de noche, y poquito.
Los precios son libres, hay libertad de mercado, protesta el Gobierno. Y, además, no está en nuestras manos remediar las causas del mal, añaden.
El alza de los precios es culpa de la escalada del precio del petróleo, y la de las hipotecas de las turbulencias financieras provocadas por la quiebra de las “hipotecas basura” norteamericanas, concluyen. De acuerdo. Pero, ante una situación así, lo que cualquier gobierno responsable puede y debe hacer es adoptar medidas antiinflacionistas.
Erradicar las causas de dos crisis internacionales como estas es verdad que no está en manos del Gobierno de un país medio como España, ni siquiera influir para que mejoren. Pesamos lo que pesamos en el mundo. Paliar las consecuencias sobre la economía real, sí que lo está. Y, no lo está haciendo.
En vez de medidas inflacionistas, cheques electorales. En vez de restringir el gasto público, más gasto público. En vez de responsabilidad, electoralismo. Negar la crisis podría salirle bien a Zapatero, pero también podría —podría— costarle las elecciones.
Hasta que no nos vemos en la calle no nos preocupamos de verdad, y los expertos no prevén que la inflación y especialmente el paro enseñen su peor cara antes hasta bien pasado el 9 de marzo. Pero, la confianza, como he dicho, es un valor subjetivo; cuando se quiebra, se acabó, y la de los ciudadanos en la capacidad y/o la voluntad del Gobierno para adelantarse a la catástrofe, se está desplomando.
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