Atribuyen a los obispos lo que pertenece al sentir común de millones de personas.
Por la boca muere el pez. Y el PSOE se ha ido de la lengua a la hora de intentar acallar el clamor silencioso en defensa de la familia que tuvo lugar el pasado domingo en la madrileña plaza de Colón. Los socialistas españoles han sufrido una especie de efecto bumerán dialéctico.
Con sus condenas intolerantes a cientos de miles de católicos reunidos en un acto litúrgico han confirmado lo que, de diversas maneras y siempre respetuosamente, afirmaron quienes hicieron allí uso de la palabra. Que, por cierto, no eran sólo obispos. Porque creen los socialistas que todos son de su condición y que los católicos actúan de la manera consignataria que ellos tienen por norma. Toman la parte por el todo y atribuyen a los obispos lo que pertenece al común sentir de millones de personas, hartas de que el Gobierno y su partido intenten configurar, con estilo autoritario, las mentes y las costumbres a su laicista manera de entender la sociedad.
Resulta evidente que la democracia misma se resiente cuando quienes la presiden se ven aquejados por una mentalidad totalitaria que asoma la oreja cuando ellos procuran aparentar todo lo contrario. Incluso al pretender moderar su discurso y rectificar por escrito las amenazas de Pepiño Blanco y del vociferante Fernández Bermejo, les sale un comunicado tan pretencioso como el que lleva por título Las cosas en su sitio. En él se leen lindezas como “la fe no se legisla”. Y su afán de reducir todo a política se manifiesta allí también en la tesis de que no hay más legitimidad que la legitimidad constitucional. Como si la variopinta vida social pudiera quedar encerrada en un texto sobre el que todo los valores y procedimientos tuvieran que fundamentarse.
Resulta, además, que los socialistas se distinguen ahora por su escaso respeto a nuestra venerable carta magna, y no sólo en cuestiones territoriales, sino también en asuntos que conciernen directamente a la familia, como son las leyes del matrimonio homosexual y de la educación para la ciudadanía.
Quienes erosionan la democracia y transitan peligrosamente por sus bordes no son los que defienden la institución familiar, sino aquellos que –—con sus internas contradicciones— han provocado la implosión del Tribunal Constitucional, que tendría que haberse pronunciado hace tiempo sobre esas leyes y sobre otras no menos aventuradas.
La democracia es esencialmente libertad. Y la primera libertad de todas es la de expresión. Desde los medios de comunicación oficiosos y desde los canales culturales cercanos a la Administración se ataca continuamente a la Iglesia Católica y, si alguien osa quejarse de insultos que no se detienen ni ante la blasfemia, se le vienen encima las tópicas acusaciones de represión y actitud inquisitorial. Pero, eso sí, cuando los católicos se atreven a sugerir que el Gobierno está tratando de arrinconar la visión cristiana de la vida desde hace cuatro años —con ocasionales retrocesos puramente tácticos— entonces se les advierte severamente que no hagan política y que, caso de pretender decir algo sobre el bien común, se presenten a las elecciones. Como si los partidos políticos fueran el único canal de expresión del pensamiento libre, cuando precisamente la democracia consiste en el tipo de organización social en el que se mueven con más libertad las agrupaciones prepolíticas y extrapolíticas, es decir, eso que se entiende por ciudadanía.
Los intelectuales orgánicos han sido llamados inmediatamente a formar tras las tesis gubernamentales en la prensa oficiosa. Y todos ellos, faltaba más, han acudido al toque de rebato y han dicho exactamente lo que de ellos se esperaba. Se aproximan las elecciones y hay que mantener despierta a una clientela que parece poco motivada. La reacción del PSOE, completamente desproporcionada, sólo es comprensible en clave de los comicios de marzo que no van a resultar tan fácilmente digeribles como esperaban. Aunque quizá el aludido efecto bumerán conduzca a que la polémica despierte a quienes siguen pensando que aquí no pasa nada y que la crisis económica —lo único realmente importante— tardará en hacerse sentir entre nosotros.
Lo que está pasando en nuestro país —y estos días pasados se ha visto más claramente que nunca— es que se nos está tratando de imponer una versión del mundo completamente secularizada, a través fundamentalmente de las leyes educativas y de una cultura manipulada. Y que, cuando alguien se atreve a decir que el rey va desnudo, se le echa encima todo el aparato de agitación y propaganda.
Hasta que pacíficamente, con modos exquisitamente democráticos —es más, poniendo en marcha los dinamismos emergentes más propios del régimen de libertades— una sociedad civil que revive tome por fin la palabra y diga: Bien, vale, ya es suficiente, hasta aquí hemos llegado; ellos no darán un paso atrás, pero nosotros vamos a dar unos cuantos pasos adelante.
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