El hotel madrileño Hospes, justo frente a la castiza Puerta de Alcalá y el Retiro, refleja un espíritu refinado y limpio propio de los nuevos tiempos.
Una habitación del hotel Hospes. |
Antonio Lozano
El hotel Hospes es un cinco estrellas en pleno centro de Madrid, en la Plaza de la Independencia, junto a la Puerta de Alcalá. Está situado en un inmueble proyectado por el arquitecto José María Aguilar en 1883, un claro ejemplo de la arquitectura burguesa de la época.
La adaptación en moderna casa de huéspedes ha sido realizada por el equipo de Hospes Design y, al tratarse de un edificio catalogado como parte del Conjunto Histórico de la Villa, los decoradores han tenido que respetar determinadas estructuras elementales de la construcción.
Rojo por fuera
La fachada exterior es de ladrillo rojizo, característica de la arquitectura madrileña. En su interior acoge 41 habitaciones. El acceso al hotel se realiza por una imponente estancia que fue el antiguo paso de carruajes. En ella se encuentran la recepción y el lobby del hotel. La elegancia es serena, reflejando el espíritu del lugar. Desde este espacio se accede a un sugestivo patio con una fuente.
La entreplanta acoge diversas zonas colectivas, entre las que destaca el Lounge Bar, un espacio presidido por su impresionante artesonado de roble y su estuco de raíz recubierto de madera.
En las habitaciones predominan los tonos cálidos, como naranjas o lilas, que conjugan sin miedo con los neutros, los crudos y los plateados. Todo ello confiere a las habitaciones una especial sobriedad sin perder un ápice de refinada elegancia urbana.
Es una combinación que refleja una manera de afrontar el interiorismo de lujo en un mundo que deja ya atrás un neobarroco lejos de las preocupaciones actuales. Las zonas privadas están llenas de luz, confiriendo especial protagonismo a las vistas que llegan del vecino Parque del Retiro.
Elementos originales
Todas las habitaciones son amplias, muy blancas. En ellas la delicadeza de la molduras y la fuerza de las columnas sobresalen de manera natural y sutil. Hay que destacar el respeto hacia los elementos originales, que ganan protagonismo a la vez que ligereza.
Las seis habitaciones de la cuarta planta son fiel espejo de la personalidad del lugar. Se trata de estancias abuhardilladas que se distribuyen en dos alturas. En ellas, el techo tiene columnas de madera vista en las que se insertan las ventanas, que se abren directamente al cielo.
Los baños son de mármol y las bañeras tienen forma ovalada. Todo respira elegancia y luminosidad. El mobiliario mezcla elementos contemporáneos con piezas clásicas. Así, las lamparillas de noche, al igual que las de pie, son en la mayoría de los casos las delicadas Mite, diseñadas por Marc Sadler para Foscarini.
Los textiles de las camas y los cabeceros conjugan el blanco con las piezas estampadas de flores en colores grises, plateados, marrones y también malvas. Las alfombras son de colores piedra y gris claro, generalmente monocromas. Las mesitas son las inmaculadas Dining Table de Eero Sarinen, compañeras perfectas de las butacas antiguas.
En todas las habitaciones es constante la presencia fantasmal de las molduras blancas, testigos del pasado recuperado.
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