La exposición ‘Bodies... The exhibition’,a la que han acudido más de 100.000 personas en Madrid, se prorroga hasta el 13 de julio.
Luis Rivas / Elena Abajo
Puede ser el mejor lugar para encontrar a Dios. O el rincón oscuro en el que despierte un psicópata ansioso por despellejar. El relativismo toma forma en ambientes que admiten distintas lecturas totalizadoras. La manida exposición sobre los misterios de nuestro cuerpo Bodies… The Exhibition, que muestra auténticos cadáveres humanos pasados previamente por la sala de maquillaje y que ha sido prorrogada hasta el 13 de julio debido al éxito de público (más de 100.000 personas han visitado ya la exposición en Madrid), es, sobre todo, un espacio de recogimiento y abstracción.
El curioso visitante inicia su odisea al corazón de la especie humana inmerso en una bruma tenue que sacrifica el todo en beneficio de las partes. La luz pelea por la supervivencia y destacan los expositores. Bajo el cristal, aguardan las piezas que tanta polémica han suscitado, tanto para bien (en la faceta de inmejorable campaña publicitaria), como para mal (la moralidad del morbo). Una última inspiración, y adelante.
La primera sala ameniza el impacto de lo más íntimo con lo cercano. La estructura ósea de nuestro cuerpo, relativamente conocida, ejerce de perfecta anfitriona. Los niños, como siempre, son los mejores termómetros del ambiente: se ríen y acercan sin miedo a las vitrinas. Ojos como platos y exclamaciones satisfactorias ante el descubrimiento de una forma conocida. “¡Mira, es una mano!”, se alegra ante su madre, Gabriel.
A pocos metros del pequeño, una mujer se asombra al descubrir que la terminación de la columna vertebral guarda recuerdos biológicos de la pérdida de la cola que sufrieron nuestros antecesores. El canto a Darwin es interpretado por la señora de la siguiente manera: “Es increíble, este tipo de cosas no se puede explicar sin la existencia de un ser superior”. Y, por enésima vez, el hombre se impone a sus ligamentos, tendones y demás y se hace impredecible.
Los músculos y órganos garantes del equilibrio aguardan tras las columnas para empezar a justificar el precio de la entrada (entre 15,50 y 19,50 euros, existiendo un paquete familiar de 45-50 euros, www.bodiesspain.com). “El desembolso puede considerarse un poco alto, pero teniendo en cuenta el método de conservación y tratamiento, es bastante justo”, opina Roberto, de oficio fisioterapeuta.
El mestizaje profesional del público es una constante. Expertos en la materia tales como médicos, anatomistas o fisioterapeutas conducen sus pequeños grupos como líderes autorizados, señalan y asienten ante la perfección de las piezas. Como es de esperar, los comentarios más surrealistas (“Me gustaría ver si Elsa Pataky es tan guapa por dentro”) o los típicos chascarrillos de inmadurez en lo relativo a órganos reproductores proceden del visitante no especializado.
Las muecas y el término asco aparecen con cierta frecuencia en la sala dedicada al cerebro. Sin embargo, su reacción parece obedecer a otras sensaciones menos severas y más cercanas a lo desagradable. Especialmente impactante resulta la vitrina dedicada a la piel, en la que se muestra una lámina que va de la cabeza a los pies. Todo lo contrario que la exposición del sistema circulatorio, educativa en su sencillez y estéticamente agradable.
La comparación de un pulmón sano con uno de fumador (acompañada de una papelera en la que se invita a echar de una vez por todas el tabaco de su vida) o la deformidad demoníaca de un hígado cirrótico pueden ser los mejores argumentos para concienciar a nuestros menores de los perjuicios que entraña fumar y beber alcohol.

“No hay visita para niños”
Para cuando lleguen a tal lección, el principal objetivo de los padres será mantener la atención de sus hijos, los cuales suelen sucumbir al cansancio y se evaden en juegos que poco tienen que ver con lo científico. “Una de las escasas pegas que le pongo a la exposición, es que no haya una visita específica para niños”, opina Rebeca, que ha acudido a la muestra con el pequeño Jorge y tres amigos de éste.
Casi al final, una exposición de fetos detalla la evolución de la vida hasta el momento del alumbramiento, esencial a la hora de plantearse los principales conflictos de la existencia. Por este motivo, la exhibición ha de concebirse como una lección magistral de anatomía. El curso natural de la muestra (que finaliza con un modelo al que se le han aplicado distintas operaciones y que hará las delicias de aquellos que hayan pasado por el quirófano) hace que se olviden los prejuicios desde el primer paso, obligando a pensar y conjugar realidad con creencias.
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