Apoteosis de sol, ladrillo y arena
Nos van a volver más locos de lo que estamos. Han sido muchos años con la monserga del cambio climático y el calentamiento global del planeta. Y ahora que habíamos jubilado las mantas de pelo de camello, resulta que es un enfriamiento lo que se nos viene encima. Con razón nos ha castigado así la primavera en nuestra Spain is different. Hasta los chiringuitos han tenido que sustituir la sangría y los calimochos por redbulles con paracetamol efervescente. Será por eso que no hemos visto el sol, por la enorme cantidad de afectados que había volando.
Ahora seremos los latinos, vendedores de sol y melanomas durante tanto tiempo, quienes huyamos de los cielos plomizos, que predisponen a la depresión y el suicidio al parecer, en busca de otros de color azul intenso y de tórridos amaneceres. A orillas del Báltico, por ejemplo, por citar otro mar comunitario donde todavía puede remojarse uno sin riesgo de convertirse en un mutante de color verde.
Una opción sería cambiar las islas del Mediterráneo por la de Rügen, administrada durante medio siglo por los gerifaltes de la extinta RDA. En sus mil kilómetros cuadrados hay playas, acantilados, parques nacionales, monumentos megalíticos y poblaciones como Binz, Sellin o Putbus, tomadas por viejos alemanes que apuran con ansia cualquier destello de sol y vida.
A ellos y a sus compatriotas les habría ido mejor con Charlot que con Adolfo Hitler, su clónico repeinado. Pero el führer, aunque cueste creerlo, también tenía su corazoncito. Pensando en la clase obrera de su país mandó construir en la península de Prora, en Rügen, un complejo vacacional capaz de albergar a 20.000 almas. Más de cuatro kilómetros de edificios, perforados por miles de ventanas a las que jamás se asomó nadie, que separan las playas de arena blanca de los extensos hayedos. La guerra impidió que ese lugar fuera disfrutado.
El ladrillo, como el plomo, suele asociarse normalmente a lo vulgar y a lo pesado. También al enriquecimiento fácil. Esa es su cruz. La cara, empero, consigue alcanzar cotas de gran belleza, arrebatadora en muchos casos. En Lübeck, Rostock, Wismar y otras ciudades alemanas de la costa báltica, puede comprobarse lo que tan humilde material de construcción da de sí. Y lo que aguanta. Muchos de sus espléndidos edificios de color pimentón sobrevivieron a la guerra. Los que quedaron en territorio de la República Democrática sufrieron además la desidia comunista, que intentó anular, sin éxito, la memoria individual y la colectiva.
El Ayuntamiento de Straldsun es una de esas joyas góticas de ladrillo. Intento fotografiar su fachada bajo un sol que sería más clemente en Écija. Incluso mi sombra, que parece el rastro humeante de un vampiro herido por la luz sobre los adoquines, se cabrea conmigo. Qué mala es. Estoy a punto de convertirme en blandiblú, o en uno de esos relojes dalinianos que se dilatan como el tiempo de un condenado a cadena perpetua.
Con los sesos al vapor, evoco los barrios dormitorio de algunas ciudades españolas. Sus colmenas de ladrillo, pegadas una a otra para darse sombra en verano y calor en invierno. Con su ropa tendida y los aparatos de aire acondicionado a la vista. Lástima que Quevedo sea polvo enamorado y no pueda inmortalizarlas en un soneto.
Por fin aparece alguien con un descapotable de dos ruedas de los que consumen colesterol malo, que se repone luego con una sobredosis de salchichas. Mira el pajarito, carbonizado ya, que tiene delante y sonríe. Pulso el disparador. Clic.
Quienes somos | Contacte con nosotros | Aviso legal | Publicidad | Mapa
© Grupo Negocios Sepúlveda 7b - 28108 Alcobendas-Madrid. España - Tel: 91 432 76 00 - Fax: 91 432 77 65