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04/10/2007 00:00   




Fantasías peligrosas

El arreglo apañado tras la muerte del dictador pudo haber sido el principio de una nueva era.

SEGÚN testigos fiables, el nuevo vídeo de Juventudes Socialistas agrava los tics y amaneramientos del Gobierno que empieza a no gobernarnos. En un escenario inspirado en los concursos de televisión, una chica del PSOE que se sabe Educación para la Ciudadanía al dedillo, y a la que no se le escapa una en materia de ética y buenas costumbres, aplasta a un joven estólido y con fugas pijas. El niño pijo y tonto representa, faltaba más, al PP. Estamos en los chistes de Forges, sólo que en un contexto no humorístico. El caso es grave, puesto que no se trata de un sarpullido o una crisis sino de una afección que apunta a crónica. Me refiero al estado moral, y también mental, del Partido Socialista. En realidad, caben dos interpretaciones alternativas, e incompatibles entre sí, sobre lo que está ocurriendo en la izquierda española. Según la más optimista, el vacío provocado por la retirada o jubilación de los equipos felipistas, más el ingreso por sorpresa de un líder accidental aterrizado —hablo metafóricamente— de la España Ulterior, ha rebajado los niveles y provocado un desconcierto que no se rectificará hasta que los socialistas pierdan el poder y pongan la casa en orden. Esta interpretación entiende que España es un país europeo normal, poblado por partidos normales. Por eso es optimista.Según la visión alternativa, España sigue sin ser un país normal. La elaboración de esta sospecha puede ser más o menos ambiciosa. Cabe remontarse, como hizo Ortega en España invertebrada, hasta las peculiaridades de los godos y la debilidad del feudalismo por estos pagos. Desconfío de estos vuelos de la fantasía, tan ocasionados a los diagnósticos caprichosos. Pero los que hemos adquirido el uso de la conciencia bajo el franquismo, atesoramos datos más precisos, menos especulativos. Propongo, de modo conjetural, la tesis siguiente: los cuarenta años de dictadura fueron arrasadores. Suprimieron a la derecha, tutelada por el hombre que había ganado la Guerra Civil, como instancia independiente. Y desconectaron a la izquierda de la realidad económica e institucional. Sólo aguantó, en términos relativos, el Partido Comunista, el cual, por razones obvias, no era el señalado para encabezar en una sazón democrática a las fuerzas sociales que preferían concebirse a sí mismas como de izquierdas.El resultado fue que hubo que inventar de raíz la estructura correspondiente a un país libre. En términos técnicos, esto significa que se habilitó un partido socialista con la complicidad y tolerancia de los herederos del Régimen. En términos históricos, la conclusión es que resulta exagerado afirmar que el PSOE es el continuador de la formación política que fue pulverizada tras la Guerra Civil. En lo moral y sociológico, nos encontramos con que el fondo de que procede la izquierda no es distinto, si bien se mira, de aquél que ha generado a la derecha. Es verdad que sigue existiendo cierta correlación entre la simpatía política, y el nivel de renta. Es cierto que cada familia tiene una genealogía y que persisten, parcialmente, continuidades. Pero esto no es políticamente concluyente. Si hacemos un corte y nos fijamos en la composición del falangismo hacia, pongamos, finales de los cuarenta, descubriremos probablemente que el falangista medio andaba lampando y cultivaba un ideario socializante.Resumiendo: la Transición fue un éxito precario. Fue un éxito, en términos adversativos. Algunas soluciones de continuidad resultaron, más que nada, saludables, habida cuenta del comportamiento de los partidos durante la Segunda República. Fue también un éxito en términos positivos. España sabía hacia dónde ir, sabía, por tanto, hacia dónde debía evitar ir, y personas como Felipe González adoptaron decisiones esencialmente acertadas en los momentos delicados. Pero fue precario porque el contexto, o las constricciones externas, jugaron un papel absolutamente determinante. La educación política era escasa, los principios, de circunstancias, y los instintos no siempre acordes con ideas improvisadas.La Historia, al revés que los cuerpos físicos laplacianos, no se rige por una necesidad mecánica. El arreglo apañado tras la muerte del dictador pudo haber sido el principio de una nueva era. Es posible, si hay suerte, que, en efecto, acabe por serlo. Ahora bien, si pretendemos no destruirnos, es preciso también que seamos modestos, quiero decir, conscientes de nuestras fragilidades. El origen de la democracia está absolutamente en la Transición, que es como decir que ésta no inhibió la democracia, sino que, literalmente, la inventó. La mejor prueba de ello es el disparate que se adivina cuando los actores políticos, tomándose por lo que no son, nos señalan otras rutas, otros caminos de redención. He escritos varias veces, y lo reitero, que el peor escenario español está previsto en una obra cómica: The Napoleon of Notting Hill, de Chesterton. Los espejismos y vanas ilusiones se pagan caras. Carísimas.





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