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Adiós nacional a Calvo-Sotelo

El segundo presidente de la democracia, despedido como hombre de Estado.

LA costumbre, tan española, del elogio póstumo, después de haber regateado los apoyos en vida a los que luego son ensalzados, se ha cumplido una vez más en el caso del primer presidente de la democracia que ha fallecido. Leopoldo Calvo-Sotelo tuvo que arrostrar un tiempo político lleno de dificultades. Designado sucesor de Adolfo Suárez cuando éste presentó una sorprendente renuncia, su primer contratiempo no fue un lance parlamentario, sino un golpe de Estado en toda regla, justamente en el 23 de febrero de 1981, el día en el que el Congreso de los Diputados tenía que sancionar su investidura. Dos días más tarde, cuando la pólvora de Tejero era ya sólo recuerdo, Calvo-Sotelo fue proclamado por mayoría simple presidente de un Gobierno al que la oposición socialista combatiría con saña. Pero, en casi dos años de poder, Calvo-Sotelo sacó adelante importantes leyes, como la Ley del Divorcio, consiguió que los polis-milis de ETA depusieran las armas y metió a España en la OTAN. La oposición socialista montó en cólera por esta entrada en la Alianza, pero tuvo que tragarse su “OTAN, de entrada, no” y reconocer, a la postre, lo acertado de la decisión tomada por el segundo presidente de la democracia. Con un partido dividido y crecientes dificultades de Gobierno, aquel estrecho colaborador de Suárez en la tarea de desmontar el Franquismo optó por anticipar las elecciones y asumir el gran descalabro de UCD, que confirmó la definición que Martín Villa, otro de sus gestores, dio del partido: una empresa para la Transición.

 Inaugurando un nuevo protocolo para con los presidentes del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo ha recibido los máximos honores en su despedida, y su figura, en modo alguno insignificante, ha sido glosada con todo afecto, incluso por quienes le habían negado el pan y la sal. Los que le conocían y le han tratado más, al margen de sus apariciones públicas, en las que Calvo-Sotelo mantenía un aire circunspecto, aseguran que era un hombre de gran sentido del humor, con rasgos muy británicos en su carácter, serio y ordenado. Su legado ha sido la culminación de la Transición, llevando a la gente de su generación desde un escenario heredado de la dictadura a una España plenamente democrática, en la que la discrepancia no fuera anatema y elegir a los gobernantes, un hábito. Como ha dicho el Rey, por cuya causa luchó Calvo-Sotelo desde su juventud, fue un gran español, un hombre de Estado y un demócrata, que, en la despedida, ha encontrado el reconocimiento del país, más allá de las batallas políticas.





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