Columna de
AlejandroLlano
Leña al fuego
La situación política española resulta inquietante, porque se están socavando los fundamentos de nuestra convivencia. Los ataques reiterados al Rey y a la monarquía son emblemáticos, porque la corona simboliza precisamente lo que los españoles tenemos en común, lo que nos hemos comprometido a respetar, y el ordenamiento jurídico básico que salvaguarda nuestro acuerdo acerca de las normas por las que nos regimos. Y esto se agrava porque la mayoría de tales insultos y amenazas a la más alta magistratura del Estado proviene de quienes pretenden ir por libre, aunque (eso sí) a la sombra de España y —por supuesto— con todos los derechos y sin ninguna de las obligaciones de quienes habitamos otros territorios de la hasta ahora piel de toro. Lo que desazona más a no pocos ciudadanos es la parsimonia del Gobierno, su tibieza, a la hora de ejercitar su responsabilidad de defender el marco constitucional y la integridad del territorio de la nación española. Por mi parte, nunca he sido patriotero ni he andado detrás de bandera alguna, ni siquiera de la roja y amarilla, pero —a diferencia de mi colega Savater— no utilizo la idea de España para abanicarme. Me la tomo en serio. Jugar con fuego es peligroso, porque uno se acaba quemando las manos. Y echar leña a una hoguera encendida, como ha venido haciendo Zapatero desde hace más de tres años, constituye una grave irresponsabilidad.Cuando se produjo el espectáculo de la presentación del plan Ibarretxe en el Congreso, seguido del ambiguo discurso del presidente del Gobierno, no pude dejar de decir en voz alta: “Esto no queda así”. Algunos me aseguraron que semejante proyecto estaba muerto. Pero tal juicio sólo podía provenir de quienes conocieran muy poco al personaje y a su entorno. Más aún, ningún líder político de los que medran por estos pagos acepta una negativa a un plan que ha acariciado durante años y que no encuentra el rechazo inmediato que merece. Zapatero ha abierto la caja de Pandora y ya no hay manera de cerrarla. Si se da el tiro de salida en la competición para conseguir más autonomía, más atribuciones y, en definitiva, la independencia, nadie de los que están en la línea de salida quiere quedarse atrás.Parece como si estuviéramos cayendo sucesivamente en todos los equívocos de la democracia radical, que fueron diagnosticados hace siglos y cuyas previsibles consecuencias se vienen cumpliendo implacablemente desde entonces. La democracia liberal no es un régimen que se autofundamente o —por decirlo con alguna propuesta cosmológica actual— que se autocontenga. Es un contrato, un gran pacto, pero —como ya advirtió Durkheim— los fundamentos del pacto no pueden ser pactados. El régimen de libertades se devora a sí mismo si usa su albedrío para destruir los planteamientos en los que se basa. El Reino de España es una monarquía constitucional, en la que se integran los ciudadanos que habitan unos territorios delimitados desde hace cientos de años. Si estos puntos básicos —forma de gobierno y territorialidad— se cuestionan, la actual Constitución española, la única que en toda nuestra historia ha funcionado satisfactoriamente, deja de tener vigencia. Y entonces nos encontramos en la situación descrita por una vieja canción inglesa: “Cualquier cosa podría suceder y, probablemente, sucederá”.Las constantes imprudencias del presidente del Gobierno encuentran un eco sordo en la opinión pública. Es más, no falta quien culpa de todo ello a la oposición, como si ésta no se encontrara en estado catatónico. Cuando suceden cada día cosas que harían palidecer a cualquier demócrata de un país políticamente maduro, aquí se da por descontado que el partido socialista volverá a ganar las elecciones, gracias en buena parte a las subvenciones prometidas sin las necesarias previsiones económicas. El panem et circensem se interpreta en el sentido del dame pan y dime tonto, mientras contemplo los toros desde la barrera. Pero el morlaco puede arrollar tan débil protección y llevarse por delante al curioso que disfrutaba del espectáculo sin comprometerse con la faena. Y, si no, que se lo pregunten a los constructores con pisos sin vender, a los mileuristas que buscan vivienda y a los padres que ya gustan los sabores ácidos de Educación para la Ciudadanía, recién impuesta a sus hijos.Cuando España está en un brete, no vale mirar hacia otra parte y ponerse a silbar una copla, como si no pasara nada. Hay que apresurarse a apagar los fuegos de la destrucción y a activar los rescoldos de la crítica constructiva y de la iniciativa social responsable. Que sea el Rey quien tiene que defenderse a sí mismo no habla precisamente a favor de los súbditos. En este caso, y dándole la vuelta al dicho del romance, son los vasallos quienes han fallado al señor. Dicho sea, y sólo por esta vez, con licencia de los custodios de la corrección política.
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