Varios jóvenes de un barrio conflictivo graban versiones rap de clásicos como Lope o Góngora
Ángel Peña
Madrid. Se sienta a mi lado un chaval con ropa deportiva y un ostentoso tatuaje en el brazo derecho. Disimulo. Miro de soslayo el anillo de la mano izquierda —un par de toneladas de metal— y la cazadora que grita el orgullo de un barrio difícil. Un rapero. Especie que en los medios se incluye en los paquetes de altercados de banlieues francesas, alcorcones flamígeros o humo de pistola afroamericana recién disparada.
La escena tendría una tensa banda sonora si estuviéramos, por ejemplo, en un vagón de metro. Pero se trata de una rueda de prensa: ayer se presentó en Madrid Rapsodas en el Barrio, un CD de música urbana que fusiona el ritmo del hip hop y los versos de poetas clásicos: Góngora, Espronceda, Lope de Vega Shakespeare...
El proyecto es parte del programa Arte Joven, hacia la expresión de las ideas, dirigido a jóvenes del madrileño barrio de Orcasitas y alrededores con el objetivo de crear plataformas artísticas en forma de talleres que reforzarán valores como la integración entre culturas o la tolerancia.
En la grabación de Rapsodas en el barrio han colaborado 15 de los 50 chicos de diferentes nacionalidades que trabajan en los talleres: colombianos, ecuatorianos, dominicanos, españoles, peruanos, chilenos, polacos y guineanos.
El rapero de mi izquierda es uno de ellos. Se llama Sergio, pero su nombre de guerra es A.V. El tatuaje es en realidad el logo de Gran Gama, el grupo que forma con cinco de los participantes del disco Rapsodas en el barrio. Quieren buscarse la vida con esto del rap, me cuenta A.V., que de momento curra “en la obra”. Saben que no lo tendrán fácil.
Lucharán por ello, ahora animados por el subidón de Rapsodas en el barrio, una idea liderada por la Fundación Tomillo y con la colaboración de la Fundación Coca-Cola Juan Manuel Sáinz de Vicuña, la Fundación Autor y la SGAE.
Un audiovisual con el making off del proyecto interrumpe mi conversación con A.V. Chavales de todos los colores se lo pasan bien y trabajan duro. Un rapero consagrado, Frank T., aparece para colaborar con un tema. Pero el gran protagonista es el entusiasmo: mientras la cámara enfoca al dominicano Calderón, fuera de cámara alguien exclama: “Somos los poetas del siglo XXI”.
Alegría, que no inconsciencia. No son sociólogos, pero saben de qué va la historia que están protagonizando. A.V. es blanco y español, pero mira con veneración al negrísimo Frank T, un icono del hip hop, y se ríe como el que más con las ocurrencias del dominicano Calderón. “Todos somos colegas”. Sobre los prejuicios que recaen sobre este tipo de música, A.V. se ríe: “Uno de mi trabajo me dijo un día: ‘el rap era droga’. Eso es porque no escuchan las letras”. Admite que muchas veces las letras aluden a la violencia, pero a la eterna pregunta de ¿qué fue antes, la gallina o el huevo?, responde sin dudar: “Los raperos sólo hablan de lo que está sucediendo”.
Y lo que sucede en sus barrios a veces es muy duro. Aunque, se rebela A.V., el rap no es siempre “mal rollo”. Pone como ejemplo su tema en el disco de Rapsodas, dedicado al poema La Noche, de Lope de Vega: “De eso entiendo... y coincido con Lope: la noche es la cosa más linda, no tiene que ver siempre con cosas malas”.
Dejo a A.V. con sus primeros autógrafos y posados para la prensa y me pongo el disco de los poetas del siglo XXI. Suena, retadora y abruptamente sincopada, la voz de A.V.: “Todo tiene su tiempo, su versión, a mí me tocó el siglo XXI, un saludo a Lope de Vega”.
El CD sigue girando, y el compás obsesivo de un paisaje de suburbio currante, ente vertiginosos scrachts y metales, envuelve los versos de Lope de Vega: “Loca, imaginativa, quimerista, / que muestras al que en ti su bien conquista...”
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