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06/05/2008 19:57   




La lucidez de Josep Pla

En la política y en la sociedad actuales hay mucho “romántico”.

Antonio R. Rubio Plo.

HA sido un buen acierto de La Caixa organizar en Madrid un ciclo de conferencias dedicado a Josep Pla. Un escritor catalán, español y universal, que no ha gozado de todo el reconocimiento oficial en su tierra de origen por el hecho de no ser nacionalista, aunque haya facilitado a la literatura catalana textos dignos de figurar en la mejor antología. ¿Será casual que falleciera un 23 de abril en su masía ampurdanesa? Con todo, Josep Pla sigue siendo un heterodoxo en esta época de la políticamente correcto, cuando en la vida pública triunfa una semántica insustancial.

 Este nuevo barroquismo habría indignado a un Pla al que empalagaba y exasperaba lo barroco. No en vano reprochaba a Borges que no era un escritor de la vida, sino de los libros. Algunos tacharon a Pla de socarrón y frívolo, seguramente porque no le agradaban esos purismos literarios que alejan a los autores de la realidad cotidiana. Ese mismo Pla llegaría a escribir que el mensaje más importante del mundo en que vivimos es el Sermón de la Montaña, “y lo demás es una pedantería grotesca”. No obstante, el escritor dedicaría más tiempo y más folios a divagar sobre el aburrimiento, el vino, las rosas o el mar que sobre asuntos más trascendentes.

 Las más de treinta mil páginas de la producción de Pla —muchas de ellas disponibles en castellano— son un universo en sí mismas: allí está presente el viajero, el cronista, el memorialista, el gastrónomo o simplemente el narrador de gran capacidad de observación, y muchas veces el espectador solitario que a menudo rezuma vitriolo en sus juicios críticos. No pocos encontrarán a Pla paradójico —¿sería por eso que admiraba a Chesterton?— por alabar a Maquiavelo al describir su época con la minuciosidad de un atento observador, aunque a la vez le reprochara que nunca entendió ni el espíritu, ni la fuerza real o latente de la religión. Pero tal y como afirma Valentí Puig, su mejor comentarista, hay un Josep Pla para cada lector. Se encontrará lucidez en muchos de sus textos, aunque no se compartan siempre sus discutibles filias y fobias. Y es que la lucidez —suele ser paralela al sentido común— es buena compañera en los tiempos de ensimismamiento colectivo.

 Leer a Pla y reflexionar sobre sus atinadas observaciones es también útil para todos aquellos que descubren —tarde o temprano— que las utopías de la ingeniería social no han muerto a comienzos del siglo XXI, a pesar del total descrédito que algunas de sus puestas en práctica tuvieron en el siglo pasado. Así, por ejemplo, Pla percibió en sus crónicas periodísticas que las utopías republicanas desembocarían en la tragedia de la Guerra Civil, una contienda en la que Pla no se identificaría ni con los vencidos ni con los vencedores. Después de todo, nuestro autor dijo del marxismo que era la utopía del momento, porque aunque toda utopía es una ficción, ésta se presentaba como si tuviera algún aspecto real. Probablemente a Pla no le gustaban las utopías porque detestaba el romanticismo (y no sólo el literario), pues el escritor consideraba que “el temperamento romántico implica dar más importancia al sentimiento que a la inteligencia, al instinto más que a la prudencia”.

 Al leer estas palabras, podemos caer en la cuenta de que en la política y en la sociedad actuales hay mucho “romántico”, y suele ocurrir que esos “románticos” van también de revolucionarios, pues se consideran hijos o nietos del 68. De esto sería consciente Pla cuando consideraba sinónimos el romanticismo y la revolución; y no estamos ante una digresión del escritor sobre el siglo XIX. De Rousseau sólo le gustaban las Confesiones, no las teorías .Por lo demás, nuestro autor tenía, entre otros antídotos contra el utopismo, la lectura de las vidas de los césares escrita por Suetonio, para no caer el infantilismo histórico del progreso indefinido.

 Sin embargo, el escritor admiraba las grandes novelas, aunque prefería Tolstoi a Dostoievski. Confesaba su admiración por Ana Karenina, un libro donde se demuestra que “la felicidad no se encuentra en la obtención de titilaciones románticas”. Es el Josep Pla cargado de lucidez, el que no entendería esa pedagogía actual, y tan poco racional, de que lo que se ha elegido libremente, sin ninguno tipo de limitaciones, puede garantizar la felicidad.

Antonio R. Rubio Plo es analista político.





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