El escenógrafo y productor Andrea D'Odorico prepara La cena de los generales, de Alonso de Santos, y Voces, voces, voces, sobre los cuentos de Pirandello.
Paloma Leyra
En una callejuela del barrio de Carabanchel, un ruidoso y soleado patio da paso a una nave silenciosa y repleta de trastos. Una tarta, una cocina, comida de cartón, cuchillos sin filo, telas, sillas, cajas… Andrea regresa de comer con sus eternas gafas de sol, que ocultan unos vivísimos ojos verdeazulados, y un aspecto imponente. Tiene un leve deje italiano y una memoria fina. Cita a Bergman, evoca escenas de filmes de Pasolini, invoca a Chejov o a Pirandello. Su pulida cabeza ha ideado casi un centenar de escenografías, y sigue soñando.
Pirandello, Shakespeare, Chejov, Lorca, Calderón, Miller… Buenos maestros.
Me gustan mucho Chejov y Pirandello, son muy cercanos: ambos bucean en el ser humano de una forma muy especial.
Explíquenos cómo…
Chejov los retrata como el agua que corre constantemente sobre las piedras y éstas se van puliendo, de ese modo la vida pasa y pasa y no cambia. Pirandello bucea en personajes normales en situaciones anómalas: ese agua que transcurre plácidamente de repente se convierte en una corriente bestial y luego vuelve a la normalidad. Son autores con mayúsculas.
¿Qué le cautiva de una obra?
Lo que me cautiva es la posibilidad de un texto, la capacidad de sacarle provecho a un director y, por supuesto, la interpretación.
¿Sin emoción hay belleza?
La emoción es fundamental en todo, pero sin una historia es imposible que nazca.
Usted era arquitecto, ¿cómo lo dejó por el teatro?
Por azar. Vine a España en el 71 y trabajé cinco años como arquitecto. A la vez conocí a Miguel Narros y empecé a hacer escenografías. La arquitectura en España en aquel entonces me parecía poco estimulante.
¡Pero si trabajaba con Antonio Lamela!
En el estudio estábamos cinco o seis arquitectos extranjeros trabajando, pero no podías firmar nada, ni quitar clientes. Yo hice todos los establecimientos hoteleros de Sofico en la costa. Aquello no me iba mucho.
El teatro le ganó.
Es que el teatro formaba parte de mi infancia. En Italia, la televisión no llegó hasta mediados de los 50 y, entonces, las cosas eran distintas. Leía mucho, iba al teatro, a la ópera y muchísimo al cine.
Llegó la tele y empezó la crisis del teatro.
Es la crisis eterna. Pero el teatro se mantiene porque tiene algo único que es el directo. Sólo en él ves la sorprendente capacidad que tiene un actor de coger por el cuello al espectador.
Y es un ejercicio colectivo.
Un montaje es de mucha gente. Si no entiendes el teatro como algo colectivo, no hay nada que hacer.
¿No le tentó interpretar?
No. Lo hice una vez en Sonámbulos, una película de Manuel Gutiérrez Aragón. Sólo fueron una sesiones, con frac y camisa almidonada, y no podía más. La interpretación es muy difícil.
¿Y los actores son difíciles?
Todos somos conflictivos, pero tal vez la inseguridad del actor es la que puede provocar que a veces resulten inaguantables. Al fin y al cabo, interpretan algo que no son, pero a la vez se vuelven locos de placer interpretando. Eso sí, para ellos da igual que tengan un mal día: tienen que defender sus personajes como si nada.
De la arquitectura a los escenarios
Andrea D’Odorico nació en Udine, Italia, a finales del 42. Era el primogénito de un partisano y empresario del cemento que un día decidió no cerrar sus fábricas para que él y los hijos de sus obreros pudieran ir a la universidad. Licenciado en Arquitectura en Venecia, ejerció su profesión en Suiza y en 1971 llegó a España, donde tras conocer a Miguel Narros comenzó a dedicarse a las escenografías de teatro, cine y televisión.
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