No cabe albergar dudas acerca del juicio que le merecería a Azaña el actual proceso de agresión a la Nación española
La publicación de la nueva edición de las Obras Completas de Manuel Azaña, realizada por Santos Juliá y presentada ayer en Madrid, es una excelente noticia en un país que, salvo alguna excepción, no se caracteriza por rendir a sus mejores autores el tributo de las buenas ediciones de sus obras y acaso aún menos el homenaje de su lectura. Desde la edición realizada por Juan Marichal en México a finales de los sesenta, que circuló por España, se habían ido editando algunas obras no incluidas en ella. Especial relevancia tuvo la presentación, hace diez años, por el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, de los cuadernos de 1932-33, que le fueron sustraídos a Cipriano Rivas Cherif en Ginebra. Faltaban también, entre otros textos, los papeles incautados por la Gestapo en 1940. Azaña fue un extraordinario y persuasivo orador y un excelente escritor, especialmente quizá en sus magníficos Diarios, aunque, no sin razón, Unamuno lo calificara como “un escritor sin lectores”. No brilla tanto en su condición de intelectual. Y menos en la de político, pues fue uno de los más destacados artífices de un Régimen fracasado. Incluye esta edición un nutrido conjunto de textos inéditos que nos entregan un Azaña completo.El acontecimiento cultural ha tenido también una notable repercusión política como consecuencia de la presencia del presidente del Gobierno. Azaña ha sido reivindicado tanto por la izquierda como por la derecha. Quienes no pueden invocarlo, salvo en vano, son los nacionalismos secesionistas ni sus aliados. El presidente de la República fue un defensor de España y su cultura (recuérdese el episodio del Prado), que no fue nunca más allá de los planteamientos autonomistas. Si fue grande su error al colaborar en la construcción de una República que, por partidista y negadora de una gran parte de España, quizá la mitad, no pudo ser nacional (crítica que muy pronto lanzó Ortega y Gasset en su discurso de rectificación de la República), grandes fueron también su magnanimidad en el reconocimiento de su error, y su generoso patriotismo del “paz, piedad, perdón”. Supongo que quienes reprocharon, invocando oportunismo, a Aznar su participación en aquella presentación, y su matizada profesión de fe azañista, harán ahora lo mismo con Rodríguez Zapatero. A menos, que aquí también realice su trabajo la “memoria histórica” hemipléjica y desmemoriada. El legado de Azaña pertenece a todos los españoles, incluidos los que odian a España. Por mi parte, no hay nada que objetar a la presencia de nuestro presidente del Gobierno, pero sí me permito expresar alguna perplejidad hacia el azañismo del presidente del Gobierno. No parece que quepa dudar de su afinidad con el momento excluyente y sectario de la República para los republicanos (y no para todos los españoles). Pero tampoco cabe albergar dudas acerca del juicio que le merecería a Azaña el actual proceso de agresión a la Nación española emprendido por quienes aparecen como amigos y aliados del presidente del Gobierno. Tampoco queda claro si Zapatero se adhiere al Azaña de la última hora del dolor patriótico y la reconciliación o al de “España ha dejado de ser católica”. En cualquier caso, no parece que les una en absoluto a los dos políticos ni la maestría oratoria ni la pericia literaria. Debiera contribuir esta edición, además de al conocimiento de la obra de un gran escritor español, al restablecimiento de la concordia nacional, especialmente entre los dos grandes partidos, en esta hora incierta y convulsa.
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