Bob Dylan, Franz Ferdinand y Lenny Kravitz cerraron esta primera edición del Rock in Rio Madrid que se repetirá en 2010.
Lenny Kravitz durante su concierto en Arganda. Efe |
Diego Campo
Madrid. Existe cierta reticencia entre los artistas consagrados a participar en multitudinarios eventos musicales, por aquello de que su arte no brille con la luz que ellos piensan que tiene. Ver en una tarde a Bob Dylan, Franz Ferdinand y Lenny Kravitz acaba por producir intoxicación ante la incapacidad de asimilar semejantes fenómenos musicales.
El Rock in Rio Madrid echó el cierre con el mejor cartel de los cinco días, de lejos. Quizá el mejor sitio para ver a Bob Dylan no sea en un escenario gigantesco dentro de un festival en el que la música es sólo una parte más del ocio, pero la mera oportunidad de ver de cerca al genio del folk es siempre bienvenida. El concierto de Dylan fue lo que se esperaba. Ni saludos al público, ni guiños, ni nada que no fuera hora y media de canciones, sin espacio para sus grandes éxitos a excepción del ‘Like a Rolling Stone’ final. Dylan es un mito y no parece dispuesto a cambiar sus señas de identidad 67 años más tarde, aunque eso genere bostezos entre la muchedumbre no entregada a la causa ‘dylaniana’.
Tras el de Minnesota, llegó el turno de los escoceses Franz Ferdinand, quizá lo mejor de la tarde, si lo entendemos como espectáculo, entretenimiento y buenas canciones. Ayudó, también, la frialdad que les había precedido sobre el escenario y el hecho de que buena parte de las canciones de este grupo estén condenadas a ser ‘singles’ de éxito, basados en una fórmula sencilla donde el estribillo repetitivo cobra una nueva dimensión. Y sobre todo ayudó las escasas pretensiones de estos jóvenes para hacer música, lejos de displicencias, egos acrecentados y actitudes de divos tan tristemente frecuentes por estos lares. A la postre, puede que elevaran demasiado el listón para el rey del día, Lenny Kravitz, más cómodo en ese rol de ‘estrella del rock’ que el resto de sus colegas.
Lo cierto es que un puñado de canciones y su protagonismo triunfante en los años 90 sirven para entender, por ejemplo, que al artista le diera por reprochar a los fans que fumaran en las primeras filas, lo que no deja de ser una paradoja, conociendo las leyendas que alimentan el tipo de música que hace.
Además de sus recomendaciones en aras de la buena salud colectiva, Lenny también merece ser reconocido por ese puñado de canciones convertidas en himnos (‘Always on the run’ o ‘Are you gonna go my way’, que cerró el concierto) y por tener la suficiente personalidad para rodearse de músicos de primer nivel que engrandecen su música. Con todo, lo del Rock in Rio quedó no acabó por convencerle, ni a él, ni a todo el público y de hecho hubo que esperar al último tema del repertorio para que Lenny consiguiera despertar la reacción que buscaba en el público. Antes, el músico lo había intentado paseando por el foso, encaramándose a las vallas, saludando a diestro y siniestro. Pero ni con esas.
Kravitz se marchó desconcertado y el público, acaso cansado a las tres de la mañana. Es lo que tienen los festivales.
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