Columna de
AlejandroLlano
El mensaje de la Conferencia Episcopal ha dolido al Gobierno, que se ha dado por aludido. Pero aquellos a quienes va dirigida la nota deben tener claro que política y ética no se pueden desvincular .
Alejandro Llano
La nota de los obispos españoles ha recibido acusaciones tremendas. Pero no, desde luego, la de irrelevancia. El texto hace diana. Habla de la realidad social más candente y emite sobre ella un juicio moral, al que —desde la ética más depurada y exigente— no se le pueden hacer objeciones de peso. De ahí que el PSOE haya respondido —eso sí, inmediatamente— con observaciones coyunturales, juicios de intenciones y escándalos farisaicos. Los socialistas admiten, por de pronto, la libertad de la jerarquía católica para pronunciarse acerca de cuestiones políticas con gran calado moral. Es la primera vez que lo hacen, y no es pequeño avance. Constituye una muestra más de que los razonamientos serios acaban por abrirse camino. Tras la escandalera organizada por el Partido Socialista y su larga mano mediática a propósito de la concentración en favor de la familia en la plaza de Colón, se ha hecho patente que los obispos —como ciudadanos de una democracia y como orientadores espirituales de millones de españoles— tienen libertad para exponer lo que consideren cierto y oportuno. La nota sobre las elecciones se centra también en cuestiones que afectan a la familia, y la doctrina que en ella se da responde a la tradición cristiana y a la ética tanto clásica como ilustrada. No creo, por ejemplo, que un kantiano tuviera nada que objetar.
Lo que más ha dolido al Gobierno y a su partido ha sido la referencia a la negociación con los terroristas. Por de pronto, se han dado por aludidos, lo cual indica que algo hay. Tratar de mimetizarse con la UCD, con el PSOE de González (convertido paradójicamente en respetable bajo perspectiva tan delicada) y hasta con el PP, es un intento vano. No prueba nada y, además, ignora los hechos. Todos sabemos que ni Suárez, ni González, ni Aznar, negociaron con la ETA. Tuvieron un encuentro con terroristas en el que apreciaron inmediatamente que no estaban dispuestos a buscar una salida pacífica al conflicto que ellos mismos provocan. En cambio, todos saben —y él mismo lo ha reconocido formalmente— que Zapatero negoció con los terroristas. Y, a día de hoy, pocos están seguros de que no volvería a hacerlo si ganara las elecciones y se presentara de nuevo la ocasión. Porque lo que está en la base de su actitud, dicho sea con todo mi respeto al presidente, es un yerro ético —eso que los griegos llamaban amartía— que tiene algo de inevitable y fatal.
Los obispos no toman partido, eso no es lo suyo. Si —aquejados por una obnubilación transitoria— actuaran así en alguna ocasión, la respuesta de los católicos (al menos, de la mayoría) consistiría en hacer oídos sordos y recordarles que, en cuestiones temporales, un cristiano actúa como le parece, sin necesidad de patronos mentales ni consignas que están de más. Se ve que algunos socialistas ponen en marcha el mecanismo psicoanalítico de proyección y creen apreciar en otros un modo de pensar tan disciplinado como el suyo. Pero la mayoría de los ciudadanos de este país son un poco más maduros y ya no responden a posibles toques a rebato.
Los cristianos saben, literalmente, que su reino no es de este mundo. No porque se despreocupen de las cuestiones terrenas, sino porque conocen la vaciedad de todas las utopías, incluso de las que se reclaman de la religión. Las cosas de por aquí están sometidas a libre debate. Y si esto es hoy una verdad comúnmente admitida, se debe en su raíz a la desacralización del mundo llevada a cabo por el cristianismo. De manera que casi siempre nos encontramos con horizontes complejos en los que el bien y el mal comparecen entreverados. Es un campo en el que la elección del mal menor resulta cosa de todos los días: algo que los obispos dejan claro en su nota. No piden el voto para el PP, según han titulado algunos medios de obligada obediencia a las posturas oficiales. Tampoco prohíben que se vote al PSOE, como sospechosamente concluyen los propios socialistas. Invitan a que, tras recordar orientaciones éticas muy elementales, cada uno se forme juicio y vote como quiera o como pueda. Lo cual, de hecho, suele implicar simbólicamente el gesto italiano de taparse la nariz cuando uno se acerca a las urnas.
Éste es el mal menor. Pero hay también un bien mayor, al cual apuntan en último término los consejos episcopales. Se trata de recordar que la política no está desvinculada de la ética, y que existe una excelencia humana de la vida social a la que nunca se debe renunciar. Traducir estos mensajes a términos como integrismo o fundamentalismo supone marrar el tiro. El sentido católico de la vida es esperanzado y esencialmente positivo. No conoce la resignación moral y, en este sentido profundo, no es conservador. Aspira siempre a algo mejor y cree que el ser humano —esta mujer y este hombre— son capaces de innovar y de optimizar. Apostemos por el bien mejor y dejemos en paz a los que discrepan.
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