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08/05/2008 17:13   



Estado de desánimo

Poco importó que los blancos llegaran al partido de resaca y el Barça necesitara los puntos. En el campo jugó un equipo contra un cadáver en proceso de descomposición. Guardiola tiene mucho trabajo por delante.

Estado de desánimo
Frank Rijkaard, entrenador del Barcelona. EFE

Paul Tenorio

Madrid. Dijo ya Valdano hace tiempo, como siempre con muy buen tino, que el fútbol es un estado de ánimo. El Clásico más desequilibrado desde el 5-0 que el Real Madrid, precisamente con Valdano en el banquillo, le endosó al Barcelona, demostró definitivamente algo que muchos de los que relativizamos el trabajo físico en el fútbol llevamos mucho tiempo diciendo: que lo psicológico prima sobre el músculo y el pulmón (por supuesto, partimos de la base de que todos los equipos profesionales tienen un nivel más que aceptable). El estado mental de un vestuario también puede borrar todo lo escrito en la pizarra. El cuerpo del Barça estuvo en el Bernabéu, pero no su alma. Los de Rijkaard fueron un cadáver y evidenciaron aún más que el cambio de ciclo es inevitable y trascendente como un tornado.

El Real Madrid llevaba tres días de juerga y no necesitaba los puntos. El Barcelona quería maquillar -mínimamente- su nefasta temporada, necesitaba ganar para pelear por la segunda plaza y estaba descansado. Pamplinas. Un equipo, el Real Madrid, tiene una fé inquebrantable en sí mismo, está crecido por los triunfos y jugaba al calor de su afición. El otro, el Barça, tiene un vestuario fragmentado y hundido tras capitular en todos los frentes por los que luchaba y sólo espera con ansiedad que corra el minutero y se termine la temporada. El soberano repaso que le dieron los de Schuster a los de Rijkaard, desde el minuto 1 al 90, no es más que una sencilla cuestión de lógica.

Diarra se destapó

Hasta Diarra se salió de su previsible guión y destapó varios gestos que no conocíamos en su repertorio. El de Mali fue decisivo en el tercer gol con una incursión por la banda derecha, con un par de caños incluídos, que hubiera firmado el señor de aquel carril en Chamartín, Miguel González "Michel". Mucha culpa de que Diarra ofreciera su mejor partido como jugador blanco en dos temporadas es del Barça, que bajó los brazos en 20 minutos y fue ridiculizado en el peor partido que se le recuerda. No busquen demasiadas explicaciones. Un entrenador blando, una plantilla con demasiadas estrellas y un equipo muerto de éxito. Ya les debería sonar.

Es asombroso el fútbol. Hace poco más de un mes, un punto separaba a ambos equipos. El Real Madrid era un mar de dudas y el Barça, vivo en Champions, parecía coger velocidad. Las líneas que separan el éxito del fracaso, en fútbol, son exiguas. De hecho, si el Barcelona hubiera logrado el gol que con tanta insistencia buscó en Old Trafford podría ser campeón de Europa. Podría haber convertido su año más negro en una temporada para el recuerdo, en un grandísimo triunfo del barcelonismo que dejaría en anécdota la Liga del Madrid. Es la dictadura de esa esfera de cuero que nos tiene a todos en vilo. Ella manda y no admite el condicional.

Sólo Messi

La realidad es que el Barça que llegó al Bernabéu a hacer el pasillo al campeón dio lástima. Es inexplicable ver a un grupo de jugadores, uno por uno excelentes, formar un equipo vulgar, insolidario y desganado. Sólo se salvó Messi de la quema, más en la segunda mitad que en la primera. Leo no parece flotar inerte, río abajo, como el resto de sus compañeros. Va en lancha motora. Regatea a quien quiere, se cose el balón a la bota, estira a su equipo 30 metros. Él sólo. Es la primera piedra del Barça del futuro. Ayer le faltó el gol, pero tenía delante a Casillas.

Al que no le faltó el gol fue a Henry, un desastre durante todo el partido pero capaz, otra vez, de perforar la red del Bernabéu. Ya lo hizo con el Arsenal. Su definición ante Casillas fue perfecta para marcar el llamado "gol del honor", que no dignificó en absoluto la actuación de sus compañeros. La defensa fue un desastre, Xavi y Touré, de lo más entonado, estuvieron muy por debajo de sus prestaciones, y a Bojan le vino muy grande la situación. Deco y Eto'o también se borraron, aunque antes.

Quien se sigue reivindicando es Raúl, eterno cazarecompensas del área, alma de líder y padre de este Madrid. También Robben se apuntó al gol. El holandés repitió cabezazo a la red rematando libre de marca un excelente servicio de Guti. No hay error de Márquez ni de Puyol en el gol, no se engañen. Estaban marcando a otros jugadores. A Robben nadie le coge en las jugadas a balón parado, nadie le teme. Quizá en el futuro empiecen a hacerlo.

Deportividad blaugrana

El Zamora, otros de los frentes abiertos en un partido aparentemente sin trascendencia deportiva, quedó zanjado de forma tajante: Valdés se llevó cuatro que pudieron ser más, Casillas uno. Probablemente esos números reflejen con exactitud la diferencia entre ambos porteros. Víctor, aunque con alguna parada meritoria, estuvo nervioso durante todo el partido y cometió errores de bulto que pudieron acabar en ridículo personal si los delanteros madridistas los hubieran aprovechado. Casillas se pasó todo el partido mirando como un espectador de privilegio hasta que Messi le obligó a salir de su letargo y hacer una parada al alcance de muy pocos guardametas.

En algo sí mereció un sobresaliente el Fútbol Club Barcelona. Con todo lo que le ha llovido encima, obligado a asistir a la fiesta del campeón, humillado en el terreno de juego y por la grada blanca, realizó el pasillo con dignidad, no dio una patada de más y no se marchó corriendo al final del partido, sino que se quedó a saludar y dar la enhorabuena a los campeones de Liga. Al menos, este Barça no está absolutamente perdido: aún le queda el 'seny'.




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