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08/05/2008 18:47   



Zimerman, instalado en la estratosfera

El pianista polaco, en absoluta plenitud artística, protagoniza un memorable recital en el Auditorio Nacional.

Krystian Zimerman.

Jesús Orte

Madrid. Puede que Krystian Zimerman represente hoy mejor que nadie la figura del pianista romántico por excelencia. Romántico de verdad, de los de antes. Hay algo en él que remite al pasado, a esa generación de pianistas de la primera mitad del siglo XX que tuvo en Arthur Rubinstein su icono indiscutible. Como él, Zimerman es polaco, y también como él, su imagen transmite al instante la sensación de hallarse ante un un gentleman del teclado: frac riguroso, gesto austero, postura de manual -que sólo se descompone fugazmente por exigencias de la mecánica de la interpretación-, saludos sobrios, beso en la mano para la asistente que le entrega la flor al término del concierto...

Una imagen inusual e impecable, calculada o espontánea, pero imagen al fin y al cabo. Todo se quedaría ahí si Zimerman no fuera, además, uno de los grandes. Y vaya si lo es. Su cuarta visita al Ciclo Scherzo de Grandes Pianistas lo ha vuelto a confirmar con rotundidad.

El recital empezaba con la Partita N.2 para teclado de Bach, compositor con el que no se suele asociar al polaco. Zimerman lo afrontó como lo que es, es decir, como un virtuoso del piano: amplitud dinámica, riqueza de colores, uso del pedal, mecanismo inapelable... Añádase a ello una admirable asimilación de las enseñanzas de medio siglo de historicismo en materia de pulsación, tempi y transparencia contrapuntística. Y para terminar, una musicalidad sencillamente hipnótica. No faltó algún purista que se rasgara las vestiduras. Tampoco quien viera en su lectura una síntesis cercana a la ideal.

A continuación, la Sonata N. 32 de Beethoven. La última del ciclo. El Beethoven de Zimerman es sencillo, limpio, serio, esencial. Y a la vez, decididamente subjetivo. Lo sorprendente del caso es que sus propuestas no parecen novedades, sino afirmaciones de una lógica inevitable. Son, sin duda, el resultado de una búsqueda rigurosa e incansable. Tanto, que el resultado lejos de parecer chocante, termina por antojarse natural. Por lo demás, resultaría inútil pormenorizar. Baste decir que sólo por la Arietta y las Variaciones, la velada ya habría merecido la pena.

La segunda parte empezó con cambio de programa: otro Beethoven, concretamente la Sonata N.8, Patética, en lugar del anunciado Brahms. Más de lo mismo. Acaso con la enunciación del tema del segundo tiempo, de una serenidad y nobleza majestuosas, se alcanzara el punto más alto del recital. Y para terminar, unas Variaciones de Szymanowski que probablemente constituyeran la exhibición de virtuosismo más apabullante que el Auditorio Nacional ha presenciado en meses.

Entre lo poco reprochable, alguna elección de tempi. La más evidente, tal vez, la del apresuradísimo primer movimiento de la Patética, tan fulgurante como poco dado a la expansión lírica. Enmiendas menores, en cualquier caso, para un pianista en absoluta plenitud de medios técnicos y madurez musical. El público, entusiasmado, le obsequió con una ovación tan sentida como estruendosa.

BACH: Partita para teclado N.2.

BEETHOVEN: Sonata N. 32. Sonata n: 8 Patética.

SZYMANOWSKY: Variaciones sobre una canción polaca.

Krystian Zimerman, piano. Auditorio Nacional. Madrid, 6 de mayo.




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