Columna de
FernandoRayón
Fernando Rayón
Me contaron de un conocido que había muerto ahogado por un pedazo de roscón de reyes. No me extrañó. De los inventos gastronómicos patrios, el roscón siempre me ha parecido uno de los peores. Y que me perdone mi madre que acaba de aprender a hacerlos con la campeona de Navarra.
En general son secos, migosos y saben poco o nada. Sólo sobreviven si se les moja en el café. Y lo de “Españoles a mojar” que gritó don Juan Carlos a los periodistas durante el desayuno de uno de sus viajes, parece que estaría justificado. En ningún caso, mojarlo pinchado en el tenedor, manifestación definitiva de la cursilería más paleta.
Pero siempre hay alguien que te regala un roscón. Y, claro, te lo terminas comiendo. Estos días además, te los ponen gratis en los bares con el desayuno. Se trata de agotar existencias. Pues ¡ojo con ellos! Endurecidos son aún más peligrosos.
El caso es que Zapatero se tragó la manifestación de las familias sin decir ni pío. Otros largaron por él. Y parecía que la cosa se iba a quedar así: decisión inteligente, pensé. Pero no. Por fin habló para decir que estaba muy de acuerdo con lo que dijo Blázquez y que no todos los obispos españoles eran iguales… Pensaba el presidente del Gobierno que los obispos tienen opiniones distintas sobre la Ley de matrimonio homosexual, la investigación con células embrionarias o la enseñanza de la religión en la Escuela Pública. Pues no.
Pero en éstas llegó el Papa y en su discurso al cuerpo diplomático volvió a referirse al matrimonio como la unión de hombre y mujer. La alusión a España era clara, por tercera vez en los últimos meses. Nuestro embajador, Paco Vázquez, ya no podría repetir lo de que “El Vaticano reaccionó al acto de Madrid con sorpresa y disgusto”, ni hablar del “sector radical de los obispos españoles”. Simplemente se calló. Como Zapatero, que no ha vuelto a decir esta boca es mía. Se tragaron el roscón de Benedicto XVI. Menos mal que al PSOE le queda don José Blanco. El Secretario de Organización ha pedido al Papa que rectifique sus palabras. Y claro, los muros del Vaticano se han echado a temblar.
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