El cierre de la planta deja sin ingresos y sin trabajo a la población, tras vivir tranquilamente de ella durante 38 años
Núcleo y chimenea de la central de Zorita. Abajo, la carretera que lleva al pueblo completamente... |
José María Olmo
Almonacid de Zorita (Guadalajara). En Almonacid de Zorita, el ecologismo ocupa uno de los últimos lugares de la lista. El debate gira en torno al “después de”, porque después de 38 años de funcionamiento, la central nuclear de Zorita generó en 2006 su último megawatio y el pueblo ha comenzado a apagarse. Los 800 vecinos del pueblo llevan meses buscando de qué van a vivir a partir de ahora.
El alcalde, Gabriel Ángel Ruiz (PP), que compartía el cargo con su trabajo en la central, dice que nadie les consultó cuando la instalaron en 1968 y nadie les pidió su opinión cuando acordaron desmantelarla. “Fue una decisión política, no técnica, porque la central cumplía con todos los requisitos de seguridad. En la fecha en que se cerró estaba marcando récords de cumplimiento y funcionamiento”, asegura el primer edil.
El alcalde agarra los recibos y los libros de cuentas municipales. El Ayuntamiento ingresará en 2008 por la planta 143.000 euros por la tasa de bienes inmuebles, 53.000 por el impuesto de actividades económicas y otros 360.000 por albergar una central nuclear en su territorio. En 2015, cuando concluya el proceso de desmantelamiento, se acabarán los ingresos extraordinarios, se perderán 240 puestos de trabajo directos y otros tantos indirectos, y Almonacid se convertirá en una localidad anónima del interior, en manos de la suerte. Y la suerte para los pueblos del interior suele llegar en dosis pequeñas, si es que llega.
Sorprende la tranquilidad con la que viven los vecinos, a 3 kilómetros del reactor, y la intensidad con la que reivindican su permanencia. Recientes estudios epidemiológicos de la Universidad de Alcalá de Henares y del Instituto de Salud Carlos III, dependiente del Ministerio de Sanidad, concluyen que el riesgo de sufrir cáncer en el área de influencia de una central nuclear (un radio de 30 kilómetros) puede ser hasta un 71% mayor que en una zona libre de riesgo. Pero ni por esta vía se logra calmar el desasosiego que ha generado el cierre entre los ciudadanos. “Estuve 4 años trabajando en la central, mi marido ha estado 31 y siempre hemos vivido en el poblado que hay al lado, y hemos estado muy a gusto. Tengo dos hijos y no les pasa nada. A ninguno nos ha pasado nunca nada”, asegura Julia, mientra hace la compra en la carnicería del pueblo.
El alcalde dice que “durante 38 años, la población ha tenido la sensación de haber vivido completamente tranquila, que es muy diferente a la sensación que se tiene fuera de lo que es vivir junto a una central nuclear”. “Hemos criado a nuestros hijos sin ninguna enfermedad extraña ni diferente. Si no fuera así, no me hubiera quedado a vivir aquí”.
En el momento del cierre, las administraciones estatal, autonómica y local firmaron un acuerdo para el desarrollo alternativo de la comarca, pero el convenio es hoy papel mojado y las inversiones públicas prometidas no llegan. Ni vivero de empresas, ni programas de formación, ni extensión de la superficie de regadío, ni agencia de desarrollo. El polígono industrial apenas tiene tres empresas, y el futuro pasa por actuaciones turísticas para las que no hay suficiente dinero. Y aunque lo hubiera, la proyección del municipio, relacionado con la energía nuclear durante cuatro décadas, es cuanto menos dudosa. La gente ya ha comenzado a marcharse.
Negocios vacíos
A Fermín y a Mariamor, que regentan una cafetería en el municipio, les queda poco para irse. “El cierre se nota muchísimo. Antes venían los trabajadores a tomarse una cervecita después de trabajar y el aperitivo los fines de semana, pero mira cómo está el bar, vacío”, señala Mariamor. “Se nos cumple el contrato de alquiler en enero y no vamos a renovar. Esto no da para comer”. Fermín promete que en unos meses se largan.
En otro bar, también casi desierto, Luis, pintor de brocha gorda, dice que ya sólo quedan los de siempre. “La gente quería que siguiera porque pagaban bien. Los únicos trabajos que hay son el de carpintero, fontanero, albañil y pintor, y luego está el convoy de jubilados. No hay nada más y algunos lo están pasando mal”, cuenta Luis.
El pueblo se aferra a los últimos estertores de la instalación. El alcalde asegura que en las labores de desmontaje se alcanzarán picos de actividad con más de 500 empleados, que dejarán dinero en el pueblo. Pero los vecinos contestan que los trabajadores que se contratan viven en Guadalajara y van y vienen en el día, y que en sólo siete años no habrá más actividad.
Lo que en cualquier otro lugar sería motivo de manifestaciones y recogidas de firmas, en Almonacid se ha convertido en la última opción: que el Gobierno central convierta Zorita en almacén permanente de residuos radiactivos de alta actividad. Sólo así seguiría entrando dinero en las arcas municipales, y a esta posibilidad se encomienda el alcalde, aunque el precio sea albergar los residuos nucleares de toda España.
La Alcarria, pendiente de un doble riesgo
El franquismo instaló una central nuclear en Almonacid de Zorita (denominada oficialmente “José Cabrera”, en honor al ingeniero impulsor del proyecto) por la proximidad a Madrid y la disponibilidad de agua del Tajo para refrigerar el reactor. Con el tiempo, la central quedó obsoleta y los 160 megawatios que era capaz de generar no representaban una aportación significativa al sistema eléctrico español. El Gobierno decidió en 2006 su cierre. Pero a menos de 50 kilómetros en línea recta hay otra planta, la de Trillo, instalada en 1988, la más moderna de España, con capacidad para generar 1.066 megawatios. Almonacid de Zorita y Trillo, como todos los municipios próximos a una central, cuentan con planes de evacuación en caso de emergencia nuclear. Pero el riesgo existe, aunque no se vea, y en la comarca de la Alcarria se da por partida doble. Estudios científicos han demostrado que la población próxima a Trillo tiene un riesgo de sufrir cáncer superior en un 71% al normal.
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