El país no levanta cabeza porque es rehén del conflicto árabe-israelí y de los pulsos EEUU-Irán y Riad-Teherán.
Milicianos de Hezbolá y de Amal. EFE |
Carlos Álvaro
Lo que empezó como huelga por el aumento del coste de la vida puede acabar en guerra civil en un país que aún no se ha recobrado del conflicto de 1975-90 ni de años de ocupación siria. El Líbano se sitúa en alta tensión con combates entre partidarios del Gobierno antisirio y una oposición chií liderada por Hezbolá y Amal que ha convertido la protesta en ataque a Beirut, generando el repunte de una crisis que dura desde 1975.
Y solucionarla es difícil, porque el Líbano está sumido en una grave fragmentación y porque es tablero donde otros dirimen sus diferencias y rehén del conflicto árabe-israelí. Ese conflicto y el pulso EEUU-Irán están en la raíz del caos libanés.
Tras una guerra civil de 15 años en la que todas las comunidades (chiíes, suníes, drusos, cristianos...) combatieron contra todas y que arruinó un país que era la Suiza de Oriente Medio, y después de un período inestable tras un pacto de paz de Taif que cerró en falso la contienda, la división resurge. La actual crisis data de 2005, cuando un atentado mató al ex premier antisirio Rafik Hariri, crimen del que se acusó a Damasco. El ataque impulsó una primavera política que culminó con la forzada salida de Siria tras tres décadas de manejo de la política libanesa y con el triunfo electoral de los antisirios, apoyados por Occidente. Desde 2005, el país se ha partido en dos bloques antagónicos, el suní-druso-maronita, y el chií.
Retirada israelí
El gran problema interno que impide que el país salga adalente es que Hezbolá es un Estado dentro del Estado, con vocación de mandar en todo el Líbano y no sólo en su feudo del sur. De la mano del prestigio logrado por forzar la retirada israelí del sur y haber resistido en la guerra del verano de 2006, Hezbolá, armado y financiado por Irán y apoyado logísticamente por Siria, ha logrado que la comunidad internacional, que lo juzga terrorista, se vea incapaz de imponer la resolución de la ONU que exige su desarme.
La pugna interna ha dejado al país sin presidente desde otoño, cuando cesó el cristiano prosirio Lahud. Y no hay acuerdo para elegir sucesor según el reparto que fija la Constitución: un presidente cristiano, un premier suní y un jefe del Parlamento chií.
El Líbano es cautivo del conflicto entre árabes y judíos, que mueven allí sus piezas. La instalación en los 70 de fedayines de la OLP y refugiados palestinos alteró el delicado equilibrio comunitario e hizo temer a los cristianos la pérdida de su poder, desencadenante de una terrible guerra tras la que Siria se mantuvo en el país y Hezbolá emergió como poder al margen del Estado.
Asimismo, el Líbano es campo de batalla del pulso político Irán-EEUU. Teherán y Siria usan a Hezbolá como arma contra Israel y factor de influencia en la partida de Oriente Medio. Y viceversa: Occidente e Israel juegan la carta del Gobierno antisirio contra la injerencia desestabilizadora en Irán y Siria, que EEUU juzga patrocinadores del terrorismo. El Líbano es también escenario de una pugna por la supremacía religiosa entre los líderes del chiísmo (Irán) y la suna (Arabia), a la que no es ajena Siria, país laico cuya jefatura pertenece a la comunidad chií de los alevíes. Arabia, con otros árabes moderados (Egipto, Jordania) es valedora del Gobierno.
La muerte de Hariri
Siria, cuya cúpula y servicios secretos temen ser acusados en los tribunales internacionales que pide Beirut por la muerte de Hariri y otros 20 políticos antisirios, se resiste a dejar de intervenir en el Líbano directamente o mediante Hezbolá, si bien el asesinato en Damasco del jefe militar del grupo, Imad Mughniya, ha enrarecido la relación.
Hoy, hasta el Ejército, la institución más respetada y cuyo jefe, Michel Suleimán es el aspirante a presidente, alerta de una división de las tropas si sigue una crisis que suma ya 11 muertos y que se inició cuando el jefe de Hezbolá, Hasán Nasralá, consideró el plan del Gobierno de desmontar su red de comunicaciones "una declaración de guerra". Será difícil que el Líbano tenga futuro mientras los hilos que dirigen su destino estén lejos de Beirut.
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No sólo hay temor a una guerra civil, sino a una guerra confesional (fitna) entre chiíes y suníes, ya que los partidos Corriente hacia el Futuro (suní) y Hezbolá (chií), protagonizan la lucha callejera. Ese temor ha llevado a la autoridad suní, el muftí Rachid Kabani, y al Consejo Supremo chií a pedir calma para evitar que el país caiga en el abismo. El temor a que arda el Líbano y, con él, Oriente Medio, ha llevado a la ONU a pedir contención y a EEUU y la UE, a exigir a Hezbolá que pare su acoso al Gobierno. Arabia ha convocado una cita árabe y dialoga con Irán.
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