Con estas maniobras de resucitación se deteriora aún más la moneda.
Rocío Albert
Un amigo me propuso montar con él un negocio. La verdad es que su idea no me pareció nada mal. Es más, aunque no me caracteriza un gran olfato empresarial, parecía un proyecto bastante seguro. La inversión inicial que había que hacer no era muy elevada y el riesgo era bajo. Lo medité un par de días pero al final decidí que no me interesaba, ya que tenía otra posible inversión entre manos que tenía mayores posibilidades de ganancia y ningún punto débil: invertir en hedge funds o en cualquier otro activo financiero a través de un banco de inversión. A la vista de lo ocurrido en las últimos meses, y tal como están las cosas, este tipo de inversiones son super seguras, su éxito muy probable y el riesgo mínimo.
Dirán que exagero, pero la información que se ha sucedido sobre “los rescates” de los bancos centrales a los bancos de inversión no deja lugar a dudas. Primero, en verano del año pasado, cuando empezaba a bullir la crisis financiera, la Reserva Federal permitió a Citigroup y Bank of America “romper” el techo legal al otorgamiento de empréstitos a sus propias corredurías, lo cual, en términos simples y llanos, significa un rescate a sus filiales insolventes que decidieron sumergirse en las apuestas del casino apodado “mercado de derivados financieros”. Más tarde, en septiembre, en el continente europeo, el Banco de Inglaterra tuvo que acudir al rescate de un banco británico —el Northern Rock— por sus problemas de liquidez, de nuevo por no calcular bien el riesgo y basar su modelo de negocio en la liquidez del mercado, en un momento en que la desconfianza generada por la crisis hipotecaria en EEUU había contraído la oferta monetaria y encarecido el precio del dinero. Finalmente, en marzo, la Reserva Federal americana salió al rescate del banco de inversión Bear Sterns, ya que sus hedge funds estaban al borde de la liquidación por la pérdida de valor de sus activos, vinculados a hipotecas subprime.
Ante estos ejemplos, los particulares no quieren ser menos y reclaman un trato por lo menos igual —cuando no mejor— que el que se da a los poderosos bancos por sus fallidas inversiones. Los casos se suceden —Afinsa, Forum Filatélico, Arte y Naturaleza—, y en todos ellos los afectados exigen que el Estado o la Administración de turno se haga cargo de la situación, con la excusa de “pobrecillos”, son sus ahorros y qué culpa tienen ellos si realizaron una mala inversión y luego fueron engañados.
Vamos, que no importa que los bancos de inversión, otras entidades financieras o los inversores particulares no calculen correctamente los riesgos, pues siempre contarán con los bancos centrales —los rescatadores— para ayudarlos y salvarlos cuando cometan errores. Esto pone en crisis la relación “a mayor riesgo, mayores posibilidades de beneficio pero también de pérdidas”, pues ahí tendremos siempre a papá-banco central inyectando liquidez y eliminando la penalización del mercado a las inversiones fatalmente arriesgadas. Sin embargo, los rescatadores olvidan que con estas maniobras de resucitación se deteriora aún más la moneda. Por otra parte, estos rescates dan incentivos perversos que no hacen más que retroalimentar el problema, ya que estimulan nuevas apuestas de alegres inversores que se saben exentos de los castigos de los mercados. Quizás me embarque con mi amigo en su proyecto, no vaya a ser que nuestro Estado protector despierte de su sueño hipnótico y se quite el complejo de supermán dejando a su Louise Lane a merced del malvado mercado que le arrebate sus ahorros tan sabiamente invertidos.
Rocío Albert es profesora de Economía.
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