Alonso completó una meritoria actuación en su nuevo rol batallador y firmó el sexto mejor tiempo.
Cuatro victorias en cinco carreras para Ferrari. REUTERS |
Carlos Quirós
Madrid. La moderna Estambul es una ciudad que, por lustre y prodigalidad, se presta al establecimiento de grandes imperios. Allí fue donde Constantino situó la capital de su augusta construcción bizantina en el siglo IV, y allí ha sido donde, en otro orden de cosas, Ferrari ha confirmado su hegemonía automovilística.
Gracias a la estelar conducción de Felipe Massa, la escudería del equino rampante firmó en el Gran Premio de Turquía su cuarta victoria en las cinco carreras que van de Mundial. Salvo en la prueba inicial de Australia, en la que triunfó Hamilton, las citas de Fórmula 1 acontecidas hasta la fecha se han visto teñidas de rojo. Nombres alternos (Raikkonen en Malasia, Massa en Bahrein, Kimi en Montmeló y de nuevo el brasileño en Estambul) pero misma montura.
Con todo, la escudería italiana no pudo firmar su tercer doblete consecutivo, pues McLaren mostró puntería al clavar una de sus flechas plateadas en la diana del podio. Con una estrategia a tres paradas cuando el resto de los pilotos iban a dos, Lewis Hamilton quiso cuidar sus neumáticos con un repostaje de más y la estrategia le granjeó un gran segundo puesto.
Resultó una jornada, pues, repleta de grandes actuaciones al volante. Mérito extensible a Fernando Alonso, al que encontramos en la clasificación por detrás del cajón noble y de los dos BMW: sexto. Dos puntos más para él en su penosa andadura mundial.
Observando la botella desde un prisma optimista, se concluye que el asturiano pudo mantener a raya por fin al Red Bull de Mark Webber, al que no fue capaz de rebasar ni en Bahrein ni en Malasia. Tampoco en Barcelona.
Una gran salida y el pinchazo de Kovalainen, que le catapultaron desde la séptima a la cuarta posición, cimentaron un nuevo éxito de pilotaje del bicampeón. Una vez a las puertas del podio, el R28 no pudo aguantar el ritmo de Raikkonen y acabó sucumbiendo ante el empuje germano de Heidfeld.
Pese a las emociones inherentes a cada gran premio, la turca fue una carrera sin grandes sobresaltos, en la que la estrategia primó sobre la improvisación. Todos los cambios de cabeza se produjeron en boxes, salvo un espectacular adelantamiento de Hamilton a Massa, rebosante de agresividad y cólera, en la vuelta 23. Tampoco fue mala la pasada que Raikkonen brindó a Alonso poco después de la salida, aunque duela en el orgullo patrio. La nota accidentada la puso Fisichella, cuyas ilusiones y monoplaza quedaron destrozados en mil pedazos tras arrollar a Nakajima en la salida.
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