Amenaza su independencia fiscal. La incertidumbre mundial pondrá a prueba la resistencia del ‘tigre celta’
J. Socías
Ya es efectiva la dimisión del primer ministro irlandés, Bertie Ahern, la cabeza visible del milagro económico de Irlanda, un país que en tan sólo dos décadas, ha pasado de estar en el furgón de cola de Europa a ser el socio con el segundo PIB per cápita más alto de la UE, por detrás de Luxemburgo.
El tigre celta es hoy un modelo mundial de éxito económico, sobre todo para las economías de Europa del Este que ingresaron en el club comunitario en 2004. Los partidarios de la gran Europa identifican el modelo irlandés como paradigma de la bonanza europea, de las ventajas que tiene ser socio de la Unión Europea, que ha jugado un papel crucial en el desarrollo irlandés desde el ingreso del país en 1973.
Desde mediados de los años 80, Ahern ocupó las importantes carteras de Trabajo y Economía y ha sido jefe del Gobierno irlandés. Ahora abandona por un escándalo de corrupción urbanística que difícilmente empañará sus logros económicos y políticos, entre los que se encuentra la firma de la paz en Irlanda del Norte, hace ahora diez años. Ahern se marcha, pero no está tranquilo. Y es que es consciente de que deja una importante patata caliente a sus sucesores.
Presiones francesas
La previsible entrada en vigor del Tratado de Lisboa en 2009 –que todavía debe ser ratificado por buena parte de los 27– amenaza con poner trabas a la boyante economía celta, que debido a su gran dependencia del sector exterior, también tendrá que enfrentarse a las turbulencias internacionales.
El próximo 12 de junio, Irlanda debe ratificar vía referéndum el Tratado de Lisboa, que, entre otras novedades, pretende implantar el impuesto de sociedades armonizado, una medida que Dublín rechaza con rotundidad porque afecta a una de las claves de su éxito. Durante casi dos décadas, el actual impuesto sobre las empresas —del 12,5%, uno de los más bajos de la UE— ha atraído a todo tipo de inversiones extranjeras, gracias, en parte, a ser más de la mitad del de los países desarrollados. Y es que la media del impuestos de sociedades de los 30 miembros de la OCDE es del 26,8%.
Así las cosas, Irlanda ha iniciado una dura batalla contra la medida, auspiciada sobre todo por Francia y Alemania. París, que asume la Presidencia de turno del Consejo de ministros de la UE el 1 de julio, ya ha anunciado que hará campaña a favor de la medida, que considera uno de los temas “más urgentes” en materia de fiscalidad europea.
Miedo al referéndum
El miedo al rechazo del próximo tratado europeo es tal que el propio presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, viajó recientemente a Dublín para dar fe de que el documento garantizará la independencia fiscal de Irlanda, que podrá mantener su propio impuesto de sociedades. “Cualquier decisión sobre asuntos de fiscalidad en la Unión Europea deberá ser tomada por uninimidad”, una condición que recoge el Tratado de Lisboa, recordó el jefe comunitario.
El temor a que la medida económica se lleve por delante la ratificación del Tratado de Lisboa es patente. En la mente de todos está el antecedente del Tratado de Niza –rechazado por los irlandeses en 2001, pero ratificado un año después en otro referéndum.
No sólo la ratificación del nuevo tratado preocupa en Irlanda. Los analistas advierten de que la situación de la economía mundial podría provocar un desplome del sector inmobiliario (otro de los pilares del crecimiento irlandés) y podría frenar la demanda mundial de sus exportaciones (un sector dominado por las multinacionales) y, en definitiva, poner fin a los años felices de crecimiento económico y de creación de empleo en la república irlandesa.
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