Cuatro líderes políticos bracean para recomponer unas fuerzas maltrechas tras los resultados del 9-M.
Gaspar Llamazares, coordinador general de Izquierda Unida. |
Mariano González
La noche del 9 de marzo pasado comenzó para el PP como una dulce derrota. Duró poco. Apenas tres meses después, su líder, Mariano Rajoy, está con el agua al cuello. A pesar de haber obtenido 401.829 votos más que en las elecciones de 2004, y seis diputados más, las consecuencias de no ver cumplidos sus planes de reconquistar La Moncloa se dejaron sentir muy pronto. Esperanza Aguirre le ha salido respondona. Tras hacer las paces con ella, los escuderos Zaplana y Acebes, postergados del viaje a no se sabe dónde, deciden abandonarle. Los cachorros de Madrid —siempre Madrid— exigen primarias para elegir candidato a presidente del PP y al Gobierno. Rajoy está sin discurso, e intentando recomponer su figura y el rumbo con la voluntariosa Soraya Sáenz en el grupo parlamentario.
Nacionalismo en crisis
En el PNV, la pérdida de 117.000 votos se ha llevado por delante lo que antes parecía un ejército en orden de batalla. Su presidente, Íñigo Urkullu, un día discrepa del lehendakari sobre el referéndum, al siguiente pone en duda la solidez del Gobierno tripartito y al otro da la razón a los dos. Las eleciones de marzo han confirmado que cunde la desconfianza entre los electores del PNV. Como solución busca desesperadamente que los socialistas le saquen del atolladero de sus ínfulas soberanistas, radicalizando más su posición. Zapatero, consciente de las discrepancias entre nacionalistas, aguarda para asestar un golpe definitivo en las elecciones anticipadas.
El panorama de Izquierda Unida se resume en esta frase: “En 1982, con Carrillo, cabíamos en un taxi. Ahora [con Llamazares] cabemos en una moto”. Lo dice Felipe Alcaraz, presidente ejecutivo del PCE, partido aletargado en IU. La coalición vio volar 321.000 votos; de cinco diputados, en 2004, ahora tiene dos. Gaspar Llamazares se halla al borde del abismo: sin proyecto, sin militancia detrás y con sus compañeros comunistas al acecho. La asamblea general de octubre es una incógnita. La pregunta es si una fuerza como IU, en una eterna búsqueda de enemigos capitalistas y adhesión inquebrantable a la Cuba de Castro, puede hacerse con un espacio electoral.
El vendaval electoral ha reducido a cenizas a los independentistas catalanes de Esquerra Republicana. Han perdido 355.723 votos, y cinco de sus ocho diputados. Carod Rovira, presidente de ERC, y Joan Puigcercós, secretario general, capitanean dos facciones. La división está garantizada. Al congreso de junio se presentan cuatro candidatos. Carod no figura en ninguna; Puigcercós, sí.
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