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12/05/2008 21:13   



“La mujer que aborta necesita reconciliarse con su hijo para sanar”

Julie Thomas y Kay Painter, promotoras de Operation Outcry, buscan testimonios en España para llegar al millón de relatos sobre la huella que deja en las mujeres el aborto voluntario.

“La mujer que aborta necesita reconciliarse con su hijo para sanar”
Thomas y Painter están en España hasta el 16 de mayo. AMANDA BARQUILLA

Santiago Mata

La morena Thomas y la rubia Painter vienen, respectivamente, de Georgia e Idaho. Del 28 de abril al 16 de mayo promueven en España una recogida de testimonios sobre el aborto que, bajo el nombre de Operación Protesta quiere llegar al millón de relatos sobre la huella que deja en las mujeres el aborto voluntario.

Ambas tardaron muchos años —24 y 16, para ser exactos— en reconocer que el aborto era la causa de sus males psicológicos. Reconocerlo, reconciliarse con el hijo perdido es, según afirman, imprescindible para sanar. Y el encuentro con miles de mujeres que han abortado, en diversos países, no ha hecho más que confirmárselo.

¿El aborto es un episodio que la mujer trata de borrar sin éxito?
Kay: Es cierto que se trata de borrar, pero es porque quienes te hacen el aborto te dicen que no pasa nada, que tu vida va a seguir normalmente al día siguiente. Yo tuve después tres hijos, y nadie te ayuda a desentrañar la causa de tus males; tienes que ser tú misma quien redescubra lo sucedido.

¿Por qué recoger testimonios?
Julie: Primero, porque para su propia salud, la mujer necesita contar su historia, necesita desahogarse. Nosotras hemos hablado con mujeres que abortaron en bastantes países, México, Israel, Rumanía... El aborto es igual en todas partes, la mujer siempre queda herida, y no se reconoce ese daño, de ahí esta protesta que quiere ser también un grito de desahogo.

¿Y por qué un millón?
Kay: Porque queremos llevar estos testimonios a la Corte Suprema de Estados Unidos. Mientras que un solo caso, el de Roe contra Wade, sirvió para legalizar el aborto y que el niño no nacido fuera considerado propiedad y asunto privado de su madre mientras no naciera, parece que hacer oír la realidad de lo que sufren las mujeres que abortan es mucho más difícil. Además, recogemos estos testimonios en muchos países porque pensamos que, del mismo modo que EEUU ha extendido el aborto, debemos ser nosotras las que consigamos que en todo el mundo se vuelva a respetar el derecho de las mujeres.

¿Pretenden que se reconozca el derecho a la vida del no nacido?
Julie: La ciencia nos dice que el no nacido es un ser humano como nosotros y por lo tanto matarlo por decisión de otra persona no es justo. Pero sería inútil ilegalizar el aborto si antes no cambiamos los corazones. Nos dirigimos por eso ante todo a las mujeres que han abortado porque el daño que han sufrido no se puede reparar si no se reconcilian con su hijo. Sólo dirigiéndose a él, se puede redimir la propia culpa y alcanzar la paz. Hay pequeñas iniciativas simpáticas que ayudan a hacerlo, como la de estos zapatos que nos regalan mujeres que han abortado, adjuntando a ellos una carta en la que dicen a sus hijos que les quieren y les echan de menos. Son mensajes que ayudan a otras mujeres sobre su propio aborto.

¿Es todo cosa de mujeres, qué pasa con el hombre?
Kay: Una de las mayores injusticias del aborto es que el padre no tiene modo de evitar la muerte de su hijo, no tiene ningún derecho sobre él. Eso no significa que él no vaya a sufrir también el síndrome post aborto. Aunque su papel parezca de mero espectador, en la mayor parte de los casos es decisivo: la mujer no aborta si se siente apoyada o, dicho de otro modo, si no se siente presionada hacia el aborto.

El aborto como drama humano siempre ha existido; pero ¿a qué se debe su actual extensión?
Julie: Al dinero, a las enormes sumas que ganan los abortistas. En ocasiones se trata de disfrazar como promoción de derechos de la mujer, pero es un negocio, nada más. Por eso ha adquirido dimensiones industriales.

¿Luchan ustedes con dinero frente a esa industria?
Kay: No, de nuestro lado está la ciencia... y la conciencia. La ciencia, a pesar de saber que hablamos de un ser humano, puede verse atraída por los beneficios del aborto y del tráfico de órganos. Por eso hace falta también conciencia.

 




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