Petra, nueva maravilla del mundo, es la gran joya del reino de Abdullah II, un paraíso terrenal forjado por el sol y acunado por los rezos musulmanes
S. Gimeno / B. Sánchez. Morada de beduinos y aventureros, Jordania le transporta a un entorno salpicado de citas bíblicas, episodios de 35 milímetros y leyendas románticas. A pesar de encontrarse rodeado de numerosos conflictos abiertos, el reino de Abdullah II ofrece al visitante una tranquila hospitalidad que reconforta.Persas y griegos fueron los primeros en dejar su impronta en la tierra que dio bautismo a Jesús de Nazaret, pero no fue hasta la llegada de nabateos y romanos cuando se perfilaron los orígenes de este país mágico. La ciudad perdida de Petra, nombrada recientemente como una de las nuevas siete maravillas del mundo, es el principal reclamo del país. Fue construida a cincel y martillo por la tribu nómada de los nabateos hace más de 2.000 años. Su peculiar localización, en un valle casi inexpugnable, y la majestuosidad de su arquitectura la convierten en un enclave sorprendente. Para acceder al interior del recinto se debe atravesar una angosta grieta de un kilómetro de longitud —los autóctonos la conocen como Siq— que desemboca en el Templo del Tesoro o Al-Khazneh, inmortalizado por el director de cine Steven Spielberg en la hasta ahora última entrega de Indiana Jones. Los estudiosos no se ponen de acuerdo, ya que no se conoce con exactitud la finalidad de este espacio de 40 por 28 metros. La hipótesis más aceptada sigue siendo la de sepulcro real. El conjunto monumental de Petra se cifra, hasta la fecha, en más de 800 descubrimientos. Entre ellos destaca por su espectacularidad y dimensiones El Monasterio, una tumba de obligada peregrinación que se encuentra situada en lo alto del Valle. Apuestas infantiles La ascensión podrá resultar ardua para el común de los mortales, pero la vista final hará que merezca la pena. Los más perezosos pueden recurrir a la ayuda de burros para salvar la cuesta a cambio de unos pocos dinares, la moneda local. Astutos niños, que en sus horas de descanso hacen apuestas entre ellos para ganar un dinero extra con carreras de caballos —son los amos y señores de este negocio —también venden piedras con dibujos en los alrededores. Es recomendable dedicar uno o dos días en la visita para poder exprimir todo su potencial. Para que la experiencia sea aún más sugestiva y gratificante, habrá que despertar de madrugada —7 u 8 de la mañana— para acceder al recinto sin la incómoda presencia, al menos durante unas horas, de cientos de turistas.Sin duda, otro de los extraordinarios rincones de Jordania es el mar Muerto, ahora en vías de extinción. Esta maravilla de la naturaleza está considerada el punto más bajo de la Tierra, a 409 metros por debajo del nivel del mar. El 30% de concentración en sal que posee, siete veces más que cualquier océano del mundo, hace que los cuerpos de sus visitantes floten sin el menor esfuerzo, y que ningún ser vivo, excepto algunas bacterias, sobrevivan en él.La acrópolis romana de Jerash, al noroeste del país, sacia al turista de inquietudes y conocimientos arquitectónicos. Teatros, hipódromos, templos y hasta música de ambiente inundan este árido paraje que, a pesar de su indudable trascendencia histórica, puede resultar algo monótono. Incluso los funcionarios parecen adormilados por el hastío diario y adoptan cualidades felinas, como descansar en la sombra en manada para protegerse del asfixiante calor.El viento marino, extraño en la mayor parte del país, ya delata la naturaleza portuaria de Acqaba, otro de los míticos destinos de Jordania. Su importancia radica en que es una de las entradas naturales al comercio con el exterior. El coral del mar Rojo, protegido por las autoridades y codiciado por las gentes, es el principal atractivo de los buceadores, muy presentes en la zona.Algunos se jactan incluso de sumergirse hasta varios metros de profundidad sin la ayuda de bombonas de oxígeno para poder admirarlo. Es aquí donde los países vecinos de Israel y Egipto dejan de ser espejismos fronterizos para convertirse en una realidad, y donde tanques y otros cadáveres metálicos, anquilosados en un período de guerras, reposan en el fondo del agua.Despertar de los sentidos En Ammán, la capital de Jordania, intensos olores de frutos secos —la gente los toca, los huele y los prueba en los puestos callejeros— se cuelan inéditos por la nariz del turista primerizo, al igual que el humo provocado por los embotellamientos. Pero el olfato no es el único sentido que se excita en el centro neurálgico de la dinastía hachemí. Los rezos musulmanes, como nanas ininteligibles, mecen el oído del viajero y lo contagian de un sentimiento patrio. Éste adquiere más fuerza al observar la inmensa bandera de la revuelta árabe de 1917 —mide 60 metros de ancho por 30 de alto—, seña colosal y primigenia que aparece a lo alto de un vigoroso mástil de 126,8 metros de altura.Un poco más al sur, en Madaba, merece la pena visitar la iglesia de San Jorge, con un mapa de Palestina en mosaico de dos millones de teselas de colores.Y de vuelta a Acqaba, más al este, aparece en el horizonte el desierto del Wadi Rum, una playa inmensa de arena cobriza, tierra adoptiva del famoso Lawrence de Arabia. Sus aventuras, episodios de espionaje incluidos, quedarán ligadas eternamente al destino del pueblo beduino, tierra con dos clases de hombres según el militar y escritor británico: “Aquellos que duermen y sueñan de noche, y aquellos que sueñan despiertos y de día y que no cederán hasta ver sus sueños convertidos en realidad”.
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