Los despistes en el Ramón y Cajal provocan el pánico de algunos enfermos abocados a dormir con moribundos.
Un corpulento celador empuja una camilla en la que yace un paciente recién fallecido. NYT |
A. Martín-Aragón
Murió en la cama de un hospital. Como muchas personas. Era viejo y enfermo. Y estaba solo. El cáncer le tenía casi consumido. Era una colilla con manos y pies. Prefirió pasar el trámite de la muerte en una clínica. Agustín, ingresado por un problema de columna vertebral y de médula, le vio exhalar el último aliento. Un grito desgarrador resonó entre las cuatros paredes color melón. El cuerpo exhausto del paciente, tras sufrir un par de convulsiones, quedó estático, rígido. Así de rápido se muere un hombre.
El vivo y el muerto compartían una pequeña habitación en el Ramón y Cajal. Una enfermera entró a los cinco minutos para cubrir el rostro del cadáver con la lechosa sábana. La luz del crepúsculo flotaba en el aire como el aliento ígneo de un demonio. La enfermera, como si hubiera verificado el fallecimiento de una tortuga tuberculosa, abandonó la habitación tranquilamente. Agustín giró la cabeza y posó la mirada en la sábana. “Pese a no ver la cara a mi compañero de cuarto —relata—, sentí un escalofrío de pánico. ¿Y si de repente las manos del muerto asomaban por el borde la sábana y su cara pálida?”. El vivo empezó a tener miedo del muerto. La oscuridad se iba espesando. Agustín trató de tranquilizarse. “El sentido común te dice que un muerto no debería estar más de diez minutos en la cama de un hospital, máxime cuando a metro y medio, en otra cama, yace un enfermo”. Lo que parecía improbable sucedió. Transcurrió más de una hora y media, pero el cadáver seguía tendido en el mismo sitio. El personal del hospital se había olvidado de él. Agustín se despeñó por los abismos de una crisis nerviosa. Empezó a chillar como un comanche herido. La misma enfermera de antes entró en el cuarto y encendió la luz.
—¿Qué le pasa? –preguntó con el ceño fruncido, molesta por el escándalo.
–Hagan el favor de llevarse a este hombre. Ha muerto hace más de una hora y le han dejado aquí.
La enfermera miró la cama en que yacía el cadáver y se llevó las manos a la nuca.
–¿Aún no han venido a llevárselo? —exclamó con sorpresa. —Volveré a avisar para que lo quiten de aquí.
Agustín se quedó solo. O acompañado. Según se mire. Una hora después, un grupo de enfermeros sacaba al muerto de la habitación. El vivo respiró. Pero era preso de una agitación de mutante. Como él, otros enfermos ingresados en el mismo hospital han denunciado que los empleados de la clínica tardan demasiado tiempo en retirar a los muertos de las habitaciones. El hospital ni lo niega ni lo afirma. No sabe, no contesta. Algunos pacientes no le dan importancia a estos despistes del hospital. A otros, sin embargo, les recuerdan que correrán fúnebre suerte.
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