Ete tercer Estado nacía de los ideales de un nacionalismo laico, el sionismo.
David Ben Gurión fue el primer inistro de Israel. |
Antonio Rubio
El 14 de mayo de 1948 era la víspera de la fecha puesta por los británicos para la finalización del mandato que la Sociedad de Naciones les otorgara en Palestina casi tres décadas atrás. Fue el momento de la declaración de la independencia del Estado de Israel, continuador de dos entidades políticas desaparecidas respectivamente en el 586 a.C., con la destrucción de Jerusalén por el babilonio Nabucodonosor, y en el 70 d.C., cuando la Ciudad Santa fue arrasada por las legiones romanas de Vespasiano y Tito. Este tercer Estado nacía, sin embargo, de los ideales de un nacionalismo laico, el sionismo, que a finales del siglo XIX presentaba el retorno a Palestina como una solución a las persecuciones antisemitas, recrudecidas no sólo al este de Europa, sino también en la Francia del affaire Dreyfuss. Desde el congreso sionista de Basilea (1897) al nacimiento del Estado de Israel pasaría medio siglo de intensos acontecimientos, marcados por un continuo flujo migratorio de los judíos a la tierra de sus antepasados. Pero como es sabido, el problema se planteó desde los inicios por la existencia de la población árabe secularmente establecida en Palestina, y ni siquiera la resolución 181 de la Asamblea General de la ONU, de 29 de noviembre de 1947, que establecía la partición del territorio sería capaz de evitar un conflicto permanente que salpicaría a todo Oriente Medio.
El texto de la Declaración de independencia fue revisado cuidadosamente por sus redactores. El futuro primer ministro, David Ben Gurion, se opuso, por ejemplo, a que las fronteras fueran fijadas en los límites establecidos por la ONU, por el simple hecho de que los árabes se disponían a atacar al nuevo Estado. Una guerra victoriosa para los israelíes sobrepasaría esas fronteras, pero tampoco se quiso incluir en el texto que se buscaba recuperar los límites históricos. Tampoco triunfó la inclusión de una referencia directa al “Dios de Israel”, dado el carácter secular del sionismo, y tampoco se hizo uso de los nombres de Sión y de Judea. Israel sería el nombre definitivo, apoyado por Ben Gurión, quien consiguió que el hebreo fuese declarado idioma oficial.
Sesenta años después no puede calificarse de un aniversario satisfactorio. Lo recordaba el ex ministro de Exteriores, Shlomo Ben Amí: Israel nació en una guerra y ha vivido gracias a la espada. Su desafío más grande para el futuro es cambiar su estrategia. Pero el horizonte parece sombrío: ni siquiera el nacimiento de un Estado palestino garantizaría el final del conflicto.
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