El Zenit es favorito en la Uefa ante el Rangers, y el Chelsea de Abramovich se juega la Champions League en Moscú.
El Zenit de San Petersburgo celebra el triunfo por 4-0 ante el Bayern de Múnich. |
Luis Rivas
Madrid. Las democracias dudosas, hijas bastardas de las dictaduras, se mueven como nadie en el alambre de las pasiones. La gélida madre Rusia no es una excepción. Putin, que conoce mejor que nadie Siberia, no ignora los beneficios que se pueden obtener para la causa atizando la hoguera del sentimiento y patriotismo de sus ciudadanos. El fútbol, circo del nuevo milenio, es el mejor escenario posible para la iconografía. Ahí están, paseando por los campos y despachos de Europa, a partes iguales, el Zenit y el capitalista del Este Roman Abramovich. Ambos jugarán finales europeas. Hoy, los de San Petersburgo ante el Glasgow Rangers en la Uefa. Dentro de una semana, los Chelsea blues del magnate se juegan la Champions ante el Manchester United de la pujanza estadounidense reflejada en su propietario, Malcolm Glazer.
Nacido de la metalurgia
Los obreros soviéticos de la metalurgia fundaron el Zenit en 1925 como el solidario equipo solidario de la Fábrica de Leningrado. No tardaría en hacerse terrenal el sueño, y la escuadra pasó a denominarse Stalinets en honor al dictador soviético.
La connivencia con el poder se tradujo en escasos títulos y menor gloria, la que acompaña a quienes intentan atajar a través del sendero del servilismo. Sirva como excepción a la regla la Copa de la URSS conquistada en 1944, aprovechando el desconcierto de las balas y con el actual nombre de Zenit presidiendo ya la cartilla de bautismo. Cuatro años después del cambio en la denominación, el conjunto industrial lograba la hazaña de dejar sin trofeos a los equipos moscovitas.
La liga de la URSS conquistada en 1984 acompañada de su correspondiente Supercopa, así como la copa rusa de 1999 son meras anécdotas que preparan la unión, una vez más, del equipo y el poder político en 2005.
Pero en esta ocasión, la mano será afortunada. La Rusia de Putin no tiene las luchas internas de la URSS y la compra por parte del Estado, a través del gigante energético Gazprom, del 51% del club a cambio de 28 millones de euros, supuso el despegue definitivo para un conjunto que nació como el tesoro de una fábrica y que ahora une a los 11 jugadores con los 300.000 trabajadores de la energética y los 140 millones de habitantes de todo el país. Pura propaganda y populismo.
Un año después, el Zenit de San Petersburgo invertía 41 millones de euros en una plantilla de garantías a las órdenes del contrastado técnico holandés Dick Advocaat. De esta forma, aterrizaba en la ciudad rusa el ucraniano Anatoliy Tymoschuk a cambio de 14,5 millones de euros, una marca sin precedentes. El mismo año, el Zenit decidió aumentar hasta los dos millones de euros el salario de su jugador estrella, el canterano Andrei Arshavin, estableciendo la meritocracia en plena cuna del comunismo.
Corazón escocés
El poderío del Este desfilará esta noche en el Teatro de los Sueños de Manchester ante el Glasgow Rangers, que intentará combatir las armas técnicas y económicas de su rival con el corazón escocés y el apoyo incondicional de sus seguidores.
El conjunto protestante (la mitad católica de la ciudad de Glasgow apoya en masa al Celtic) es uno de los equipos más laureados del mundo, con más de 100 entorchados, y fue uno de los primeros en superar la barrera de las 50 ligas, un hito al que hay que aplicar el factor de corrección de la endeble Premier League escocesa.
Como aliciente para el encuentro, la afición española podrá encontrar al defensa Carlos Cuéllar (designado mejor jugador de la liga escocesa) y al delantero Nacho Novo en las filas del Rangers.
Si, como todo parece indicar, el Zenit gana esta noche la Uefa, el Chelsea de Roman Abramovich podría completar en Moscú, precisamente, una temporada histórica para los intereses rusos en el fútbol. Curiosamente, el mecenas de los blues fue accionista mayoritario de Sibneft, una compañía petrolera que fue adquirida por Gazprom en septiembre de 2005. Democracias dudosas, mismos perros con distinto collar.
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