Columna de
FranciscoCabrillo
El revendedor desempeña el papel de 'broker' que elimina el exceso de demanda elevando los precios.
Francisco Cabrillo
Los economistas siempre hemos sentido una especial predilección por aquellos mercados de características particulares en los que el equilibrio se alcanza con precios alejados del nivel que se considera normal. Por ejemplo, aquel mercado que ajusta el precio de una entrada de reventa para ver una corrida de toros —con José Tomás de figura— por 1.200 euros, cuando su precio en taquilla era de 47,70 euros.
Saber cómo es posible multiplicar el valor original por 25 en sólo unos días es una cuestión muy interesante. Dos son, al menos, los problemas que se plantean en este caso. El primero explicar por qué alguien está dispuesto a pagar tal cantidad de dinero por ver un espectáculo; pero es éste un asunto de mayor relevancia para los psicólogos que para los economistas, que entendemos que alguien esté dispuesto a prescindir del sueldo medio de un mes por ver al torero de moda, por raro que esto pueda parecer a quienes no son ni economistas ni aficionados a la fiesta nacional.
Es bien sabido que, en casos en los que la demanda es muy intensa y la oferta es rígida o, incluso, tiene una dimensión fija, el vendedor puede elevar el precio hasta la cifra máxima que el comprador más ansioso ofrezca. La pregunta es ¿por qué la empresa permite que sea el revendedor quien se apropie de casi todo el beneficio? ¿Por qué la empresa no intenta aprovechar el atractivo que tiene el producto que ella misma ofrece y establece un precio inicial de venta mucho más alto? En condiciones ideales, el concesionario de la plaza debería tratar de cobrar a cada cliente la cantidad máxima que éste se encuentre dispuesto a pagar, de forma similar a como lo hacen muchas empresas que siguen políticas de discriminación de precios; las compañías de transporte aéreo o los hoteles, por poner sólo un par de ejemplos. O, en el mercado de los espectáculos, como hacen los revendedores, que modifican sus precios en función de las expectativas de venta que tengan en cada momento. Pero quienes ofrecen corridas de toros suelen fijar sus precios en un marco legal regulado; por ejemplo, las tarifas no son libres, sino que se establecen dentro de unos límites fijados a la empresa concesionaria por el ente público propietario de la plaza. Y los concesionarios tienen muchos más problemas para ajustarse a los cambios del mercado que quienes actúan en la economía sumergida. El resultado es que siempre surge alguien dispuesto a aprovechar esta rigidez legal u organizativa que reduce de forma sustancial las posibilidades de beneficio de la empresa.
El revendedor desempeña en esta historia el papel de broker que elimina el exceso de demanda elevando los precios. Si esta figura no existiera, el ajuste se realizaría mediante costes de transacción muy elevados; por ejemplo, pasar la noche haciendo cola para anticiparse a los demás potenciales compradores. Es posible que la figura del revendedor resulte poco simpática. Pero no parece que, para la economía, sea más ineficiente que los sistemas alternativos de racionamiento.
Y, gracias a internet, hoy todos los propietarios de una entrada pueden convertirse en revendedores y hacer que la plaza se llene de aquellas personas que esperan obtener de la corrida una utilidad tan alta como para pagar tanto dinero por una entrada para los toros.
Francisco Cabrillo es catedrátco de Economía.
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