No cabe el centrismo moral, que consiste en buscar un punto intermedio entre el bien y el mal
Zapatero dice ser capaz de sacarnos del pozo al que nos ha arrojado. |
En este periodo descaradamente preelectoral, la política española se ve sometida a una constante fuerza centrípeta. Estamos de enhorabuena, porque los extremos son de entrada algo poco recomendable. Ser extremista en política resulta más bien ridículo, porque lo propio de esta actividad humana no es tanto la coherencia sin fisuras como el acierto logrado con flexibilidad. Según decía Aristóteles, es tan inadecuado pedirle exactitud al político como demandar capacidad de convicción al matemático. Y Ortega lamentaba que los hispanos nos tomáramos tan a pecho la política que, al fin y al cabo, es un aspecto adjetivo y superficial de la vida. En cuestiones metafísicas, lo serio es ser esencialista; pero en temas sociales, el esencialismo equivale a matar moscas a cañonazos. El centro es mejor que la izquierda extrema o la derecha recalcitrante. Pero ni siquiera de algo tan recomendable como el centro procede ser maniático. Porque entonces comienza a imperar una moderación que tiene más que ver con las formas que con el fondo. Y aparece el relativismo, que es una especie de estética del equilibrio, una tibieza propia de la burguesía, la cual siempre ha tendido a guardar las apariencias desentendiéndose de las realidades. Y eso les acontece a nuestros políticos en sazón preelectoral: que quieren parecer lo que no son.
Tal es claramente el caso de Rodríguez Zapatero. Después de crear él mismo problemas innecesarios y estrambóticos, motivados por su insensato apasionamiento, ahora se presenta como quien es capaz de sacarnos del pozo al que nos ha arrojado. La cosa no es para tanto —viene a decir—, aquí no ha pasado nada, pelillos a la mar. Pero, desgraciadamente, sí que han ocurrido muchas cosas. Entre otras, el presidente ha contribuido al deterioro ético de esta sociedad, con leyes enemigas de la institución familiar, de la que ahora se presenta como benéfico protector. Para pasar a la historia como solucionador del problema vasco, ha agudizado el problema catalán y el gallego, desatando un carrusel centrífugo que ni él mismo va a ser capaz de moderar, si es que tenemos la desgracia de que presida otra legislatura. Respecto al terrorismo, queda bien claro que Zapatero se ha equivocado de manera palmaria y ahora está procurando rectificar a toda prisa, con disparos como música de fondo.
No cabe negar que los conservadores han sido más equilibrados. Pero también se les ha ido la mano al apurar las sospechas conspiratorias respecto al 11-M, cuando ya se veía claramente que la historia no daba para más y que el lado oscuro de la matanza no era fácil de desvelar. Sus proclamas antinacionalistas apuntan en la buena dirección, mas no han conseguido evitar tonos demasiado agudos y destemplados que han convertido su discurso en algo ingrato de oír y difícil de acoger, sobre todo porque contenía más descalificaciones que soluciones. Se han desentendido casi por completo de la educación y de la cultura, y éste es un fallo de fondo que continúan sin percibir. En cuanto a la economía, siguen en sus trece del neoliberalismo curalotodo, aunque no han tenido más remedio que anunciar medidas de protección de los menos favorecidos, que son de elemental justicia.
La mentalidad de centro no es sólo una actitud templada, que huye de las exageraciones. Ésa es una cuestión de estilo que hoy resulta una condición necesaria de tipo retórico, pero no es una condición suficiente para lograr eficacia en el gobierno. Por de pronto, hay terrenos en los que las medias tintas no son admisibles. Tal es el caso de la ética pública y de los derechos humanos. El tema más claro —patente ahora hasta para los que no quieren verlo— es el del aborto. Ningún candidato se atreverá a hablar claramente de lo que constituye un verdadero escándalo de alcance internacional. Tampoco osará nadie abordar la cuestión de cuáles son las causas profundas de la violencia de género, que sigue aumentando cuando los remedios que se le dan no tocan la raíz del problema. En éstas y en otras cuestiones graves de ética social no cabe el centrismo moral, que consiste en algo así como buscar un punto intermedio entre el bien y el mal.
Hoy día, en la sociedad del conocimiento, el centro no es sólo un concepto posicional. Es una nueva manera de pensar, que está a la altura de nuestro tiempo y se aleja instintivamente de lo sobado y rancio. Ser ahora centrista consiste en ir al meollo de las cosas y adoptar soluciones innovadoras y realistas, dejando a un lado lo meramente pasional o decorativo. Quien quiera ser auténticamente moderado ha de dejarse de tópicos propios de lo ideológicamente ortodoxo y lo políticamente correcto. Estamos ante una nueva galaxia social y no valen las soluciones empaquetadas. Por recordar el final de El Quijote, en los nidos de hogaño ya no están los pájaros de antaño. Lo central, donde concurren los hallazgos y las soluciones, es lo nuevo.
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