Una exposición muestra la eclosión artística de la ciudad en el siglo XVII.
Ángel Peña
Época de transición, tiempos de esplendor. Nápoles, hoy tristemente sepultada por la basura y la negligencia política, vivió en el siglo XVII su edad de oro. Un siglo después, asentada tanta belleza, de aquella ciudad luminosa llegó Carlos III a Madrid. Cuentan las crónicas que el monarca, acostumbrado a la civilización de las calles napolitanas, quedó espantado por la costumbre castiza de arrojar por balcones y ventanas las inmundicias al grito de "¡Agua va!". Tal fue el desagrado, que decidió reformar la capital de su gran pero poco higiénico imperio.
La exposición Seicento napoletano. Del naturalismo al barroco, que organiza la Fundación Banco Santander Hispano en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Alcalá 13, Madrid), muestra desde hoy y hasta el 13 de julio el origen de esta paradoja con una gran selección de más de 50 obras representativas de la pintura napolitana del siglo XVII.
Por si quedaban dudas del travieso carácter de la historia, el comisario de la exposición, Nicola Espinosa, explicó que la clave común de estos cuadros es el contraste de luces y sombras. Él se refería, claro, al magistral empleo de la técnica del claroscuro, pero el superlativo espíritu de la Italia meridional impone la metáfora.
En la muestra, realizada en colaboración con la embajada italiana, se dan cita los creadores napolitanos más relevantes, que forman parte ya de la iconografía de la pintura universal, como el español afincado en el virreinato napolitano José Ribera o los italianos Gentileschi, Lucas Giordano o Caracciolo, que dieron a la pintura una calidad, una riqueza de contrastes y una variedad de temáticas tal que la convirtieron en verdaderos documentos para el presente. Pero también hay nombres menos conocidos pero que constituyeron una legión de maestros y cubrieron con sus encargos buena parte de los gustos de las cortes de España, el Virreinato y media Europa.
La exposición, que arranca con un intenso Ecce homo de Caracciolo, plantea la evolución desde el naturalismo hasta la liberación del barroco. Conviven la quietud de escenas silenciosas con el clasicismo más sosegado, la monumentalidad de arriesgadas composiciones con la intimidad y el detalle de las naturalezas muertas.
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