La huida de los guardianes de las esencias ‘populares’, como Acebes o San Gil, merma el liderazgo de un jefe moribundo.
A. Martín-Aragón
Madrid. Hay que ser muy valiente o muy idiota para presidir el PP en los momentos actuales. El partido se precipita sin remedio al suelo como un helicóptero averiado en la cola. El piloto, para alivio (o regocijo) de sus competidores, no logra hacerse con los mandos del aparato. Lo peor es que gran parte de la tripulación ha dejado al barbado comandante solo. Mariano Rajoy pide tranquilidad a los pocos que todavía confían en sus dotes para la acción. Pero es demasiado tarde. La histeria ha cundido entre los viajeros. Prestigiosos tripulantes, como Ángel Acebes, Eduardo Zaplana y María San Gil, han saltado del pajarraco genovés. “¿Queda algún paracaídas?”. Es la pregunta que se hacen algunos de los populares que no desean sucumbir junto al líder. Los más listos. O los más cobardes. Consigna: ahórrate la colisión y únete a alguien que vuele por cielos más claros. Habrá más escaqueos en los próximos días, según fuentes de la formación.
No estaba acabado
Alguien, desde la torre de control (el nido de conspiradores), está animando a los ocupantes del helicóptero a despedirse del apurado piloto y saltar a espacios más respirables. En los mentideros del PP se señala a Jaime Mayor Oreja como responsable y puntual impulsor de este goteo de deserciones. Oreja, mentor político de San Gil y representante de una línea esencialista muy consonante con el ideario duro de Acebes y Zaplana, se está resarciendo por todas las humillaciones recibidas en el pasado. Tras fracasar en su tentativa de sustituir a José María Aznar, fue degradado, desterrado a Bruselas y tildado de ídolo caído. O de cosas peores. “Está acabado”, comentaban hace meses algunos dirigentes. Arriba es abajo. Lo blanco es negro. La oreja sorda de repente oye hasta el estornudo de un duende. Los muertos resucitan. Todo es posible en Genova City.
Ahora ha llegado el momento de Mayor Oreja. No quiere vengarse. Pero tampoco va a ayudar a Rajoy a que el aterrizaje del autogiro popular resulte lo más suave posible. Sabedor del generalizado descontento que ha provocado la decisión de Rajoy de controlar y dirigir la renovación del partido, el eurodiputado, quien repta oculto en el claroscuro que presta el haber estado medio olvidado, se encarga de canalizar parte de las diferentes corrientes críticas de la formación conservadora. Con ellas no pretende más que conformar una suerte de inapelable tifón de rechazo al actual jefe de las gaviotas. La punta del huracán es San Gil, símbolo de la españolidad en una Euskadi cada vez más extraviada. San Gil ha reventado la paciencia de Rajoy con su negativa a firmar la Ponencia Política del partido para la cita congresual de Valencia. No es una cualquiera. Encarna la dignidad, el valor, el pundonor. También la terquedad. Pero en su caso, la terquedad es una virtud necesaria. Contradecir a la donostiarra no es buen negocio. Constituye una traición a todos los que resisten heroicamente en un territorio tomado por el fanatismo abertzale.
San Gil y Oreja respetan a Rajoy. Incluso le guardan un gran aprecio. Y no es ironía. Pero no le ven capacitado para reflotar un proyecto político cuyo basamento lo componen principios y valores, no lemas oportunistas y eslóganes improvisados al arropo de una floresta en Doñana. Sin principios ni valores, el PP es un cocodrilo sin colmillos. Así piensan los vascos citados, quienes no desean un PP desprovisto de su esencia doctrinal. Renunciar a parte de ella con fines electorales, como proponen algunos asesores de Rajoy (Lasalle o Arriola), sería una forma de dar la razón al PSOE y al resto de grupos comparsas. Partidos que han condenado al ostracismo al PP por defender sin remilgos la Constitución y la unidad de España. “¿Por qué hay que dar ahora marcha atrás si el mensaje es honesto y noble? Se reirían de nosotros y perderíamos la autoridad moral que hemos ganado”, comentaba San Gil una tarde ante algunas de sus personas de confianza. Muchos interpretan la marcha de Acebes y Zaplana, portavoces de ese mensaje quintaesenciado e inquebrantable, como una consecuencia del incipiente desarme moral e ideológico del nuevo PP, supuestamente acomplejado por defender las causas perdidas e hipotéticamente afanado por transmitir una imagen de grupo más simpático y flexible.
Amputar lo añejo
Esto no significa que Rajoy ya no crea en lo que ha venido defendiendo durante los últimos cuatro años. Rajoy no es una veleta. Sólo lo aparenta. Sin embargo, parece haber dado el visto bueno para que sus asesores amputen los órganos menos atractivos y vistosos del partido, aquéllos que alimentan la leyenda negra del PP. Tal amputación comportaría prescindir de varios rostros. Entre ellos, el de la presidenta del PP vasco. San Gil, pues, se ha visto amenazada. Algunos quieren acabar con ella. Pero ella ha tomado la iniciativa. La mejor defensa es un buen ataque. Rajoy está intentando recular asegurando que el PP no llevará al chatarrero su inveterado arsenal ideológico. Ya es tarde. No le creen. Se han unido contra él algunos populares que parecían tragar con todo o que daban la impresión de haber muerto políticamente. Rajoy no es un idiota ni un valiente. Es simplemente un piloto mal entrenado. Y mal aconsejado.
Quienes somos | Contacte con nosotros | Aviso legal | Publicidad | Mapa
© Grupo Negocios Sepúlveda 7b - 28108 Alcobendas-Madrid. España - Tel: 91 432 76 00 - Fax: 91 432 77 65