Sánzhez Dragó publica un nuevo ensayo, "Y si habla mal de España… es español".
Jaime Noguera
Como un videojuego feroz, logaritmo, función, exponente al que hay que elevar la tensión para que nos dé el valor de la España actual.
No hay cinismo: valor, no precio. Atrapado el lector entre citas, desgarros, olores, llantos, sinsabores, oremus perdidos. Fatal; de destino. Estigio. Espléndido.
Iconoclasta más que heterodoxo, Sánchez Dragó se levanta, mira por encima de las gafas a media asta, inspira profundo y sonoro y vomita su cabreo, un cabreo monstruo y total.
Un cabreo coherente con su Historia Mágica —qué se le va a hacer, yo leí el que mi madre compró de la edición de Hiperión—, la que me atrajera de chavalín, y se lame las heridas para llamarse “Nadie”. Y, en el fondo, de lo más parecido al “Ser español” de Don Julián. Cosas veredes.
Un libro que te envenena y carcome y te lanza como una peonza a rodar y taladrar con el pitón metálico de su base. ¡Qué ilusión la no cita de Manuel Machado! Porque la obra entera es llaga, luz, destierro y quemazón. Un pero: correctores, haced vuestro trabajo (p. 30).
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