AUNQUE tanto desde el Gobierno vasco como desde la Moncloa se intenta transmitir la impresión de que la visita de Ibarretxe a Madrid, para celebrar una entrevista con Zapatero, es un trámite instrascendente, algo así como un obligado ejercicio de cortesía por parte del presidente del Gobierno hacia el responsable de una Autonomía, la realidad es que esta cita es fruto de una provocación y una muestra de debilidad. El lehendakari ha hecho de este encuentro el primer paso en su tenaz carrera hacia un referéndum consultivo a los vascos sobre el futuro de su Comunidad. Algo que el Gobierno no debería haber aceptado de ninguna manera.
Sin embargo, la proximidad de las elecciones generales y la inminente discusión de los Presupuestos, a los que el PNV ya ha anunciado su apoyo particular, han obligado a Zapatero a hacer alarde, una vez más, de ambigüedad y a desoír, por supuesto, el consejo de la oposición de mostrarse tajante con el viajero vasco. Había diversas razones para ello. La primera, por supuesto, que un referéndum como el que Juan José Ibarretxe propone para el año próximo es una ilegalidad flagrante. Es como si alguien se presentara a una autoridad advirtiéndole de que va a cometer un delito, y le pregunta qué le parece. Lo oportuno es no escuchar mensajes de ese tipo, y, en cualquier caso, rechazarlos de antemano. Zapatero le va a decir a Ibarretxe que primero tiene que ponerse de acuerdo con los vascos. Es, verdaderamente, una recomendación insuficiente, que busca ganar tiempo y no complicarse este tormentoso final de Legislatura con unos aliados presupuestarios enfadados más de la cuenta.
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