La reducción de la violencia no ha traído reconciliación política, el Irak post-Sadam está minado por la brecha entre chiíes y suníes.
Una mujer pasa junto al lugar de Bagdad en el que un coche bomba ha matado a varios civiles. |
Una media de 10 horas de electricidad al día, más teléfonos móviles y ordenadores que nunca. Éstas son algunas de las cifras del Irak post-Sadam Husein. Cien muertos al día. Esta es otra. Cinco años después del inicio de la guerra, ¿en qué situación se encuentra el país árabe? La violencia ha caído en los últimos meses y las condiciones de vida de la población han mejorado algo, pero sigue siendo un país sin paz que no logra cerrar las heridas ni de la dictadura ni de la contienda.
En la madrugada del 19 al 20 de marzo de 2003, el poderoso Ejército norteamericano iniciaba la guerra con el ataque Conmoción y Pavor. Dos cazabombarderos B-1 atacaban las Granjas de Dora donde la Inteligencia aseguraba que se encontraba el dictador para así acabar la guerra antes incluso de empezarla, pero escapó. Poco después, una lluvia de fuego se abatía sobre los enclaves más representativos de 24 años de brutal régimen. En sólo 48 horas se lanzaron desde aviones y barcos 3.000 bombas y misiles, el mismo número que en toda la primera guerra del Golfo.
El Ejército más poderoso del mundo iniciaba casi un paseo triunfal que les llevó a Bagdad el 9 de abril, apenas tres semanas después. El 1 de mayo, un exultante George W. Bush anunciaba “Misión cumplida” y comenzaba una postguerra que cinco años después se puede decir que no fue suficientemente planificada.
La predicción de que los iraquíes recibirían a los militares americanos con flores no se cumplió y en lugar de eso, comenzó la insurgencia, la venganza sectaria que ha puesto al país al borde de la guerra civil y el terrorismo, con Al Qaeda estableciendo ahí una base.
¿Qué falló? Según The New York Times, se encadenaron una serie de factores, empezando por el fracaso en encontrar armas de destrucción masiva —la razón esgrimida para ir a la guerra— pero sobre todo la ausencia de un plan para la postguerra. La disolución del Ejército también está entre las decisiones más nefastas tomadas por el virrey americano en Irak, Paul Bremer, porque dejó en la calle a miles de personas armadas y enfadadas y las milicias tomaron las calles.
Balance negro
Pero además, algunas acciones concretas de los soldados estadounidenses tampoco ayudaron. Las imágenes de las torturas a los presos de Abu Ghraib dieron la vuelta al mundo y de matanzas como la de Haditha o Mahmudiya se han hecho hasta películas. Decenas de miles de personas ha muerto desde que comenzó la invasión. Las cifras oscilan entre las más de 600.000 contabilizadas por la revista The Lancet en octubre de 2006 hasta las 82.100 del grupo independiente Body Count, dirigido por investigadores y pacifistas.
Otro informe, elaborado por el instituto británico Opinion Research Business y el Independent Institute for Administration and Civil Society Studies presentado en enero elevó la cifra de muertos a un millón. En lo que va de 2008, al menos 1.644 personas han perdido la vida de forma violenta. En las filas norteamericanas, el goteo de ataúdes cubiertos con la bandera que llegan a sus aeropuertos no cesa. Casi 4.000 soldados han perdido la vida en esta guerra, una cifra que ronda los 5.000 si se suma el resto de países de la coalición.
Pero algo parece estar cambiando en los últimos meses. La violencia ha descendido, el baño de sangre chií-suní que saltó en 2006 tras la destrucción de la cúpula de una mezquita se ha transformado en odio soterrado y Al Qaeda parece haber sido obligada a retroceder hasta enclaves más controlados.
La razón es el refuerzo de tropas enviado por el presidente George W. Bush contra viento y marea, pero también la tregua anunciada por algunas milicias radicales. Por eso, la duda es si la calma continuará una vez que empiece la retirada. Hay un factor que alienta el optimismo y es el creciente cansancio de la población por la violencia reinante, como ocurrió en el Líbano tras 15 años de guerra civil.
Sin reconstrucción
Una encuesta publicada ayer por la BBC revela que más del 50% de los iraquíes califican su vida de “buena”, más que en cualquier momento de los últimos años. Y aunque la mayoría cree que la culpa de sus males la tiene el Ejército del Tío Sam, ha descendido el número de los que piden que se vayan ya. Pero el problema es que la reducción de la violencia no se ha traducido en una reconciliación política. Y es que el Irak post-Sadam es un estado de estructuras más democráticas, con ya varias elecciones a sus espaldas, pero minado por la brecha entre chiíes y suníes y las aspiraciones kurdas. Las diferencias han impedido incluso la aprobación de una crucial ley para el reparto de los ingresos por la venta del petróleo, el puntal sobre el que debería asentarse una reconstrucción que no despega.
Ya no está el puño de hierro de Sadam, ni sus fosas comunes ni sus cámaras del terror, pero sigue el temor y el derramamiento de sangre y la población se pregunta hasta cuándo.
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