Columna de
FranciscoCabrillo
Las empresas no van a cambiar su opinión porque sus estimaciones no coincidan con las del Gobierno
No se asusten por el título de este artículo. No voy a ofrecer reflexiones morales sobre la verdad y el engaño. Me limitaré a plantear una cuestión que tiene una clara relevancia práctica en el mundo de la economía. Y lo haré porque el tema va cobrando una importancia creciente en nuestro país a medida que las perspectivas de crecimiento de la economía española se van deteriorando.
A quien se asome desde el exterior a nuestra realidad económica, con objetividad y sin prejuicios, y utilice como fuente de información las noticias y opiniones que difunden los medios de comunicación le costará formular un diagnóstico. Tendrá noticia, por una parte, de la que parece ser la opinión mayoritaria —compartida por casi todos los organismos internacionales y economistas españoles— de acuerdo con la cual nuestra economía está entrando en un proceso de desaceleración claro y va a enfrentarse en el medio plazo a problemas de difícil solución. No encontrará acuerdo sobre el momento en el que la situación pueda llegar a ser preocupante; pero tendrá claro que hay que tomar precauciones ante un porvenir incierto. Pero si escucha al presidente del Gobierno —y a algunos de sus ministros— podrá llegar a pensar que los españoles vivimos en el mejor de los mundos posibles y que sólo algunos pájaros de mal agüero pueden atreverse a decir que ven nubarrones en nuestra esplendorosa economía.
La fiabilidad de las fuentes es muy distinta, ciertamente. Si nuestro observador imparcial tiene un poco de sentido común se dará pronto cuenta de que la opinión de un político en precampaña electoral será siempre mucho más interesada y menos objetiva que la de los analistas internacionales. Por ello lo más probable es que haga poco caso al Gobierno y se apunte al criterio mayoritario. Y es aquí donde se plantea el problema para el Gobierno. Si éste sabe que existen razones de peso para desconfiar de sus predicciones, ¿por qué afirma creer en algo que sabe que no es cierto, incluso al precio de perder en un grado aún mayor la confianza internacional? Las razones pueden ser varias. La primera, que haya diseñado su estrategia contando con un grado elevado de ignorancia en el votante medio y que se considere capaz de filtrar de forma adecuada la información que le llega, orientando así el voto a su favor en las próximas elecciones. Poca gente discutirá que esto ocurre, desde luego. Y cualquier analista lo descontará a la hora de valorar las estimaciones oficiales. Pero puede haber otra razón de mayor interés. Supongamos –—como parece lógico— que el Gobierno es perfectamente consciente de los problemas; pero que el motivo para ocultarlos no es su estrategia electoral, sino tratar de transmitir mayor confianza a los mercados. Si todo el mundo sabe que las expectativas influyen de forma significativa en el crecimiento económico futuro, ¿no tiene el Gobierno la obligación de decir que todo va muy bien? ¿No se agravarían los problemas si admitiera la mera existencia de dificultades en la economía nacional?
De hecho, estos argumentos se han escuchado en España cuando desde el Gobierno se ha atacado a quienes han planteado dudas sobre nuestro futuro económico; y no ha faltado algún personaje político, en la más rancia tradición franquista, que ha llegado a tachar de “malos españoles” a quienes se han atrevido a discrepar del optimismo oficial.
Pero esta actitud consistente en afirmar que todo va bien porque, si decimos lo contrario, estaremos peor, resulta, en el caso de que se defienda de buena fe, cuando menos, ingenua. Por las razones antes apuntadas, nadie puede creer seriamente que las empresas y los analistas van a cambiar su opinión por el hecho de que sus estimaciones no coincidan con las del Gobierno. Y, lo que podría ser aún más grave, una actitud sostenida de negar la realidad podría volverse contra los propios intereses de quien la mantiene, ya que reduciría su credibilidad futura. Y no parece que ganar a pulso una reputación de faltar sistemáticamente a la verdad sea la mejor fórmula para inspirar confianza en la economía del país. Como tantas veces se dice, ganar una reputación de fiabilidad en los mercados es muy difícil; pero perderla resulta muy fácil.
Algún lector reflexionará, sin embargo, con escepticismo y se preguntará: ¿pero creerá realmente este buen señor que lo que preocupa al Gobierno es lo que los analistas y los organismos internacionales puedan pensar de la economía española?… Y me temo que tendrá toda la razón.
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