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El castellano todavía tiene su sitio en las aulas vascas

Más de un millar de inmigrantes reciben actualmente clases de lengua española en la provincia de Álava.

El castellano todavía tiene su sitio en las aulas vascas
Vitoria se ha convertido en un santuario de la enseñanza del castellano en el País Vasco para los...

A. Martín-Aragón.

Vitoria. Iker ama el euskera y apenas se siente español. Pero enseña castellano a varios inmigrantes afincados en Álava. Le gusta la gente que desprende olores exóticos y lanza miradas vagabundas. Le tira la filosofía del multiculturalismo y de la alianza de civilizaciones. Y desconfía de los sentimientos desbordantes y dementes que inspiran algunas banderas. "Ninguna vale más que otra", proclama. No obstante, la ikurriña es la ikurriña. Y un buen nacionalista vasco debe, cuando menos, respetarla. Iker encarna a la perfección el espíritu paradójico de una sociedad que trata de hermanar la improrrogable exaltación de lo propio con el respeto y asimilación de lo foráneo. Un vasco nacionalista que aspira a ser universal. Nada parece imposible en un planeta donde a pocos choca que el propietario de un imperio mediático se declare marxista.

 Al margen de lo que pueda pensarse, a Iker no le causa ningún remordimiento aparcar el vascuence por unas horas cuando se coloca ante la pizarra y canta el alfabeto castellano. Es una cuestión de humanismo y solidaridad. “Las personas son lo primero —sostiene—. Creo que ayudo más a un extranjero enseñándole castellano que dándole clases de euskera, por mucho que yo aprecie mi lengua y desee que la hablen todos los que vienen a esta tierra. Si un magrebí quiere encontrar trabajo en Euskadi, necesita, sí o sí, conocer el castellano. Hay que admitirlo. Si luego quiere aprender vasco, adelante, que lo haga. Pero lo primero es lo primero”.

 Actualmente hay en Vitoria más de 1.000 extranjeros matriculados en clases de español. Unos proceden del norte de África y otros de algunos países de Asia Central. La escuela Paulo Freire, dependiente del Gobierno vasco, ofrece sus lecciones a unos 800 alumnos. Los hay argelinos, marroquíes, nigerianos y paquistaníes, entre otras nacionalidades. Los demás extranjeros interesados en aprender español acuden a las aulas del Centro Social Norabide.

 Iker nos cuenta la historia de Zafran, una mujer venida de Pakistán. Llegó sin saber una palabra de castellano. Hablaba inglés. Mal inglés. Preguntó qué lengua debía aprender antes: ¿español o euskera? Al ver letreros y rótulos en vasco, le picó la curiosidad sobre el origen de aquella grafía. Un vitoriano le comentó que, tarde o temprano, debería aprender ese idioma si deseaba echar raíces en Euskadi. Los profesores del centro matizaron la sugerencia del lugareño. Aconsejaron a Zafran que, antes de enzarzarse con la sintaxis euskérica, se sumergiera en el aprendizaje del idioma materno de Julio Iglesias, cantante al que la paquistaní admira y adora. Así lo hizo. Dos años después, Zafran habla con soltura el castellano y canta con gracejo, aunque con escasa afinación, algunas canciones de Julio Iglesias. Es feliz. Su siguiente objetivo pasa por platicar el vasco como Juan José Ibarretxe. Iker le pide calma. "Prefiero que perfeccione el castellano un poco más. Una lengua es algo muy serio. Tarda en aprenderse y en dominarse".

 Iker se molesta sobremanera cuando algunos le preguntan por qué, al simpatizar con un nacionalismo de cariz moderado, no intenta transmitir su credo ideológico a los inmigrantes. "Mucha gente —explica— no tiene ni idea de lo que es un nacionalista moderno. Se creen que, por sentirnos muy vascos, no vamos a comprender al resto de la humanidad, vengan de Madrid, de Malta o de Casablanca. Se creen que odiamos el castellano y a quien lo habla. Es un disparate. También nosotros necesitamos el español para entendernos en la calle o en casa. Además, queremos que la gente se integre y que pueda vivir con dignidad. Yo por lo menos así lo quiero". La situación cambia de color en Vizcaya y Guipúzcoa. La enseñanza del castellano en esas provincias no goza del mismo respaldo institucional y ciudadano que en Álava. El nacionalismo resulta allí menos condescendiente. Sin embargo, surgen voluntarios que, en parroquias y centros asistenciales de Bilbao o San Sebastián, ceden parte de su tiempo libre para enseñar algunas nociones de español a extranjeros. No son muchos, pero son. Suelen ser jóvenes idealistas y comprometidos con causas humanitarias y filantrópicas. Algunos se sienten nacionalistas, pero se consideran, antes que nada, seres humanos. "No todos los jóvenes vascos —ilustra Iker— se dedican a quemar cajeros". Está claro que lo bueno tarda en contagiarse.


Unos estudiantes con bastante vida por delante


Pocos maduritos aprenden castellano en Álava. La mayoría de los inmigrantes que asisten a clases de español en Vitoria o en algunos pueblos de la comunidad alavesa no superan los 35 años. Casi todos suelen ser jóvenes que una vez hicieron acopio de fuerzas y de coraje para lograr escapar de países sumidos en el caos y en la miseria. Vienen con ganas de aprender y de formar parte de un proyecto. ¿Será el de Ibarretxe?    




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