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viernes, 21 de noviembre de 2008 Última actualización: 19:10:12



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18/03/2008 19:45   




Instrucción y empleo

Los índices de fracaso escolar estaban escondidos tras el decorado de la creación de puestos de trabajo.

Es ya un lugar común pronosticar que, de seguir como hasta ahora, España se convertirá a medio plazo en el balneario de Europa, y los españoles, sus camareros. Alguien del Gobierno lamentará que se diga eso porque le parecerá poco patriótico. Pero ¿tendremos que negar la realidad para ser patrióticos? ¿O más bien deberíamos, por patriotismo, aplicarnos a cambiar la realidad en lugar de ocultarla?

Los datos que ofrecemos referidos a la relación entre niveles de empleo y niveles de instrucción son lo bastante elocuentes como para encender varios testigos de alarma, porque son la cosecha de muchos años de siembra de caos educativo, calidad ínfima del empleo generado y gran vulnerabilidad de una economía fundada muy principalmente en la construcción. Los índices de fracaso escolar, intolerables en un país que se reclama del primer mundo, estaban escondidos tras el decorado de una creación de empleo que ya da síntomas de pulmonía en cuanto el sector de la construcción ha pillado un resfriado. El Gobierno, y más concretamente su ministro de Trabajo, pretendió seducir a la opinión pública con sus interpretaciones maquilladoras de las estadísticas, pero ahora emerge acusadora, como la voz de ultratumba del comendador Gonzalo de Ulloa, la realidad de los niveles de instrucción y la calidad del empleo entre nosotros. El asunto es serio, porque España es ya famosa en todo el mundo, al menos en el exportador de emigrantes por razones económicas, como el país más fácilmente receptivo a toda clase de inmigración, con o sin papeles, con o sin cualificación, con o sin contrato de trabajo, y es previsible que hasta que se den cuenta de que aquí no atamos los perros con longanizas, todavía habremos de sufrir durante un tiempo esta riada de personas que continuarán llegando mientras un parado aquí viva mejor que un trabajador en sus países de origen. Pero, ¿cuánto tiempo vamos a poder resistir en estas condiciones? Porque esos candidatos a la decepción no tendrán, como los desempleados españoles, el colchón familiar que amortigüe su desgracia; y si los llamados servicios sociales se colapsan como consecuencia de una demanda superior a su capacidad, el riesgo de tensiones entre inmigrantes y nacionales lo puede vaticinar hasta la pitonisa Lola.

De bien poco, por lo que se ve, han servido las cantidades ingentes de dinero, tanto español como sobre todo comunitario, confiadas a los sindicatos para emplearlas en cursos de formación. Quizás el nuevo Gobierno consiga duplicar estas cantidades en Bruselas





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