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sábado, 11 de octubre de 2008 Última actualización: 07:02:38

Joaqun Madina LoidiColumna de
AlejandroLlano



El circo

Hay que empezar a cavilar por cuenta propia qué hacer con este país.

Alejandro Llano

Mucho de lo que está aconteciendo tras las elecciones y, especialmente, a raíz del nombramiento del nuevo Gobierno, provoca en muchos ciudadanos un sentimiento de desazón y perplejidad. No es que se trate de cosas malas, es que se trata de cosas raras. Nuestros políticos parecen haber perdido su anclaje a la realidad, la comunicación normal con los españoles, para habitar en una esfera compartida sólo por ellos, bajo la mirada —curiosa e inquieta— de los periodistas.

Y no es que andemos escasos de problemas. Cualquiera de los grandes capítulos de la vida nacional —economía, enseñanza, justicia, emigración— se encuentra a la espera de decisiones que se deberían haber tomado hace tiempo, pero que siguen esperando algún tipo de advenimiento cuyo anuncio no aparece por ninguna parte.

Hemos entrado de lleno en una fase lúdica de la política, en la que tanto parecen disfrutar sus máximos responsables, eso sí, a costa de los sufridos súbditos. Los cuales, además, se deberían sentir responsables de lo que está sucediendo, porque son ellos los que han votado recientemente a quienes se dedican a jugar, en vez de trabajar seriamente por el bien común. El que la hace, la paga.

Había una vez un circo… No seré yo el que se ponga hablar de un tema tan resbaloso como la presencia de mujeres en el Gabinete. Se incurre con facilidad en lo políticamente incorrecto y, además, es preciso abrirse camino entre la maraña de tonterías que se han dicho en tan pocas fechas. Lo que parece indudable es que la reestructuración de ministerios y la elección de las personas que se han puesto al frente de ellos no son decisiones que respondan a las necesidades objetivas.

Parecen resoluciones tomadas mayormente de cara a la galería, para asombrar al respetable público y demostrar de qué es capaz Zapatero. ¡Más difícil todavía! Sin experiencia, sin preparación, sin estructuras previas, sin colaboradores capacitados… ¡Así es justamente como lo haremos!

Uno de los ámbitos más delicados es el de la educación. Y es precisamente en él donde se han adoptado medidas más sorprendentes. ¿Qué tendrá que ver la enseñanza de las matemáticas y de la filosofía con el bienestar, la conciliación y la dependencia? ¿Por qué se han separado las fases docentes previas a la universidad de la gestión de los estudios superiores?

Es de temer, además, que la unificación de la gestión de las universidades con la de la innovación acelere la ya amenazadora orientación empresarial y pragmática de la enseñanza universitaria, y el predominio de la investigación aplicada sobre la indagación básica. Por si no teníamos bastantes problemas de calidad educativa y de retraso científico, se nos sirven unos cuantos más en bandeja.

Eso sí, los ministros más polémicos y desprestigiados no se han movido de sus despachos. Y, en cambio, algunos de los que parecían más cercanos a la línea presidencial, hoy hegemónica, han sido despedidos sin explicaciones. Uno de ellos, Caldera, va a ser el responsable de articular la gran fundación socialista para el estudio de los problemas actuales.

Me atrevo a apostar que tal iniciativa se desarrollará por todo lo alto y que su objetivo no será sólo especulativo, sino que estará más bien enfocado a la psicología social: adivinar qué siente y qué quiere ahora el público, especialmente las mujeres y los jóvenes, para arbitrar mensajes y ofertas que conecten con esa nueva sensibilidad.

La oposición, en cambio, sigue prescindiendo olímpicamente de todo lo que sea cultura o investigación social. Su único instrumento que tiene que ver con las ideas, Faes, sigue enfocado hacia un neoliberalismo rancio y neutro, al que ya no se adhiere casi nadie más allá de nuestras fronteras.

Y, para contribuir al espectáculo circense, el Partido Popular se olvida de su gran cuenta pendiente —¡un proyecto político!— para entrar en un patético juego de personalismos, declaraciones y silencios que causa el estupor entre extraños y propios.

La conclusión es neta. Se impone salir de la carpa de las maravillas fingidas, dejar que los políticos continúen con sus juegos y empezar a cavilar por cuenta propia qué podemos hacer con este país tan desnortado como prometedor. Los buenos vasallos ya no tienen buenos señores y están pensando en organizarse por su cuenta.




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