El portavoz del centro islámico de la M-30 lamenta la "desconfianza" que suscitan hoy los musulmanes.
Un fiel musulmán en la mezquita de la M-30. B.S.Trillo |
Jorge Bustos
Marzo concentra en cuestión de cinco días dos efemérides de infausto pero inevitable recuerdo: el 11-M y el comienzo de la guerra de Irak. Y a despecho de la sentencia judicial, aún no están cerradas entre los españoles las hipótesis sobre la relación causal entre el segundo y el primero de estos acontecimientos. En todo caso, ambos suscitan una misma reacción de lamento y condena entre los representantes públicos del islam en España. Es el caso de Mohamed El Afifi, portavoz y jefe de prensa del Centro Cultural Islámico, más conocido como la mezquita de la M-30. A sus 64 años, este egipcio, diplomático de carrera, que vivió la Transición española desde la embajada de Egipto en Madrid y trabajó seis años en la sede neoyorquina de Naciones Unidas, llevaba ya una década ejerciendo de portavoz de la mezquita más importante de España cuando estallaron los trenes de la muerte. "Todavía no hemos salido del bache del 11-M", explica a LA GACETA.
Cuenta El Afifi que hasta la fatídica fecha del atentado, en el marmóreo templo no daban abasto para satisfacer la demanda española de visitas culturales, coloquios y charlas sobre el islam y actividades varias. Madrileños y ciudadanos de toda la Península incluían la pintoresca mezquita en sus itinerarios turísticos, y colegios y universidades la tenían muy en cuenta entre sus iniciativas académicas y educativas. En su sala de exposiciones exhibían sus muestras principalmente artistas españoles. El ayuntamiento la había incluido en el programa Madrid, tres culturas. Y llegó el 11 de marzo de 2004. "El pueblo español no respondió con agresividad, es cierto. España es una aliada histórica de nuestro pueblo. Pero el 11-M nos convirtió en sospechosos hasta no demostrar lo contrario. La confianza que había quedó socavada. Ahora la vida de los musulmanes en España no es como antes. No hay agresiones, pero hay desconfianza en el trato".
No tiene otra receta que el tiempo para restablecer los puentes de entendimiento entre ambas culturas, aunque critica el sesgo contrario que advierte en los medios de comunicación. Cree que los medios dañan la imagen del islam, abriendo los telediarios con las pateras, por ejemplo. Advierte: "Yo soy el primero que me alegro si desarticulan una célula terrorista. Pero si luego un juez deja en libertad a los integrantes de esa presunta célula, la noticia no suscita la misma cobertura".
Considera "anormales y minoritarios" a los islamistas radicales y piensa que pagan justos por pecadores. "Y ahora los padres no se animan a dejar a sus hijos que nos visiten con su colegio. Me llaman los profesores y me dicen que el grupo estipulado inicialmente se ha reducido porque en el último momento algunos han decidido no ir. ¡Si aquí no lavamos el cerebro a nadie!"
El cometido principal del centro islámico de la M-30 no es atender el culto de los fieles musulmanes residentes en Madrid (cerca de 100.000), sino dar a conocer la cultura islámica entre el público español. Con sus 13.000 metros cuadrados, es de los templos islámicos más grandes de Europa y pertenece (en virtud del pago de una cuota) a la Liga del Mundo Islámico, organización que transfiere a los diferentes centros europeos de este tipo —París, Londres, Bruselas...— el dinero necesario para su financiación. En este caso, fue el Rey Fahd quien donó a la Liga 20 millones de dólares para la erección del templo. Su subsistencia está garantizada por capital exterior, ya que sus actividades son gratuitas. "Aquí no preguntamos a los que vienen si son musulmanes o no, ni a qué vienen", comenta El Afifi. Asegura que las relaciones con las diferentes administraciones políticas —Comunidad, Ayuntamiento, Gobierno central—, con la Iglesia Católica y las asociaciones judías son inmejorables. Pero reconoce que ya no se ve a tantos españoles por allí.
La Liga del Mundo Islámico que patrocina este centro madrileño propugna un islam moderado, capaz de integrarse en Europa sin renunciar a sus creencias. Articular en todo el mundo islámico un discurso común y unívoco de respeto a los valores democráticos favorecería, sin duda, el camino espinoso de la integración.
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