La Dictadura franquista murió el 20 de noviembre, de madrugada y de forma anunciada, hace hoy treinta y dos años en la cama y de vejez. A muchos, sin poder especificar a cuántos, les habría gustado que hubiese sido de otro modo, pero la realidad fue que la Dictadura acabó como acabó y no como a algunos les hubiese gustado que terminase. Cada cual tenemos una memoria particular de esos años y es evidente que aunque unos luchasen por las libertades y otros por una evolución ordenada, desde los años sesenta a la gran mayoría de los españoles les fue aceptablemente bien económicamente, lo cual sirvió de anestesia para aparcar otro tipo de reivindicaciones.
Hoy, desde que se ha puesto de moda eso de la Memoria Histórica, se vuelve a hablar del franquismo, de la Dictadura y de la Guerra Civil. Leyendo el libro de Alonso de los Ríos —Yo tenía un camarada, Libros Libres— se ve con claridad cómo apoyaron la sublevación militar todos aquellos intelectuales, muchos de los cuales luego engrosaron las filas de la izquierda y del socialismo. Si no se hubiesen sublevado los militares es casi seguro que España habría tenido una revolución socialista de corte estalinista, que era lo que entonces se llevaba. Pero una vez acabada la Guerra Civil, es difícil justificar, al menos con nuestros ojos, la brutal y continuada represión de los vencedores y la falta de caridad que la España católica tuvo hacia los vencidos.
Después de lo que había ocurrido en la Guerra podía incluso ser comprensible el ajusticiamiento de determinados criminales, pero lo que ocurrió fue que quienes debían haber impartido justicia se tomaron la venganza por su mano y echaron por tierra la posibilidad de pacificar una sociedad malherida. Nuestros padres y abuelos, los que ganaron la guerra, no pudieron, no supieron o no quisieron hacer una paz verdadera y fueron incapaces de tender la mano a los vencidos. Se necesitaba mucha grandeza para ello y es evidente que no la tuvieron. Su sublevación, si alguna legitimidad tuvo, desde luego quedó deslegitimada por la represión indiscriminada y feroz que se prolongó hasta el año 1975. Desde la distancia que dan ya estos treinta años de democracia creo que es bueno que comencemos a hablar de la Dictadura, unos y otros, los hijos de los de entonces, sin tapujos y libremente.
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