El remedio contra los abusos de la libertad de prensa consiste en permitir la multiplicación de los medios
Dejando de lado las burdas agresiones totalitarias y "antifascistas” (pocas cosas hay tan fascistas como el antifascismo), nunca faltan casos límite interesantes para debatir sobre los límites de la libertad de expresión: la constitucionalidad y legitimidad de la negación de los genocidios; la licitud de defender posiciones abiertamente opuestas a la Constitución y al sentir de la mayoría de los ciudadanos, como, por ejemplo, el rechazo la inmigración, o la reciente sentencia condenatoria contra dos dibujantes de una revista.
Es verdad que todo derecho tiene límites, aunque más que de límites puede también hablarse de casos en los que no se trata genuinamente de libertad de expresión, pues ella no incluye la injuria, la calumnia, la inducción al delito o la invasión del honor ajeno. Pero lo decisivo es que el poder carece de legitimidad para determinar el contenido de las opiniones, juicios, tesis o valoraciones que se pueden o no hacer.
En este sentido, la opinión nunca delinque; la palabra sí puede hacerlo. En cualquier caso, la presunción debe ser a favor de la libertad de expresión, pues son peores las consecuencias de su vulneración que las de su abuso.
Nunca los abusos de la libertad son tan graves como los abusos del despotismo. Con la libertad de expresión sucede lo mismo que con la libertad en general: por todas partes es alabada y ensalzada y por casi todas es atacada y vulnerada. Así, suele ser maltratada tanto por quienes profesan ser sus devotos como por sus enemigos.
Todos la encomian cuando se utiliza a favor de sus opiniones y muy pocos, cuando se utiliza en contra. Nadie suele oponerse a que se corroboren sus opiniones y muchos, a que se las contradiga. En realidad, ninguna persona educada deja de sentir aversión ante los excesos de la opinión. Estoy muy lejos de sentir por la libertad de expresión (y, por lo tanto, de prensa) esa devoción casi religiosa que dicen sentir muchos.
Estoy, en este sentido, muy cerca del juicio de Tocqueville, quien no sentía por la libertad de prensa ese amor completo e inmediato que se siente por las cosas soberanamente buenas en sí mismas. La libertad de expresión no pertenece a ese tipo de bienes. En cierto sentido, es un mal menor. Ella apenas permite el orden, pero sin ella la libertad es imposible. Y lo malo es que aquí no cabe un término medio entre la libertad total y la servidumbre.
Es un grave error conceder al poder el derecho a ejercer la censura (aunque sea limitada) con el fin de preservar el orden y la moralidad. El fin del gobierno no consiste en imponer la moralidad. El único remedio contra los abusos de la libertad de prensa no consiste en la censura, sino en permitir la multiplicación de los medios de comunicación. El remedio (parcial) de los males se cura con el pluralismo. Lo peor es la combinación de monopolio y censura.
No es infrecuente la defensa del tópico equivocado y liberticida de que nunca debe permitirse el ataque a las leyes existentes (y me refiero a las legítimas en un Estado legítimo). También Tocqueville lo dejó dicho: “Atacar las leyes existentes no es un crimen siempre que no quiera uno sustraerse a ella por la violencia”.
El problema surge cuando los gobiernos y los legisladores, ilegítimamente, pretenden que sus disposiciones encarnen un valor moral, pues entonces la oposición a ellas sería necesariamente inmoral. Si se acepta esto, la democracia y la libertad caminan hacia su destrucción. El ejercicio de la oposición, consustancial a la democracia, sería entonces un acto de suyo inmoral. Esta es una de las razones por las que hay que defender la libertad de expresión, a pesar de los males que produce, pues nunca son éstos tan grandes como los males que evita. Como afirmó Michael Oakeshott: “La función del gobierno no consiste en imponer otras creencias y actividades a sus súbditos, ni tampoco en protegerlos ni educarlos; ni hacerlos mejores o más felices en otra forma; ni dirigirlos ni estimularlos a la acción; ni guiarlos ni coordinar sus actividades para evitar motivos de conflicto”.
La imagen del gobernante es más la del árbitro que aplica las reglas del juego que la del jugador que aspira a ganar la partida. Por eso, entre otras razones, no deben ponerse límites a la libertad de opinar, valorar y criticar (sí a la de injuriar, calumniar o inducir a la comisión de delitos).
Ninguna sociedad libre puede imponer una determinada tesis u opinión. Por más que me desagrade la opinión de quienes pretenden, por ejemplo, negar la barbarie nazi o comunista, o la quienes se declaran partidarios de prohibir la inmigración o sustentan opiniones racistas o sexistas, no creo que se les deba impedir la expresión de sus opiniones. No se sirve a la verdad ni al bien condenado al silencio al error y al mal. Creo, por el contrario, con Tocqueville, que la prensa (y, en general, la libertad de expresión) es un extraordinario poder combinado de bienes y males, sin el cual la libertad no podría vivir y con el cual el orden apenas puede mantenerse. Por ello hay que defenderla por la consideración de los males que evita más que por los bienes que realiza.
Quienes somos | Contacte con nosotros | Aviso legal | Publicidad | Mapa
© Grupo Negocios Sepúlveda 7b - 28108 Alcobendas-Madrid. España - Tel: 91 432 76 00 - Fax: 91 432 77 65