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19/11/2008 22:36   



“Laicidad positiva en España significa reconocer su raíz católica”

Alfredo Dagnino Guerra, presidente de la Asociación Católica de Propagandistas.

“Laicidad positiva en España significa reconocer su raíz católica”
Alfredo Dagnino Guerra, presidente de la Asociación Católica de Propagandistas. JORJE ZORRILLA.

Santiago Mata.

Este año, el Congreso Católicos y Vida Pública coincide con las celebraciones del centenario de la ACdP y los 75 desde que Ángel Herrera creara el CEU. Su presidente, Alfredo Dagnino, afirma que el Congreso se ha convertido "en un referente para el catolicismo social español".

¿Qué diferencia hay entre un político que es católico, consecuente, que actúa en conciencia, y un católico político?
Un católico que realiza su vocación en la vida pública, en la política, es un hombre que tiene que distinguirse del perfil actual del político. Tiene que ser un hombre ejemplar, que en el quehacer cotidiano tenga altura de miras, se sacrifique no sucumbiendo a los intereses del partido y a los dictados de las cosas más contingentes, sino ver cómo puede trabajar mejor al servicio del hombre y al servicio de la comunidad, y sobre todo teniendo en cuenta un horizonte lejano, no las contingencias más partidistas, vinculadas a los tiempos electorales, sino comprender cómo puede contribuir al bien de la sociedad desde las instituciones políticas, desde el parlamento, desde el Gobierno, desde las administraciones públicas. Que sea un hombre consecuente con las exigencias de la fe que profesa. Yo creo que católicos que profesen la fe católica en la vida pública, probablemente hay muchos, porque si no las cuentas no saldrían. Pero que tengan imbuido ese espíritu de congruencia, de ser testigos de la fe en medio del mundo, en este caso por la realización de la práctica política, hay menos. Son hombres que, utilizando las palabras de un célebre presidente de la AcdP, Fernando Martín Sánchez, sean hombres-raíz, hombres distintos, hombres libres, bien formados intelectualmente y que tengan como norte la realización de una vocación mirando siempre al bien común de su sociedad. Si ese espíritu, marcadamente sobrenatural, se tiene bien arraigado, se notará en sus propuestas, en las opciones políticas y legislativas que se vayan decantando. Hoy ese perfil de hombre no es mayoritario, pero tenemos que hacer, desde muchas instituciones de la sociedad, por formar y catapultar a la vida pública hombres así, con esa comprensión del mundo y de la vida política.

¿Catapultar significa que la Iglesia constituye un partido?
No necesariamente, sino que desde las instituciones que nacen de la sociedad, también de las instituciones de Iglesia, se formen hombre capacitados profesionalmente, con esa inspiración para que estén en la vida política. Me refiero a una tarea prepolítica, educativa en sentido amplio, la de formar hombres para la vida política, eso está en la raíz, en la médula histórica de la AcdP, no es necesariamente organizar un partido político confesional, sino que en aquellas formaciones políticas en las que un católico pueda militar sin que contravenga exigencias morales fundamentales o aspectos medulares del magisterio de la Iglesia, el católico no está identificado con una formación política concreta, y tendrá que ver cómo realiza mejor ese servicio a la caridad y al bien común, en un momento concreto del tiempo y del espacio. Eso le podrá llevar a participar en un partido político concreto o en otro.
Los partidos políticos confesionales han existido no sólo en momentos de crisis, sino cuando se dan las circunstancias. Pero en este momento el reto que tenemos es que la clase política se nutra de hombres distintos, eso tendrá un efecto de contagio. Eso exige que los partidos no sean estructuras cerradas y oligárquicas, sino que admitan otro tipo de hombres, que se abran a la sociedad. Es difícil en este momento, porque los partidos son estructuras muy cerradas, y llegado el caso a lo mejor es necesario promover una iniciativa que tenga ese marcado carácter confesional, o no, eso es otra cuestión.

¿Todavía se nota recelo en la clase política respecto a los llamados católicos políticos de la época de Franco? ¿Cierto miedo a mostrar el compromiso, que se es católico?
Creo que eso es un complejo en trance de ser superado, no es sólo propio de la vida política, sino que en otros ámbitos existe no sé si temor, creo que más cierto complejo a ser consecuente con la fe que uno procesa. Estamos en trance de superarlo. Los católicos que están en la vida pública con una vocación de apostolado, que a lo mejor no son todos los católicos sino aquellos que tienen muy arraigada esa vocación, tienen que ser conscientes de que tienen que ser testigos de la fe en medio de la vida política, al margen de que signifique ir contra corriente, o que te releguen al ostracismo. Exige pasar penurias y sufrimiento, en la vida política igual que en otros órdenes. El martirio ha sido siempre una expresión de la vida cristiana, así lo reconoce la Iglesia en su magisterio y el propio Benedicto XVI, en la ceremonia de la beatificación de 497 mártires del siglo XX español en octubre de 2007, dijo que este es una expresión de un tipo de martirio, pero hoy vivimos el martirio de la vida cotidiana, que es el martirio de la coherencia, en palabras de Juan Pablo II en la Jornada Mundial de la Juventud en Québec. El martirio de la coherencia implica ser consecuente con la fe que uno profesa como realidad que brota en la actuación en la vida pública, el testimonio en la familia, en el trabajo, en la empresa, en las corporaciones profesionales, en el parlamento, en el mundo de la comunicación, en el consejo de redacción de un periódico. Eso pasa por una vida interior profundamente sobrenatural, que cuando uno la vive intensamente, se trasluce después en su actuar. Lo que no es admisible es mantener una dicotomía, un dualismo, entre ser católico en la vida privada y la espiritualidad que uno profesa en la intimidad, o en su vida familiar, y que luego en sus actos propios en la vida pública no sea consecuente. Eso se ha dado en los últimos años, en las últimas décadas, fruto de ese complejo, y eso es lo que hay que superar.

Según la Fundación Bertelsmann, el catolicismo español, comparado con el polaco o italiano, no se refleja en la vida pública, no sé si es timidez o incoherencia, o tolerancia...
Yo diría dos cosas, un planteamiento general en todo occidente, en los últimos decenios, tras la segunda guerra mundial, el mundo ha sufrido una gran mutación, un cambio de signo o paradigma cultural, que ha supuesto una metamorfosis en el campo antropológico y espiritual, y ha hecho mella en la vida espiritual y religiosa en occidente, especialmente en Europa. Eso lo hemos vivido en España en las últimas décadas de una manera especialmente intensa. Con todo un planteamiento de descristianización radical, de desvinculación del hombre de sus auténticas raíces, en España de sus auténticas raíces cristianas, y eso repercute en la antropología, en la visión más profunda del hombre, de la familia, en la visión cristiana del mundo. Eso repercute en que las maneras de pensar y actuar heredadas del pasado se ponen en tela de juicio. Se decantan opciones políticas y legislativas que contradicen las exigencias morales más fundamentales. Eso es un proceso cultural y político que no se circunscribe a España. No es casualidad que frente a ese cambio de paradigma, en España en las últimas décadas, desde los poderes públicos y algunos privados, políticos, culturales, mediáticos... haya habido un planteamiento orientado a proceder a esa descristianización. Se ha hecho gala de un laicismo ideológico que no es correlativo estrictamente a lo que ocurre en otros países, y que ha tenido lugar en muy poco tiempo.
El segundo elemento es que España ha vivido bajo un catolicismo oficial que, a diferencia de otros países, especialmente Francia, se ha apoyado sobre apariencias que no eran reales. Cuando desaparece esa oficialidad católica con el cambio del sistema político, hemos visto que ha quedado un catolicismo desprotegido, débil, poco vertebrado, poco consciente de la necesidad de estar en la vida pública, y la confluencia de estas circunstancias ha dado lugar a una sensación de desesperanza, de pesimismo, de que somos una minoría de que es un trance casi de liquidación o de “a extinguir”. Probablemente eso responde a la realidad de un proceso histórico. Frente a eso, hemos dedicado mucho tiempo a escribir y hablar de ese diagnóstico duro, yo creo que ha llegado el momento de pasar a otra clave: ser conscientes de ese proceso, asumirlo y tener un planteamiento distinto, de que los católicos en España seamos conscientes de que primero tenemos que ser buenos cristianos en nuestra vida personal, y ser consecuentes con lo que supone de dureza, de rigor y de congruencia, la fe, las primeras palabras de Benedicto XVI en la misa de apertura del cónclave, cuando era sólo cardenal, fueron: “ya no basta cualquier fe, en medio del mundo de hoy, si no es una fe adulta y madura”. Hoy los católicos tienen que llevar una vida sobrenatural intensa, y a pesar de que tengamos la convicción de que somos minoría, hacer abstracción de eso, no importa el número: los que estén presentes que ejerzan en la vida pública siendo fermento de la sociedad, y poco a poco eso será fecundo, pero desde la perspectiva de que hoy las personas que en eso estamos tenemos que sembrar con generosidad. Vivimos en un mundo en el que queremos que lo que se siembra se recoja inmediatamente, porque vivimos en una cultura de corto plazo, está claro en este proceso económico que estamos viviendo. Tenemos que tener la altura de miras y generosidad de sembrar para la mayor gloria de Dios sin pensar que nosotros lo vayamos a ver. Podemos verlo o no, pero tenemos que trabajar por las futuras generaciones con la convicción de que los cristianos tenemos un papel en la sociedad y en la vida de las instituciones, y de que el Estado tiene que ser consciente de que no es comprensible un Estado ateo, ni siquiera un Estado laicista. No lo es desde la perspectiva del magisterio de la Iglesia, no lo es desde la perspectiva de nuestra Constitución, y de que tiene que valorar positivamente, favorablemente, en el contexto de una laicidad positiva, de la que habla por activa y pasiva el Santo Padre y que es tradición en el magisterio de la Iglesia, porque el hecho religioso es algo positivo para el Estado, y que los católicos españoles en este momento queremos contribuir al enriquecimiento espiritual de España, de acuerdo con sus raíces inequívocas, que son cristianas, y el Estado será aconfesional, pero España es cristiana por sus orígenes y por su génesis histórica, y eso es así se empeñe en negarlo quien se empeñe en negarlo. Y que la verdad, el bien y la belleza que está enraizada en lo más profundo de la propuesta cristiana, lo queremos proyectar sobre la sociedad proponiendo nuestra fe, sin imponerla a nadie, sin coacción, que está en el centro y raíz del pensamiento de Benedicto XVI y del magisterio de la Iglesia, pero eso exige hombres que sean consecuentes.
Yo pongo mucho acento en los hombres porque creo que de eso depende el futuro. Y el futuro de la humanidad está en formar hombres que tengan clara esta comprensión y valoración del mundo. Y de que el hombre no es dueño absoluto de su existencia, es un ser creado y no creador, de que tiene sus límites y tiene que estar abierto a la trascendencia. Esto no son planteamientos confesionales, son susceptibles de ser compartidos hoy por creyentes o por no creyentes, en ese mínimo común ético que tenemos que esforzarnos por construir, por el futuro de Europa y por el futuro de España.

Lo entiendo en países como Italia donde hay “ateos cristianos” que aceptan los valores cristianos, pero con lo rabioso que es el anticlericalismo en España ¿no es energía gastada sin necesidad defender que España es católica?
No es perder tiempo. Tenemos que esforzarnos porque se vea la realidad como es, que hay una voluntad de contribuir al bien común de nuestra nación desde posiciones católicas. La historia es la que es, para unos y otros, no se puede recordar de manera selectiva como se está haciendo ahora; cada uno tiene su historia, unos la tienen peor que otros. Ese inmenso deterioro que ha producido la descristianización radical en Europa a raíz de la Revolución Francesa, cosa que no se da en EEUU, tenemos que esforzarnos por convencer que la religión, incluso las religiones, es un elemento determinante de la vida en comunidad, como es en EEUU, que lo funda señores que emigran de Europa y el cristianismo es un elemento determinante en la vida pública, y no se encontrará ningún país donde haya mayor grado de separación y autonomía entre las Iglesias y el Estado. Y sin embargo, la invocación a Dios y a la fe cristiana es moneda común en la vida pública. No son elementos irreconciables que la Iglesia esté separada del poder civil, como consecuencia de un proceso histórico al que ha contribuido la Iglesia y su magisterio, pero una cosa es esa autonomía y otra el laicismo ideológico que ha encontrado su carta de naturaleza en Europa, muy especialmente en la Francia revolucionaria y del siglo XIX, y que ha condicionado la cultura y el pensamiento actual, que es desterrar las creencias religiosas de la vida pública, entender que la libertad religiosa tiene su virtualidad sólo en la conciencia individual, y se haga patente sólo en la libertad de culto. Eso es lo que nosotros refutamos de manera radical. La libertad religiosa tiene, y eso lo ha dicho la jurisprudencia del TC, la del de Derechos Humanos, y es doctrina común, que la libertad religiosa tiene una vertiente negativa, que no se pueden forzar las creencias, y una dimensión positiva, que quienes profesan una fe pueden actuar en la vida pública de acuerdo con sus convicciones. Y los poderes públicos tienen que proteger y respetar ese contenido esencial que es parte de la dignidad del hombre. Ahí está Sarkozy, con su libro sobre la República, las religiones y la esperanza, dice que el Estado no puede ser indiferente frente a la religión, frente al hecho religioso, frente a la moral. Eso enlaza con el pensamiento de Benedicto XVI y el magisterio de la Iglesia sobre la laicidad positiva. Desde la perspectiva del Estado, respeto sagrado a la libertad religiosa. Y desde la perspectiva de los católicos, tener el sentido suficiente apostólico para querer contribuir al enriquecimiento espiritual de nuestra sociedad estando presente en la vida pública con la congruencia que tiene que tener todo católico.
No es un esfuerzo baldío, sin perjuicio de que como dijo Juan Pablo II, Europa se haya convertido en tierra de misión y haya que evangelizar. No son incompatibles ni argumentos irreconciliables.

¿No genera cierto desinterés por la cultura el suponer, a diferencia de los utopistas que tiene que esforzarse por imponer sus argumentos; la seguridad de saber que la naturaleza es de por sí de forma inmutable, no nos esforzamos por convencer?
Evidentemente ponemos nuestra vida y nuestro destino en manos de Dios, pero eso no nos dispensa de asumir un papel en la vida pública, cada uno desde su posición y desde sus posibilidades. No todos los católicos están, por formación, por tradición, por posición o por vocación, en condiciones de asumir este papel. Desde el CVII, el papel del laico tiene un reconocimiento en la vida de la Iglesia, como bautizados, pero como parte de la Iglesia, ese sacerdocio secular que nos sitúa para ejercer un ministerio en la vida del hombre, en la vida pública. Debemos ser conscientes de que tenemos un papel que cumplir en la sociedad y que tenemos toda una propuesta cristiana que compartir con los demás hombres, porque creemos que eso contribuye al bien, la verdad y la belleza, y que cuando se ha producido esa disociación, la historia ha pasado por momentos muy difíciles.
Creo que no es incompatible. Es verdad, no lo podemos olvidar, que desde poderes fácticos oficiales y no oficiales, políticos y no políticos, culturales, mediáticos, hay un proyecto claro de mutación de la sociedad. Y eso tiene sus expresiones. Si yo tuviese que cambiar la mentalidad común, ¿qué tendría que cambiar o intervenir? Lo primero y ante todo la familia. La familia es el entorno fundamental, una realidad que tiene vida propia y es previa al Estado. La familia cristiana, como imagen de la Familia de Nazaret, esa familia constituida por un matrimonio, que no es cualquier cosa, sino una unión espiritual entre un hombre y una mujer, orientada a la procreación. Esa familia cristiana hay que desarraigarla, desnaturalizarla, desvirtuarla, y hay una estrategia, una política cultural, antropológica, bajo esa forma de la llamada ideología de género, que mina los fundamentos antropológicos de la familia, que se ve perjudicada porque se permite el aborto, que la vida naciente no pueda prosperar, o porque quiebra la educación, con fines de adoctrinamiento ideológico. Eso nuevo es la escuela, que no es un lugar de formación que pueda usurpar las funciones de la familia, pero la escuela es vital para la formación del hombre. Pues tiene que intervenir el Estado en la escuela, y lo hemos visto, no ahora con Educación para la Ciudadanía, EpC es una vuelta de tuerca más, expresiva de todo un planteamiento muy abrupto, muy tosco, pero EpC se ha hecho permeable durante todos estos años en la educación. Y lo mismo es predicable de la Universidad.
Soy de los que siempre he sostenido que el proceso de desintegración de nuestra nación, en el que estamos nos guste o no nos guste (lo que pasa es que podemos mirar hacia otro lado, o bajar la cabeza), no es algo indisociable al laicismo ideológico, precisamente por esas raíces, porque España no es comprensible sin la fe católica y sin esas raíces cristianas. Ni su nacimiento ni su desarrollo histórico. La concepción de España como nación está indisolublemente ligada a una fe. Todo este proceso no es casual. Esa es la realidad. Frente a esto, en unos momentos difíciles para el futuro de España, soy de los convencidos de que el futuro pasa por que nosotros podamos canalizar una propuesta a la sociedad, una propuesta que no es ideológica, que no es partidista, que mire más allá de lo que miran habitualmente los que están en la cosa pública. Y que tenga comprensión de la realidad susceptible de ser compartida por muchos que pueden no ser católicos. Eso, bien expresado, bien analizado, reflexionado, y bien expuesto, es una tarea apasionante que tenemos los católicos por delante.

Si Ángel Herrera viviera ahora, ¿montaría un periódico como El Debate, un partido como la CEDA o diría: formación individual del personal y cada cual que haga lo que quiera?
Eso último yo creo que no lo haría. Esa pregunta es un ejercicio que muchos hemos hecho. ¿Cómo harían nuestros padres fundadores si les hubiese tocado vivir lo que estamos viviendo nosotros? Si analizamos la fundación de la Asociación y su desarrollo histórico, lo que puedo decir es que un hombre como Herrera Oria, poco conocido en el catolicismo más común, más conocido por la Jerarquía y ciertas elites católicas, probablemente una figura no valorada suficientemente, que ha hecho una aportación gloriosa a la vida de España y de la Iglesia, lo que estoy convencido es que no se quedaría quieto. Probablemente, con mucho menos de lo que tenemos ahora, hizo mucho más. Como laico significado y luego como prelado de la Iglesia, siempre tuvo como idea-fuerza el responder a las necesidades de la vida pública, pero no con teorías y doctrinas, sino con la aplicación real y efectiva de los principios cristianos, formando hombres para una obra y forjando esa obra. Cuando empieza la Asociación, organiza campañas de propaganda católica que nosotros ahora estamos intentando emular. Quizá no expresándolo así, porque el lenguaje ha cambiado. Cuando el 6 de diciembre de 1909 se funda la Asociación, lo primero que se hace es que esa misma noche cuatro hombres salen hacia Andalucía para hacer una campaña de propagandismo católico. Se van a Jaén, a Málaga, organizando mítines en teatros, casinos y lugares al aire libre, que se llenaron. Conservamos muchas grabaciones. Pero pronto se da cuenta de que faltan dos cosas para el futuro del catolicismo: la palabra escrita y la educación superior. Desde el primer momento: la prensa y la universidad católica. Como dos ideas-fuerza que estuvieron durante toda su vida. Y de eso ya salen otras iniciativas. Compran El Debate, que era un periódico sensacionalista, y manda tres hombres a EEUU, porque Ángel Herrera siempre quiso que lo que hiciesen los laicos porque no debían hacerlo los sacerdotes o clérigos, debía ser lo mejor, lo excelente. Para hacer un periódico católico lo primero que hay que hacer es un buen periódico. Y manda a EEUU a José María Urquijo, a Marcelino Oreja y al padre Brañas. Allí estudian la estructura moderna de las empresas informativas, los consejos de redacción y consejos editoriales, las técnicas y las mecánicas de las redacciones y rotativas. Y lo aplican en El Debate. Hacen el mejor periódico posible, de inspiración católica, independiente desde el punto de vista partidista, y de información general. No es cuestión de hacer un semanario de información religiosa, sino un periódico católico, que es otra cosa.
Funda el CEU, que no es una universidad católica entonces, sino un centro de estudios universitarios, unas cátedras con las que organiza una vida intelectual, académica, de formación, para opositores a cátedras y cuerpos del Estado. Y concita ahí a lo más granado de la intelectualidad del momento, ahí están los Anales para ver que los catedráticos de más prestigio, políticos, juristas y economistas, ahí estaban. Y a partir de ahí empieza a crecer: el Colegio Mayor San Pablo, la Biblioteca de Autores Cristianos, Cáritas, toda la obra social de la Fundación Pablo VI, Instituto Social Obrero...
Ante una necesidad, formar los hombres, en la convicción de que el timón del mundo lo mueven las minorías, en este caso quería formar minorías selectas, católicas, con capacidad de dirección. Pero que tuviesen sentido de la justicia social y del bien común. No minorías selectas para, como decía él, mirarse en el espejo tranquilo de las aguas como narcisos, sino para servir al hombre y servir al bien común. Estoy convencido de que si hoy estuviese, haría lo mismo que hizo desde los años 10 hasta que murió: formar hombres y forjar obras. Se iría a ver a Botín, y del mismo modo que Franco le dio 40 millones para hacer las escuelas-capilla con las que erradicó el analfabetismo en la provincia de Málaga, iría a Botín o iría a quien tuviese que ir, para implicar a todos en obras que sirviesen a la sociedad. No sé si crearía o no un partido político, si haría una radio o una televisión, pero quieto estoy convencido de que no se quedaría.

El Congreso Católicos y Vida Pública, el acto en defensa de la libertad de expresión del lunes, qué importancia tienen para despertar las conciencias?
Algunos se sorprenden de que una institución como el CEU o la ACdP haga estas cosas, congresos de víctimas, de la otra memoria histórica, etc. Hemos llegado hace mucho tiempo a la conclusión de que alguien tiene que decir lo que nadie dice. Lo que muchos piensan y pocos, por no decir nadie, osan decir o pronunciar. Y es nuestro compromiso al servicio de la verdad y del bien común lo que hace que haya causas que entendemos están al servicio del hombre y del bien común de la sociedad y también al servicio de la Iglesia, ante los que no podemos esconder la cabeza como avestruces, sino que hemos de estar en primera línea, en vanguardia. Fruto de ese convencimiento, organizamos los Congresos sobre Católicos y Vida Pública hace 10 años, ahora celebramos el X, Congreso que tiene como misión alentar apostólicamente a los católicos y buscar su unidad de acción y propósitos en la vida pública, una cosa tan importante como el espíritu de comunión y unidad. Eso ha reportado sus frutos y lo ha consolidado hasta ser un referente del catolicismo social. ¿Por qué hacemos actos en defensa de principios fundamentales que ordenan la vida en comunidad? La vida, la familia, el matrimonio, la libertad de educación. Porque son principios que no admiten renuncia ni componenda. Nosotros los defendemos como católicos pero, repito, hay quienes los defienden con otros fundamentos, y tenemos que unir nuestras fuerzas a las de los que creen lo mismo que nosotros, aunque sus fundamentos sean distintos; por el bien de la sociedad. Hacemos congresos de víctimas del terrorismo porque entendemos que, fruto de esa identidad católica, nosotros tenemos que unir nuestros destinos a los más débiles, a los más desfavorecidos, que lo han sido y lo siguen siendo las víctimas del terrorismo. Y porque tenemos la convicción de que el terrorismo es intrínsecamente perverso e incompatible con una visión moral del hombre y del mundo. Y por qué el congreso de la otra memoria histórica. Porque la búsqueda de la verdad también nos obliga a afirmar la verdad histórica. Y porque no se puede construir el futuro de una nación trastocando, equivocando, la verdad histórica como se quiere hacer, reabriendo viejas heridas con grave repercusión sobre la convivencia cívica y la reconciliación entre españoles. ¿Y por qué lo del lunes? Porque tenemos la convicción de que la libertad política del hombre frente a los poderes públicos pasa por la libertad de expresión, la libertad de prensa y comunicación; de que los poderes públicos tienen que actuar a modo de reguladores, pero ser tremendamente cautelosos para garantizar la libertad de prensa, que es fundamental para la buena comprensión de una democracia. En este caso la defendemos frente a un poder autonómico inspirado por un nacionalismo excluyente y muy ideologizado, que perjudica gravemente para forma una opinión pública recta y en libertad al servicio de la comunidad.
En esta retahíla hay un elemento común denominador: la concepción de la dignidad del hombre y el bien común de la sociedad. Yo lo reduciría esas dos ideas-fuerza. Ahí donde esté en cuestión la dignidad del hombre o donde se ponga en tela de juicio algo que es grave para el bien común de los españoles, esta casa tiene un compromiso a su servicio, la ACdP y sus obras, y eso es lo que hace que asumamos un compromiso que está más allá de la educación, y que está al servicio del prójimo.




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Propagandista, letrado y académico
Nacido en Madrid en 1966, Alfredo Dagnino está casado y tiene un hijo. Desde noviembre de 2006 es presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU, y gran canciller de las Universidades CEU San Pablo (Madrid), CEU Cardenal Herrera (Valencia) y Abat Oliba CEU (Barcelona). Licenciado y doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid (1989 y 1993), es abogado, letrado del Consejo de Estado, profesor de Derecho Público de la Universidad Complutense de Madrid, de la Escuela de Práctica Jurídica de Madrid y del Instituto Nacional de Administración Pública (desde 1992); y académico colaborador de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.



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