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lunes, 8 de septiembre de 2008 Última actualización: 12:33:41

Joaqun Madina LoidiColumna de
PabloCaruso



Señor, ¿me permite una pregunta?

Hay momentos en que a los gobernantes o déspotas de turnoles tiembla la tierra bajo los pies o sienten el agudo pinchazo de un estilete florentino.

Pablo Caruso.

Ese día    —en algún lugar de la tétrica Unión Soviética— tocaba reunión del comité de los camaradas granjeros con el comisario de turno. Siempre lo mismo… el burócrata hablaba, los resignados campesinos escuchaban la perorata y cada uno volvía a su oscura barraca a masticar la tristeza que, batida con vodka, se hacía más llevadera. Por alguna razón, aquel día no sería igual a los demás. Alguien iba a hacer una pregunta. Esa pregunta, la pregunta. "¡Camarada!", gritó Iván desde el fondo del mugriento galpón. Iván era un joven campesino que últimamente se hacía preguntas. Las comentaba con uno de sus mejores amigos, Mijail. Este amigo se había pasado todo el trayecto que recorrieron a pie hasta el lugar de la reunión tratando de convencerlo de que no lo hiciera; sin éxito. Es peligroso que le hagas al camarada comisario esa pregunta, insistía. Iván iba pensativo, con el interrogante que le apretaba el estómago —es allí donde se sienten las emociones que cuentan, lo del corazón es cosa de poetas— y Mijail no pudo disuadirlo. No hubo caso, la suerte estaba echada. Iván respiró profundamente y se lanzó. "¿Por qué, si trabajo de sol a sol, —decía mientras tragaba saliva— no tengo lo mínimo para alimentar a mi familia? ¿Dónde están los huevos y las gallinas que me corresponden? La tensión era insoportable". A los campesinos presentes se les heló la sangre.

 El funcionario soviético levantó la vista, lo miró fijamente y, acto seguido, anotó algo en su negra libreta. Iván miró a sus compañeros y vio que tenían la cabeza gacha y las manos apretadas entre las piernas. Se sentó. A las dos semanas, nueva reunión de comité, esta vez fue Mijail quien hizo la pregunta. "Camarada", dijo mientras estrujaba su gorra de fieltro, "yo no voy a preguntar esa tontería de dónde están mis gallinas y los huevos que me tocan. Sólo quiero saber una cosa, ¿dónde está mi amigo Iván?" .

 Hay momentos en que a los gobernantes o déspotas de turno les tiembla la tierra bajo los pies o sienten el agudo pinchazo de un estilete florentino. Con frecuencia no son muchedumbres armadas intentando echarlo a patadas del sillón del poder. No, a veces son simples preguntas las que los desestabilizan y los hacen tartamudear. Señor presidente, he escuchado con suma atención su referencia a la economía del país, pero, ¿sabría usted decirme cuánto cuesta un café? Señor ministro, ¿por qué su patrimonio creció tanto desde que asumió el cargo? O sucede que un estudiante chino se para frente a una hilera de tanques de guerra y vemos azorados cómo el monstruo destructor intenta esquivar al esmirriado joven para, tal vez, no hacerse pupa. Son preguntas o gestos de ciudadanos solitarios un tanto inconscientes o con ganas de fastidiar al poderoso. Ahí tenemos al pobre presidente de la Asamblea Popular Cubana, Ricardo Alarcón, mortificado por otro estudiante, el poderoso Eliécer Ávila.

  “¿Por qué el pueblo de Cuba no cuenta con la posibilidad de ir a hoteles o viajar a distintos lugares del mundo?”, preguntó el muchacho, uno de los 200 estudiantes de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). “Ojalá pudiéramos viajar y ver el mundo real”, agregó Ávila, que lucía una remera estampada con el dibujo de una arroba, una sutil e insultante protesta  contra la imposibilidad de acceder a internet.  Ante la pregunta de Eliécer, el camarada presidente empezó a transpirar como testigo falso: “Si todo el mundo, los 6.000 millones de habitantes, pudiera viajar donde quisiera, la trabazón que habría en los aires del planeta sería enorme”.

 Eliécer no se amilanó ante el rostro cadavérico de Alarcón. Ya lanzado, se jugó entero, siguió disparando. El revolucionario estudiante se quejó por las restricciones que pesan sobre el uso de internet y, en particular, sobre la prohibición a los servicios extranjeros de los correos electrónicos y chat. Y de nuevo el pobre y titubeante Alarcón: "No, no tengo respuesta de eso... no tengo información", ya al borde del colapso. Alguien grabó la pregunta que angustió a todo un sistema liberticida y la mandó a la BBC. Alguien lo “colgó” en internet, donde no llega el aliento fétido de la esclavitud. Ahora, la pregunta de Eliécer da la vuelta al mundo entero sin que la alcance la mano del tirano. Quién sabe… tal vez, con esto de la jubilación política —pero no tanto— de Fidel Castro, empiece a destrabarse la trabazón. Pienso en los pequeños Eliecéres.

 Al chico Eliécer de la pregunta se lo invitó, amable y libremente, a reconsiderar esas locas ideas de andar volando por ahí. Es por su bien, no sea cosa que algún día, uno de sus camaradas de la Universidad de Ciencias Informáticas tenga que hacer la pregunta: sólo quiero saber una cosa, ¿dónde está mi amigo Eliécer? Epicteto, finado ya, también tenía la dichosa costumbre de hacerse preguntas: ¿es la libertad algo más que el derecho a vivir como se desee? Nada más.


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