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20/03/2008 19:33   




Manwater: licor de hombres

Esta historia de explotadores y explotados continúa con cambios de nombres y lugares.

Rocío Albert

SE preguntarán de qué estoy hablando? Se trata de la españolización del nombre del licor manwater (licor de hombres) de 50 grados que los andaluces de la cuenca minera onubense tomaban cada mañana para poder soportar las largas jornadas laborales a finales del siglo XIX. Estos días de recogimiento y viajes varios en familia he estado visitando las antiguas minas del Río Tinto, en donde además de contarnos anécdotas tan curiosas como las relatadas, he descubierto que la idea de la explotación de los países desarrollados en países menos avanzados es una constante que perdura desde tiempos remotos en donde simplemente cambian los nombres de los países sometidos.

Me explico. A pesar de mostrarnos el esplendor de lo que en su día fueron esas explotaciones mineras de Río Tinto (construcción del ferrocarril en tiempo récord, hospitales e inclusive la introducción del fútbol en España), el tratamiento dado al tema —libros, artículos e incluso películas existentes sobre el tema— pone de manifiesto una cuestión siempre presente: la explotación inglesa. Se tienden a magnificar  los  beneficios obtenidos por los ingleses gracias a la explotación de los pobres obreros onubenses, que sufrieron  tanto el deterioro de su entorno como de sus propias vidas debido las emanaciones de gases  altamente contaminantes de las teleras de las minas.

Sin embargo, en la presentación de los hechos se tiende a omitir las ventajas que para lugares apartados de la Sierra como Río Tinto supusieron este tipo de actividades industriales. Estas minas permitieron la creación de innumerables puestos de trabajo, se estima que se generaron unos 15.000 empleos directos. Prueba de ello es que obreros de toda España y Portugal se trasladaron a la zona en busca de una oportunidad,  cuando el campo dejaba de ser una opción de vida. Además, toda esta actividad minera creó nuevas necesidades que generaron a su vez nuevas ocupaciones, creando en definitiva un gran centro de actividad económica en la España de principios del siglo XX. De hecho, durante los primeros veinte años de la explotación inglesa, esta mina se convirtió en la explotación de cobre más importante del mundo.

Esta historia de explotadores y explotados continúa hoy con simples cambios de nombres y lugares. Se acusa a las multinacionales de las grandes potencias, EEUU, Gran Bretaña o incluso España, de aprovecharse de la mano de obra barata de países menos desarrollados como  la India o China para producir bienes y servicios a un menor coste. Se exige con discursos grandilocuentes la protección de los derechos de esos trabajadores, pero muchas veces se omite decir que esos trabajos son la mejor/única alternativa para la supervivencia de esos pueblos. Son la mejor opción para llevar dinero a casa, poder comer y sobrevivir, puesto que las alternativas (en caso de que existan) son vivir de la mendicidad, de la caridad o incluso de la delincuencia o la prostitución. Primero será necesario crear riqueza y estimular el desarrollo; y después (junto a ese progreso económico) deberán tener lugar avances en todo tipo de políticas sociales.
 La apertura al exterior es la llave —aunque pese a los globófobos— que abre la puerta al desarrollo, y la competitividad el mayor activo con que cuentan los países del tercer mundo. La mayoría de los países —hoy— desarrollados debieron transitar en su “camino a la riqueza” parajes inhóspitos: jornadas de trabajo extensísimas, malos sueldos, trabajo infantil, y la elección siempre fue: aquello o el hambre.

Rocío Albert es profesora de Economía





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