Zapatero es la persona peor equipada para pactar.
Llego a casa cuando ya es de noche y, por una vez, enciendo el televisor. Me desplazo erráticamente por cadenas cuyo nombre no conozco, hasta que topo con un círculo de periodistas entre los que cuento con algunos amigos. También está Rosa Díez, no sé si como una participante más o como invitada. El pensamiento de Rosa Díez es del dominio público, y no lo voy a reiterar aquí. Pero sí me referiré a quienes, en el programa, representaban el lado socialista. Estos se hallaban imantados por vagas noticias sobre el pacto entre caballeros que PSOE y Partido Popular podrían acaso cerrar sobre los grandes asuntos de Estado.
A tenor de este rumor, o de esta esperanza, defendían la doctrina de que el pasado inmediato no encierra ningún valor indiciario sobre lo que está por venir, y que lo más constructivo sería hacer borrón y cuenta nueva y aprestarse a una nueva etapa de sana colaboración entre los dos partidos. Andaba también por ahí un periodista del diario La Vanguardia. Afirmó que el pueblo había enviado un mensaje claro: moderación y entendimiento entre socialistas, populares, y entre los españoles de buena voluntad. Merece la pena que nos detengamos un momento a discutir esta idea, errónea como tal, y errónea como instrumento para analizar todo lo que ha sucedido en las elecciones generales.
En efecto, el pueblo no envía mensajes. Mejor aún: no existe la entidad que designamos, retóricamente, a través del sustantivo 'pueblo'. Cada cual vota como Dios le da a entender, y de la composición de escaños resultante surgen combinaciones cuya congruencia con las intenciones del ciudadano es inescrutable. El ejemplo más claro de esto nos viene dado por aquellos casos en que el partido con más apoyos necesita completar sus efectivos parlamentarios con formaciones pequeñas, de sesgo radical o sectario. Los sectarios imprimen una inclinación definitiva en la política del Gobierno. ¿Han querido eso lo que emitieron su sufragio a favor del partido mayoritario? En absoluto. Pero la democracia parlamentaria es la que es. Y con ello hay que contar, y no construir castillos en el aire.
También se equivocaba el periodista de La Vanguardia en los detalles. No está claro que los tránsfugas de ERC hayan expresado, meramente, hastío o temor frente a los excesos de su partido. Cabe afirmar, con igual fundamento, que han percibido en el PSC un ersatz, un sustitutivo, del grupo capitaneado por Carod-Rovira. El Partido Soscialista de Cataluña, que la imprudencia de Zapatero ha convertido en un partido más nacionalista que antes, se impondrá como una barrera infranqueable a todo intento serio de impulsar una política de Estado. Ello me devuelve a mis socialistas risueños.
Es enormemente improbable que el presidente, Rodríguez Zapatero pueda, y por lo tanto quiera, ordenar la política territorial, y de paso, consensuar con el Partido Popular la independencia de los grandes tribunales. Reparemos en el Tribunal Constitucional. De lo que termine por fallar, dependerá que salga o no adelante el Estatut. Pero es imperioso para el presidente que el Estatut se salve. No sólo porque ha apostado por él, sino porque un fracaso pondría en pie de guerra a los socialistas catalanes, quienes ocupan en este momento una posición dominante. En consecuencia, no dejará de someter a una presión máxima al tribunal, lo que vacía de contenido la idea de que podrán rectificarse, ahora o en el futuro, los hábitos escandalosos del pasado.
Unas inconcebibles maniobras en el País Vasco afligirán con tensiones de orden también nuevo a la Constitución. Otro motivo, y poderoso, para tener sujetos a los jueces. Es imposible hacer borrón y cuenta nueva del pasado, por la sencilla razón de que el último ha desencadenado un proceso que nos determina en el presente… Y en el futuro. Que el hecho se ignore, no alega sólo oscuridad de ideas. Demuestra que la realidad se ha hecho tan sumamente difícil, que la gente prefiere no verla, señal indefectible que acompaña a las crisis verdaderamente grandes.
Además, José Luis Rodríguez Zapatero es la persona peor equipada, moral y psicológicamente, para pactar lo que a muchos les agradaría que pactara. Ha engañado, repetidamente, al Partido Popular; ha engañado al PSC; ha engañado a CiU. El que trate con él querrá pago en especie, no promesas.
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